Escrito por Anónimo / Fotografía por Camila González Simon

Ya no recuerdo cómo ni cuándo nos conocimos, sólo sé que en cuestión de segundos ya éramos inseparables. Es que no entiendo y por eso escribo, porque quizás esta sea una forma de descifrarte, de saber qué fuerza hubo en ti que hizo que mi mundo girara en perfecto movimiento.

Todo empieza en la melomanía que nos caracteriza. Mirabas de reojo los parches onderos que decoraban mi mochila, hasta que la curiosidad te venció y preguntaste cuál era mi banda favorita -que resultó ser también la tuya-. De ahí, casi como esas historias perfectas de amor que sólo se ven en el séptimo arte y por qué no, como esos match de tinder que después resultan ser amores de toda la vida, empezamos nuestra propia historia de amor adolescente I-sat, al sonido de Arcade Fire. Y enloquecí, me volví loca de amor.

Cada detalle se volvía una pieza imprescindible del gran rompecabezas que eras tú. Llevabas tu pelo desarreglado, siempre acompañado de alguna polera con una frase hilarante o de una que otra banda de rock. No sabías tocar ningún instrumento y aunque te cuenteabas diciendo que eras una promesa en la batería, todos sabíamos que no era así y nos reíamos, un poco. Pero no hacía falta que tuvieras dotes artísticos o alguna habilidad sobrenatural, porque bastaba sólo con que me acompañaras a cantar mis canciones favoritas de Bowie recostados en el Parque Forestal.

Construimos nuestro propio Santiago y obvio, nuestro propio soundtrack de amor. Los viajes en el metro eran al ritmo de Alex Anwandter, mientras que los de micro se adornaban con alguna melodía de Javiera Mena. Cuando andábamos emo, sacabas tu celular y ponías esas canciones de Pearl Jam que te hacían pensar que la vida era más bonita bajo la voz de Eddie Vedder. En fin, innumerables eran los nombres que recopilábamos en nuestro MP3, desde Florence and the Machine hasta Miguel Bosé, no teníamos asco de mezclar lo que parecía ser agua y aceite.

Acordamos que “Un audífono tú, un audífono yo” sería nuestra canción. “Cuando me gustas tanto, es cuando más te pones fin”: como un sólo verso termina por destruir todo lo demás. Tal como canta Mena, así fue. Ya no me quedaban pretextos para hablarte, porque tú ya no lo hacías. El amor disminuía desde un lado y la reciprocidad del sentimiento fue acabándose hasta dejarme a mí sola, humillada y con el corazón acabado.

Me dijiste que era una sentimental que no sabía controlar mis emociones -porque claro, como eras tres años mayor tenías todo el derecho a juzgarme en todos los aspectos posibles-, te burlaste de nuestras canciones y también de mis bandas, que ahora eran para ti de mal gusto. Mientras todo esto pasaba, en mi mente no dejaba de sonar “What Kind of Man”, casi como una respuesta de mi inconsciente frente a la tristeza que me inundaba lentamente.

Y al final todo da igual. Una sensación de alivio me invadió luego de que terminamos. Acompañé mi paseo por Santiago con “So what” de P!nk y pensé “puta la hueá que era incómodo compartir un audífono”.

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