Escrito por Federico Galende 

El mes pasado me encontré con un amigo al que no veía hace tiempo. Es un tipo dulce, tierno, como los personajes de Kaurismaki, lo quiero mucho. Me contó que dos o tres semanas atrás una chica lo invitó a salir, que le tocó esperarla nervioso un sábado a la noche, después de turnar durante toda la tarde una caravana de tenidas frente al espejo antes de decidirse por algo.

La chica llegó tarde, pero por lo menos llegó, tenía un buen coche, puso un disco de Luis Miguel en el camino y condujo a toda velocidad hacia un restaurante que ya había escogido. Cuando entraron al restaurante, saludó a todos los garzones, le pasó la carta de fondo a mi amigo y se reservó la de vinos y espumantes. “¿El de siempre, linda?” –dijo el garzón, mientras ella asentía y le guiñaba un ojo.

Me contó mi amigo que comieron muy bien, que el vino era excelente y que la chica encima pagó la cuenta. Después lo invitó a su casa y aunque mi amigo le explicó que él no era así, que era mejor ir más despacio, que para qué apurarse tanto, que era “lindo conocerse de a poco”, ella le dijo que subían un rato, se tomaban un trago y lo llevaba. Mi amigo aceptó la invitación.

La chica le dijo que se sintiera “como en casa”, desapareció unos segundos y regresó enseguida con una bandeja con un par de vasos con hielo y una botella de Daniel’s. Chocaron los vasos, bebieron un rato, se quedaron en silencio, la chica le tiró unos besos que él esquivó. Pero me contó que lo mismo se fue tentando, que cedió un poco, que ella se lo llevó a la cama, que le quitó la ropa y se le montó encima y se movió unos minutos. Mi amigo me dijo que no fue tan lindo, porque al final ella tuvo un orgasmo y él ninguno y porque además ella se durmió enseguida y empezó a roncar y él no pudo pegar un ojo.

A la mañana estaba apurada, tenía que salir, así que mi amigo se vistió a mil y bajó con ella y en la puerta, antes de despedirse, le preguntó si acaso se volverían a ver. Ella le contestó que no se preocupara, que lo llamaba “uno de estos días”. Mi amigo me contó que como era un domingo soleado se sentó en el bar de la esquina a tomar un café con leche y que antes de que se lo sirvieran la vio a ella regresar a su casa después de dar una o dos vueltas a la manzana.

Como aquel día en el que nos encontramos habían pasado ya tres semanas y no había recibido ni señal ni mensajes ni llamados, me pidió una opinión. Le expliqué que yo no opino sobre estas cosas, que no entiendo nada del amor y no me meto en las relaciones de los otros. Pero en secreto pienso que le mentí, que no me hubiera costado nada decirle que para andar con chicas como esas era mejor que se consiguiera un “hombre de verdad”.

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