Escrita por Sofía Troncoso / Ilustración por cata N0

La luna se ocultaba entre unas alarmantes nubes cuándo Laura en vestido negro y largo, y un gorro de bruja, caminaba hacía la casa de la fiesta. En el metro camino a allá un grupo de muchachos la había acosado al borde de hartarla, y llegando a la fiesta se dio cuenta en ese momento que no conocía a más de una persona.

Fue a saludar a Diego, el dueño, pero no pudo encontrarlo en ningún lado. Recorrió la casa, incluso, y fue cuándo ya no aguantaba las ganas de ir al baño que entró y lo encontró tirado sobre el inodoro embadurnado en vómito. Deseo ser bruja para poder arreglar a su amigo, pero ya estaba recibiendo ayuda de un hombre lobo, que la echó inmediatamente. Eran recién las 10 y deseaba poder hacer un hechizo para esfumarse. Caminó entre la gente sin rumbo, todos ebrios y algunos besándose entre sí. Le habría gustado estar como ellos, pero no tenía ni para tomar ni alguien para acompañar. El viento corría pero no se podía saber hacía a qué lado. Laura se mantenía entre las sombras, con un vaso rojo en la mano que tuvo ella misma que servirse.

De pronto llegando por la puerta vio a la vampira más linda que había visto entre tanto muerto viviente. Iba con colmillos y una capa roja, roja igual que su boca. Se fijó en su boca antes que nada. No sabía si acercarse a ella o no, vio que muchos lo intentaron. Ella les lanzaba miradas de maldad y, también, se notaba harta de la situación. Esto no era lo que ella quería, no quería más miradas lascivas de hombres extraños.

Laura en su largo vestido de terciopelo negro hoy se sentía poderosa. Afirmando su gorro y tirando su cabello hacia atrás de sus hombros, fue y la saludó. Hola, ¿vienes sola?. Sí, le respondió con una sonrisa que la habría hecho convertirse en polvo. Fue suficiente esa interacción para que las miradas de maldad se convirtieran en sutiles muestras de afecto por cada vaso que se servían. El viento seguía soplando en direcciones cambiantes pero ellas estaban firmemente agarradas una de otra, Laura de Mica, Mica de Laura. Nadie más miraba, excepto un grupo de hombres que remarcaba un comentario cada cuánto. Lindas, preciosas, vengan para acá. La bruja deseaba ponerlos a todos en su caldero, y la vampiresa solo miraba. De pronto, sintieron algo húmedo en sus hombros que solo se acrecentó. Estaba lloviendo. Más comentarios lascivos respecto a la lluvia. Fue ahí cuando Mica tomó de la mano a Laura y con la otra mano agarró una caja de vino en una de las mesas. ¿Vámonos de aquí?. Los ojos de Laura brillaron. Vámonos.

Laura miraba las manos de Mica, blancas totales, con uñas rojas igual que su boca, y la tenía firmemente agarrada. Con la otra mano, el vino y la capa sobre su cabeza. A Laura la cubría el gorro. Caminaron por las calles naranjas por las luces de los postes, riendo maléficamente de todo quien se cruzara. Eran las reinas de la calle. Cuándo llovía todos se ocultaban, pero ellas no, porque todo les parecía más perfecto, más alegre, más oscuro.

En la oscuridad la bruja se sentó en un banca que encontró cerca de un parque y agradeció estar lejos de todo el ruido y acercaba a su boca el cartón de vino. Lo acercaba, lo alejaba, se lo pasaba a la vampiresa. De pronto empezó a llover más fuertemente, ya no se veía la lejanía y estaban empapadas. Mica se le acercó con su boca roja y colmillos y le dio un beso. Laura no supo nada más que responderle. Así pasaron las dos hechizadas por la otra hasta que el cartón se acabó, riendo hasta el amanecer.

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