Escrito por Anónimo

Todavía recuerdo la primera vez que conversamos. Imposible olvidarla. Venía en un viaje interminable (me cargan los viajes largos) desde el Sur a Santiago, terminando mis vacaciones junto a mis amigos. Buenas vacaciones era poco decir.

Te agregué a Facebook. Me aceptaste. Lo único que teníamos en común, y aún tenemos, es que estudiamos lo mismo. Pero esa noche de viaje en bus algo me dijo que te hablara, sin esperanzas de que respondieras, ni menos de que tuviéramos una conversa tan entrete como la de esa larga noche recorriendo la Ruta 5. Me contaste de tu vida, yo de la mía.

Te fuiste a la disco, y cuando volviste yo seguía despierto en el bus, porque, más encima, no me gusta dormir en el bus. Me caíste bien de una, eres la raja, demasiado bacán, y hasta el día de hoy mantengo esa idea. Conversábamos todos los días y nos mantuvimos así por mucho tiempo. Pero no nos veíamos. Estábamos aún en vacaciones, tú en tus tierras y yo en las mías, lejos, muy lejos.

Pero cuando entramos a clases tampoco es que cambiara mucho la cosa. Nos veíamos a lo lejos, nos saludábamos por educación y buena onda, pero nada más. Mi vergüenza y poca experiencia me pesaba. Me gustabas. Me gustas flaca linda. Eres hermosa, y tu sonrisa única me mata. Y te miraba siempre, pero no me atrevía a hacer nada más que saludarte y preguntar cómo estuvo tu día.

Mi único gran acercamiento, lleno de nervios y valentía interna, fue un regalo, un detallito, que aceptaste feliz antes de disfrutar un fin de semana largo en tus tierras, con tu gente. Nunca he sabido jotear, nunca. Demasiado amigo, cuestión que me hace irme solito a la terrible “friendzone”. Y esta, por supuesto, no fue la excepción.

A mis 22 años he pololeado una sola vez en mi vida. Los recuerdos no son gratos, y es que con cada niña que me gustaba en la escuela o liceo, y ahora en la U, no resultaba nada, siempre se me ofrecía una amistad, linda por lo demás, pero tan solo amistad al fin y al cabo. Pasaron los días y cada vez hablábamos menos, y nos veíamos menos. De ahí la pena, la rabia y el arrepentimiento. Pena por no poder doblarle la mano al destino, una vez más. Rabia, por no haber aprendido nada en todos estos años de decepciones amorosas. Y arrepentimiento. Dicen que no hay que arrepentirse de nada en la vida. Yo sí me arrepiento. Aprendo de los errores, pero eso no me obliga a no arrepentirme. Y esta vez me arrepiento de haber seguido adelante, de no haber probado algo más y haber insistido. En fin, qué se le va a hacer.

Ni siquiera me queda contártelo todo flaca. ¿Para qué? ¿Valdrá la pena? Estoy seguro que eso sólo aumentará el distanciamiento y la lejanía. Mejor lo dejamos así, plasmado en un par de letras y sentimientos, flaca linda.

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