Escrito por Ale Ramírez
Escribo esto porque creo que el amor, cuando quiere serlo, es muy muy bonito y de una manera casi mágica va llenando todos los espacios, inundando todo. Pero ese mismo amor, muchas veces sin darnos cuenta, puede convertirse en algo doloroso, tormenoso y desagradable. Y nosotros, que creemos profundamente en él, seguimos llamándole amor a eso que quizás hace ya bastante tiempo dejó de serlo. Bueno, quién soy yo para definir cuándo sí es amor y cuando ya es cualquier otra cosa menos eso. Lo que al menos sí puedo afirmar es que cuando amé, amé mucho, con todo el corazón, amé como se ama cuando uno tiene 16, con esa intensidad y esas hormonas.
Y cuando sufrí, también lo hice con cada parte de mi cuerpo, lloré con esa pena que hace que te duelan hasta los huesos, que a lo largo del día se mantiene igual, porque cuando la gente dice que les duele el corazón de pura pena, yo les creo, a mí también me pasó y pucha que duele la cuestión.
Como esta historia es larga, no quiero hablar mucho de mí en la versión previa a que comenzara. A mi familia sí le han pasado cosas malas, supongo que a todas. Pero yo, la más chica, la única mujer; de bien chica aprendí a aguantarlas, a sobreponerme, a seguir. Quizás lo podía estar pasando muy mal, pero seguía sacándome buenas notas, siendo muy amiga de mis amigos, recibiendo premios de mejor compañera y buena alumna en las reuniones de fin de año, en fin, “destacándome”. Así fue como aprendí, de manera casi inconsciente, a aguantar, a guardarme todo, a mostrarme lo mejor posible siempre. Nadie me lo enseñó, quizás fue adaptativo, y por mucho tiempo me sirvió. Hice de la política del “aguante” mi política de vida. Lo cuento porque mi mayor error en lo que pasó después fue eso, aguantar y aguantar mucho más de lo que debía hacerlo.
La historia con él partió a mis 14 años. En diciembre de ese año ya hablábamos harto, por msn, todos los días. Pero yo, que en el fondo siempre fui bien insegura, que pese a todos los reconocimientos siempre me posicioné un escalón más abajo que mis amigas, nunca pensé que podía gustarle, que podíamos gustarnos y menos hacerlo tanto como lo hicimos. Me acuerdo de la primera vez que vino a mi casa, yo no me podía bañar porque andaba con la regla, pero él me tiró al agua igual. Me hizo reír, todo el tiempo que estuvimos juntos me hizo reír muchísimo, reconozco que hartas veces lloré pero de risa. Ahí nos sacamos nuestra primera foto juntos, horrible, yo despeinada, desarreglada, mojada. La cámara era de las primeras digitales, todo salía pixelado, super feo. Pero él guardó por mucho tiempo esa foto, se convirtió en su avatar de msn (así de viejo), la imprimió para su pieza y de algún modo me demostró que él podía ver cosas bonitas donde yo no veía nada. Que él podía ver en mí cosas que tal vez ni yo estaba viendo, él podía quererme como no lo había imaginado hasta ese entonces. Y de que me quiso, lo hizo y mucho.
Y bueno, nos dimos el primer beso en junio del 2005, sentados en una plaza, después de clases. Fue mi primer beso, porque él ya había dado hartos. Dos semanas después empezamos a pololear. Cuando me despertaba tenía mensajes suyos, pasábamos horas hablando por teléfono, teníamos ese mismo humor negro tan criticado y aplaudido al mismo tiempo. Creo que el primer año fue muy bonito, estábamos la mayor parte del tiempo juntos, nos dedicábamos canciones, nos escribíamos cartas, nos hacíamos regalos cada vez que podíamos. Eso tiene que haber sido amor real, de eso estoy segura.
Pero, como es de esperarse, con el paso de los años la relación se fue haciendo cómoda, fue incluyendo cosas que ya no tenían nada que ver con amor, como un elástico que crece y crece hasta vencerse, hasta dejar de servir y finalmente dejar de existir. Ya no salíamos juntos siempre, y mientras él carreteaba sagradamente viernes y sábados, yo me quedaba en mi casa confiando en que nada malo podía pasar, que todo estaba estático, seguro. Así fue como se le hizo costumbre llamarme todos los fines de semana, viernes y sábados, entre las 3 y 5 am con una voz que dejaba en claro lo curado y/o volao’ que andaba. Yo lo aguantaba, esas llamadas también las encubrí e incluí en mi categoría de amor.
