Escrito por MC / Ilustración por Catalina Bodoque

Abrir un ojo el domingo, sentir la boca muy seca y lidiar con un dolor de cabeza brutal es algo que me pasa con bastante frecuencia. Sin embargo, dentro de ese panorama desolador que nos hace pensar que el rol del domingo es ser un día de mierda, cada cierto tiempo ocurre algo que hace que el domingo sea uno de mis días favoritos.

Porque después de abrir los ojos y enfrentarse a esa caña tan hostil, agarrar el celular y encontrarse con un mensaje diciendo “Oye, anoche lo pasé bacán contigo :)” no solo significa darle un empujoncito al tan débil autoestima, sino que implica algo mucho más profundo para las que somos románticas de corazón. Encontrarse con ese mensaje un domingo en la mañana significa que la noche anterior algo funcionó entre dos personas y que superó la fragilidad de las piscolas. Significa que en una ciudad desolada, individualista y demencial logramos encontrar compañía por más banal que esta pueda parecer. Significa que nuestro cuerpo superó la soledad que acostumbramos experimentar desde la cotidianidad para encontrarse con otro que anda en las mismas. La ansiedad disminuye, porque la idea terrible de pasar los domingos sola se ve contenida por una compañía virtual con la que puedes comentar la superficialidad de un carrete cualquiera que adquiere otro matiz y otro significado, o también hablar sobre la película que están dando doblada en televisión abierta. Porque esos espacios vacíos se llenan sutilmente al compartir esa cotidianidad dominguera y adormecida. Porque las canciones se escuchan distintas y esa compañía, dulce y artificial, nos acompaña hasta que nos vamos a dormir de nuevo. No solo la caña se vuelve menos horrenda, si no que los días venideros pueden verse con una luz distinta, más amigable y así es como lo desconocido de la semana ya no nos asusta ni inquieta tanto. Aunque desde el lunes en adelante todo se va a la mierda, el domingo tiene esa fuerza sanadora. Bastan solo esas 24 horas para creer que quizás, ahora sí va a ser lo que siempre esperamos que sea. Porque bastan esas 24 horas de coqueteo sutil que, aunque sepamos que tiene fecha de vencimiento, contribuyen a que podamos sentir un poco de esperanza, para creernos un ratito el cuento de que sí merecemos ser amados.

El resto de los días son una mierda porque siempre duele ver cómo se derrumba una esperanza, pero también tenemos el consuelo de que hay un sábado en la noche en la que podremos volverla a construir. Porque siempre nos quedará la esperanza de compartir un domingo encañado con alguien a la distancia y de sonreír cuando nos llega una respuesta del mensaje que enviamos entre nerviosismo y entusiasmo. Quizás por eso me gustan tanto los domingos Porque siempre despierto creyendo en el amor.

No Hay Más Artículos