Escrito por Anónimo / Ilustración por Yeji Yun

Apareció en mi vida por menciones en Twitter y gracias a un amigo en común, vi por primera vez sus ojitos un poco antes de la primavera. Yo llevaba casi 8 años en un pololeo, que sólo sobrevivía por el cariño y la costumbre porque la magia y la química ya no existían. Me conquistó en base a los detalles, a hacerme sentir única a través de citas muy bonitas y cartas y dibujos donde describía mis sueños. Detalles que bastaron para poner fin a mi pololeo y entregarme a su mundo que prometía amor e incondicionalidad.

Recuerdo que me pidió pololeo un domingo arriba del Transantiago y desde ese entonces, creo haber descubierto un planeta nuevo junto a él. Siento que conocí por primera vez la palabra amor en todo su sentido. Habían momentos en que lloraba de felicidad por solo mirarlo mientras me conversaba, mientras me hablaba, me cocinaba, mientras me bailaba. Me resultaba casi increíble pensar en el hecho de dar con él en un mundo tan grande y mezquino. Congeniábamos mucho, coincidíamos como si nos conociéramos desde los años en que se inventó la rueda.

A veces siento que éramos una sola persona, tener nuestras manos tomadas era estar en casa, era un refugio, era nuestro hogar. Bailamos, lloramos, cantamos, jugamos, nos emborrachamos. Hicimos y volvimos a inventar el amor en todas sus formas posibles. Pasé los tres inviernos más hermosos de mi vida acurrucada en el calor de sus brazos. Recuerdo cada noche antes de dormir agradecer por ese momento a su lado, donde colocaba mis piernas entre las de él y antes de despedirme, miraba cómo cerraba sus ojos mientras yo solo pensaba en sus sueños. Pensaba en lo afortunada que era porque solo lo quería a él, lo tenía y no necesitaba nada más. Y lo miré lo que más pude porque sabía que quedaban pocas de esas noches, por eso cada vez lo abrazaba con más intensidad.

Fueron casi tres años intensos. Nos amamos, nos traicionamos, nos volvimos a amar. Dejamos de creer y nos abandonamos. A veces pienso que esos casi tres años fueron un sueño, que estábamos hechos de ese tipo de material y eso fue lo que duramos… lo mismo que dura un sueño. Se acabó, desperté y sigo en mi planeta de origen.

Ya son casi dos años desde que nos dejamos, desde que perdí al único hombre que más he amado, al que yo elegí amar y compartir mi vida sin ningún tipo de reparo. Con quién me sentí la mejor mujer y le entregué mis fortalezas, mis debilidades y me entendió como si fuera parte de mi propia sangre. Di todo por entenderlo, por amarlo y acompañarlo, sin embargo creo que nunca se dio cuenta de mis esfuerzos, nunca se dio cuenta de que mi corazón era de él, que lo entendía y lo aceptaba como el hombre que era.

Cuando se fue, se murieron todas las flores de mi balcón. El café ya no era amargo, y ya no dibujaba corazones en las palmas de mis manos. Lamento el día en que me dejó de querer, lamento el día en que ya no pude hacerlo más feliz. Lamento el día en que dejé de abrir los ojos por las mañanas y verlo a él al lado. Lamento el día en que no pude recorrer más su piel. Lamento el día en que dejamos de cantarnos canciones y me dejó de esperar con comida cada vez que llegaba del trabajo. Lamento el día en que decidimos dejar de darnos la mano.

Desde que se fue he tenido más amantes que carcajadas. Acumulo 2 cajetillas diarias y barro pedacitos de la angustia de no estar con él. Formé un hogar, me independicé. Si bien he conocido otros hombres, hombres buenos con un mundo nuevo de amor entre sus manos, nunca he podido volver a entregarme. Nunca más supe de magia, nunca más supe de perder la cabeza por el amor de alguien. He preferido estar paciente en la soledad, dejar que el tiempo haga lo suyo. Lo he pasado bien, lo he pasado mal.

Nos hemos vuelto a ver, conoció mi casa y he vuelto a recorrer con mis dedos cada espacio que extrañaba de su piel. No dudo de lo bien que vive sin mí, sin embargo nos miramos, nos re-miramos porque sabemos que en los próximos 10 años, vamos a compartir todas las historias que estamos forjando al estar separados. ¿Cómo se vive después de haber sido tan feliz? Solo sé que vivo abnegada a cualquier estímulo que me lleve a sentir algo que me podría comprometer, retener y controlar.

Quizá en esta vida no coinciden nuestros universos, quizá acá no se puede describir nuestro amor. Tal vez en otra vida este amor distante logre acortar las distancias. Otra vida donde el invierno persista para siempre con un frío enternecedor capaz de derretir el hielo del miedo. Siento que tuve mucha fortuna por haber vivido este amor. Cambió toda mi vida y me enseñó que sí existe un lugarcito en el mundo donde eres tan feliz que te podrías morir. Yo no sé dónde se fue todo el amor que tuvimos ¿Hay acaso un lugar designado para eso? Sé que no está muerto, sé que flota como polvo de estrellas.

Cambio toda mi vida de mierda por volver a caminar otra vez amarrada a su espalda entre Santa Lucía y Lastarria.

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