De a poco, los problemas fueron creciendo. Me acuerdo una vez en que teníamos el cumpleaños de uno de sus amigos, pero a mí me daba mucha lata salir, estaba desanimada. Entonces mi mamá me maquilló, para cambiarme la cara, sentirme más bonita. Él me miró y se río, dijo que me veía fea, que parecía muñeca, que no me pintara más. Me encantaría decir que lo mandé a la cresta, pero no, la verdad es que con eso bastó, no me pinté nunca más en todo el tiempo que estuvimos juntos. Gradualmente, las burlas se hicieron habituales. Que cocinaba mal, que era un desastre para todo lo que requiriera coordinación, que -en el fondo- yo era muy poco cuando estaba sin él. Y yo ahí también aguanté, él se burlaba de mí y yo insistía que entre nosotros solo había amor, nada más.
En esos tres años de relación, mi familia entera se dio cuenta del trato, de las burlas, de las transgresiones. Tenían razones más que suficientes para no quererlo cerca, pero yo -por supuesto- me peleé con cada uno de ellos con tal de defender con todo lo nuestro, que era lo más valioso -y único- que tenía.
Terminamos el 2008, creo que en mayo o junio. Él había entrado a la universidad, yo estaba en IV medio, las cosas ya no funcionaban nomás. Y nos demoramos un año entero en asumirlo. Durante ese año nos seguíamos juntando, las llamadas nocturnas siguieron, los “te amo” eran habituales entre nosotros aunque no fuésemos pololos. Me llamaba para decirme que estaba “mal”, que no podía vivir sin mí, que era el amor de su vida. Él estaba seguro de eso, le había salido en su carta astral, “estamos destinados a estar juntos” me dijo. También le había salido que él era el único hombre en mi vida, que siempre algo nos iba a unir. Y creo que se confió; como el destino estaba asegurado, no tuvo problemas en pasearse con niñas delante mio en los carretes, llevárselas a su auto, darles besos justo en lugares donde podía verlos. Yo lloraba mucho, pero ahí seguía, aguantando todo eso; si era el amor de mi vida todo lo demás tenía arreglo, nada era tan terrible. Hartas veces, cuando lo veía llegar de la mano con una de esas niñitas, me encerraba en el baño hasta que mi papá llegara a buscarme, y lloraba desde que me subía al auto hasta que me quedaba dormida. Claramente, despertaba al poco tiempo, con él al otro lado del teléfono, diciéndome que todo era una estupidez, que él me amaba, que la vida nos tenía unidos para siempre, que no lo olvidara nunca.
La parte más difícil pasó después, un año después, el 6 de julio del 2009 para ser exacta. No lo dije antes, pero desde los 9 años hasta ese entonces tuve una mejor amiga con la que pasé todos los veranos, que se convirtió en una hija más para mis papás, que aparece en las fotos de cumpleaños de mis abuelos y por la que algunos tíos -que no conocen la historia- me siguen preguntando. Me atreví a decir que ella era la hermana que no tuve, y el resto me miraba y decía: “sí, tienes razón, qué suerte tienes”.
Ese día 6, viernes, yo había hablado con él, un mensaje de texto contándole que había aprobado mi primer examen oral de la u, solo eso. Hacía pocos días habíamos estado juntos. Un intento más de volver que había fracasado, otro tarde en la que llegaba llorando a la casa de mi amiga, probablemente agotada de verme llorar por él.
Y ahí pasó lo peor, recibí de vuelta un mensaje de texto que decía: “L. lo pasé muy bien el otro día, podríamos juntarnos de nuevo a ver películas hoy. Un beso”. Claramente, no era para mí. Se estaban juntando, estaban agarrando a mis espaldas, mientras yo seguía llorando -de modos bien distintos- frente a ambos. No podía creerlo, me acuerdo que me tiritaban las piernas, que era tanta la rabia, la impresión y la pena que se me apretó la guata y me paralicé, no reaccionaba. A ella la puteé por teléfono como nunca lo he vuelto a hacer. A él, lo odié, le escribí cartas, lo llamé, le mandé mails, quería que se muriera, que todo lo que había pasado se pudiera borrar para siempre. Es cierto, no se murió nadie, hay cosas más trágicas, pero muchos me encontrarán la razón cuando digo que lo que me pasó es lo peor que te puede pasar a los 19 años, siendo adolescente y sintiéndote enamorada como yo me sentía; a esa edad en que justo el amor duele tanto.
