Escrito por Ninja tortuga adolescente / Ilustración por Hola Nico González

“El viento, mis canillas flacas, mis rollos morenos, el frío de hace muchos otoños atrás”. Así había empezado esta historia que es tan vieja, tan vieja como el recuerdo de tu cara en mi memoria. Otra de las que guardo en el cajón de los no resultó, nunca fue. Hace poco volví a instalar Snapchat y apareciste, recordándome por qué había eliminado la aplicación en primer lugar. Me había cansado de mí, de esa necesidad patológica de tenerte en mi vida cuando ya no había más que sostener por ese momento. Me alejé. Borré la hueá, aburrida de justificar algo que había perdido fuerza en el momento en que decidí darte la pasada.Todo era más lindo en el colegio pero ahora la adultez no nos sentaba tan bien juntos.

Presioné tu nombre de usuario y vi un “Hola” del 29 de marzo. Qué raro, pensé, si acabo de instalarla. En un carrete, con una chela en la mano y la idea de hacer un face swap con mi mejor amiga. Te hablé. Me respondiste a las seis de la mañana. Seguimos la conversación. Mucho rato. Y recordé por qué pasé años a los pies de tu cama, detrás de unas cortinas que lo único que hacían era filtrar la luz de sol. Me mandaste una foto con un fondo que se parecía mucho a ese. Esos 5 segundos del snap me hicieron rememorar la forma en que te movías, cómo roncabas, cómo fingías que no estaba, que no te miraba, que no respiraba. Era capaz de morir por esa espina dorsal tan perfecta tuya.

“Erís tan rica” dijiste. Agradecí el comentario sin poder evitar pensar como esa frase alguna vez tuvo otra reacción en mi cuerpo. Porque yo por ti me derretía como helado al sol, como chocolate en el desierto caliente de mi mente, como la arena ardiente de una playa no tan lejana. Me carga tener que volver a ese sábado de hace tantos años atrás, cuando entraste en la casa roja y grande, lugar tradicional del carrete de nuestro curso. Yo siempre fui callá hasta que apareciste tan lindo, muy hombre, demasiado para mí. Ese día nos dimos un primer beso con sabor a Bola 8. Todas las otras juntas, de ahí en adelante, se resumieron a esto: del saludo al copete, de la conversa a la pieza, de tu boca a mi boca y así todo eso se convirtió en nuestro. Por años.

Hasta me hice un tatuaje por ti, uno que compartimos. Porque tienes el mismo, un símbolo griego que alude a la perfección de los seres vivos. Ese mismo. Tú sabes cual. Sacaste en cara mi lejanía. Te respondí que lo único que hice fue encarrilar mi futuro, porque estuve mucho rato cagando fuera del tiesto. ¿Cuál tiesto? Ese, el que era capaz de justificar mi falta de amor propio en el afecto de otras personas. Gente como tú. La verdad es que nunca respondí eso. No por falta de ganas ni por flojera. Es porque yo sé que esto se me va a olvidar cuando leas mi conversación de snapchat y se borre, porque esa es la gracia de la app.

Creo firmemente en que la persona que te respondió a que nos juntáramos no es la misma que tomaba melón con vino en verano en tu patio. Sentada en tus piernas, brazos alrededor de tu cuello. Yo no soy la misma que te abrió la puerta de mi casa a las seis de la mañana y dejé que me dijeras que me amabas.

Jamás te lo dije de vuelta. Yo, ni cagando, soy esa. Ya po, juntémonos.

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