Es mi fiesta y yo lloro si quiero
Escrito por La Juana / Ilustración por Hola Nico González
(Convengamos en llamarle Juanito)
Hoy me almorcé la primerísima primera foto de Juanito versión enamorado. En el inicio de Facebook aparecieron inmortalizados, contentos y lindos, en blanco y negro y millones de grises. No fue como hace un par de semanas cuando los vi juntos de lejos, perfectos, sentados en el pasto y no supe qué sentir (después pude graficarlo mejor: verlos fue como tener un retorcijón en un lugar sin baño). Hoy no. No quise llorar, no me enojé, no me frustré, tampoco tuve miedo de cagarme en público.
Revisé la foto mil veces y tuve nostalgia de Juanito y de mí, y de los dos metidos en la cama. De él entibiándome los pies y de mí dejándome abrazar.
Con Juanito nos conocimos hace un tiempo de manera chistosa, como suelo conocer a la gente que me ayuda a descubrirme, a entenderme y a querer. Nos hicimos tiramigos. Pensé que nunca me gustaría. Al principio dudé, pensé que era tonto, después comprendí que veía el mundo con la simple complejidad de un niño, lo que me ayudó a entender mejor los matices, como los miles de grises de la foto de Juanito abrazando a la chiquilla de sonrisa bondadosa.
Nos llamábamos los fines de semana, cuando la fiesta se había terminado y el copete nos había calentado demasiado la boca y la cara y el cuerpo y las manos. Nos juntábamos medios curados, conversábamos horas y después tirábamos y volvíamos a conversar y a tirar y así hasta la siguiente vez. A veces también nos juntábamos a fumar, a contarnos estupideces y a dormir juntos. Después cada uno se iba por su lado.
Pasó el tiempo. Fui conociendo a sus amigos. Empecé a ir a verlo a sus presentaciones. Él empezó a contarme historias de infancia y a mostrarme a los muertos que lleva consigo. Yo empecé a dejar de rehuir de sus cariños y fui cediendo. Mi hermana le inventó un sobrenombre, digamos que Juanin, por ejemplo. Él empezó a querer que me gustara el café y a preparármelo y a poner ojos de perro maltratado para que accediera a probarlo. Empezamos a buscarnos sobrios y más seguido. Él quiso venir a mi casa a estudiar. Yo empecé a querer ondularle el pelo, sacarle los puntos negros y a rascarle la espalda. Nos empezamos a ir a la chucha y no supe bien qué hacer. Fue como si –después de un año y medio- hubiésemos acordado capear juntos el frío del invierno.
Los dos sabíamos de alguna forma que éramos incompatibles. Que lo nuestro era una amistad extraña, mitad ganas, mitad ternura. A mí me empezó a dar miedo eso de no tener certezas. Me fui yendo. Le dije que a veces me gustaba y que a veces no y que las tiramistades solo funcionan cuando las cosas están claras. Él no quería que yo me alejara pero tampoco creía que yo realmente le gustara. En realidad, no teníamos más que ofrecernos que esa relación sabrosamente difusa. Lo cierto es que nos queríamos. Todavía nos queremos.
Me alejé, me buscó. Me mantuve estoica hasta que nos juntamos con la falsa idea de jurarnos fraternos; puras patrañas. Tuve varios orgasmos y sentí vértigo. Mezclé sueño y realidad. Nos reímos, supongo que en sueño y realidad. Le dije muchas veces, riéndome de placer, que encontrara una tiramiga nueva y que dejara de hincharme las pelotas. Él nos autoproclamó tiramigos vitalicios. Yo volví a reírme y a insistir: “Encuentra a una tiramiga nueva y deja de hincharme las pelotas”. Debí decir ovarios pero la costumbre es una cosa complicada. Absurdamente en ese momento me sentí poderosa. Digo absurdamente porque en el fondo me sentía vulnerable.
Los dos desaparecimos después de eso. Fue suficiente vértigo. Luego, la chiquilla de las medias tintas y paralelamente a eso, mi animadversión. Entremedio, recuerdos aleatorios e intermitentes: el café de grano, los puntos negros, mi boca abierta de risa exigiéndole que encontrara a alguien más a quien entibiarle los pies y palparle las costillas.
Todavía no puedo poner en imágenes o en palabras lo que siento. Espero encontrar luego una metáfora de lo que me pasa, como el retorcijón. Espero también que con Juanito encontremos las formas de querernos a una distancia prudente o desde el recuerdo, resguardados del vértigo y de nuestros cuerpos como espejos.
PD: Esta canción se parece un poco a mí viendo a Juanito en la foto en blanco y negro.