Pero el problema con el odio es que agota, es tan intenso que se vuelve autolimitado, dura poco. Y -estúpidamente- le seguí contestando, le seguí respondiendo que yo también lo amaba, aunque hacerlo era excesivamente doloroso. Es que a veces es más fácil seguir, aguantar, que parar y vivir la pena, gritar la rabia. Así estuve por años, años en los que conocía gente y salía con niños con la certeza de que el “amor de mi vida” ya estaba asignado. Años en los que le seguía contestando todas las noches, en los que él seguía buscándome cuando tomaba más de la cuenta, y en los que de día veía como publicaba fotos y estados felices con su nueva polola, sus nuevos amigos, su nueva vida. A ella le escribía cosas tan lindas como las que alguna vez me escribió a mí, cosas que yo seguía esperando pero que él había dejado de sentir hace muchísimo tiempo ya. Una vez, en el auto, mi hermano me dijo que tenía que salir, conocer más gente, pasarlo bien. Yo le respondí: “para qué, yo creo que en la vida hay un solo gran amor y yo ya tuve el mio”. Me miró y solo me pidió que por favor no volviera a decir eso nunca más, que era muy triste escucharlo, sobretodo en alguien de apenas 22 años como yo.
De a poco, gracias al tiempo principalmente, me hice amiga del modo avión del celular, lo que parecía imposible de decaer también cayó. Las cosas fueron decantando, me proponía ignorarlo y cada vez que dejaba el celular sonar y evitaba contestarle un mensaje, sentía una pequeña victoria más que celebrada con mis amigas.
Ignorarlo era la forma, él quería estar presente en mi vida, hace 7 años que era lo más presente, y la indiferencia le dolía más que cualquier otra cosa.
Inevitablemente, la mezcla de emociones, la experiencia y mi inmadurez me pasaron la cuenta. Me fui hundiendo, aislando, deprimiendo. Hasta que un día no aguanté más, exploté. Fue un año de terapia, un año inolvidable, el peor y el mejor de mi vida al mismo tiempo. Solo contándole esto mismo a mi psicóloga me di cuenta que me había pasado algo terrible, algo muy doloroso, que eso a lo que llamé amor muchas veces fue -a vista de todos menos mia, por cierto- manipulación y humillaciones. Es que me pasó lo del elástico, lo extendí tanto que al final todo entraba en la categoría amor, y tuve que trabajar mucho para sanarme, para limpiar ese pozo casi sin fondo que estaba tan mezclado y contaminado.
Solo con ella, ya harto tiempo después, me vi al espejo y encontré que me veo bonita maquillada, bien bonita. Con ella descubrí que las burlas no son cariños, que por amor nadie humilla. Que cuando algo hace ruido, incomoda, hay que escucharlo aunque no sepamos bien qué es. También aprendí que el amor no te traiciona así, no te despierta todos los viernes y sábados por costumbre, no te deja llorando todas las semanas. Aprendí que el amor no te pierde de ti mismo, sino todo lo contrario; te encuentra con lo mejor que tienes para regalárselo a otro.
Por último, aprendí a perdonarme. No era mi culpa, no era tan tonta como creía ser. Simplemente, esa mala política del “aguante” me pasó la cuenta, me hizo llamar amor a muchas cosas que de amor no tienen nada. No fue mi culpa, si el manipulador logra hacerte caer, es porque sabe hacerlo, por eso es tan difícil darse cuenta.
Reconozco que el año pasado me llamó dos veces, y en lo que va del año ya lo hizo una vez. Pero ahora lo sé por los mensajes que veo en la mañana, cuando me dan ganas de reactivar el celular, cuando descansé como lo merecía y nadie lo impidió. Tampoco le contestaría, por mí y por él, porque no nos haría bien, a ninguno de los dos.
Hoy, a más de diez años de ese primer beso, del comienzo de todo, creo que esta historia – por la que sufrí y lloré mucho más de lo que creía posible- fue lo mejor que me pudo pasar. Probablemente sin algo tan duro como esa traición, nuestra dinámica podría haberse extendido por muchos años más, quizás seguiríamos en lo mismo, quién sabe. Solo algo tan doloroso podía hacerme reaccionar, y “por suerte” así pasó. También creo que si efectivamente fui la culpable de sus idas al psicólogo (cuestión con la que me atacó muchísimas veces), entonces todo valió la pena. Yo no lo culpo, de hecho, lo recuerdo con mucho cariño, porque sí hubo momentos lindos y pucha que fueron lindos. Aquí no hay culpables, él también creció “aguantando”, asumiendo que golpes y traiciones también cabían en su categoría de “amor”. Espero, de corazón, que eso ya haya cambiado, porque todos nos merecemos un amor bonito, de película, de esos que te abrazan con fuerza y te hacen rogar por no salir nunca más de ahí.
Yo, que soy otra, bien distinta a mi versión adolescente, no solo creo sino que estoy convencida de que merezco una historia de esas que uno ve en la tele y le revuelven la guata; merezco sentirme querida, amada, respetada, sentirme única. Y confío en que algún día eso pasará, ya llegará, el amor no duele, no apura. Y para cuando ese día llegue, ya me siento más que lista para amar de nuevo, con todo el corazón y con todo lo que soy, como sé hacerlo bien.
