Muy Matrera / Créditos por imagen

Tú:

Mientras escribo esta carta escucho una y otra vez la conmovedora voz de Jeff Buckley, el temón “Lover, you should have come over”. Quiero que mi evocación sea lo más cercana al sentimiento que me carcome por entero. La mayoría de los que me conocen saben que no sé inglés, luego no tengo la más remota idea que dice la letra, si existe relación o no con lo que estoy escribiendo… al carajo. Los acordes de Buckley han despertado esas mismas sensaciones indescriptibles que me embargan cuando estás dentro de mi dócil cuerpo, y bueno me he puesto a escribir como una condenada a la tragedia.

¿Qué me hace pensar que una maravilla de hombre como tú se fijaría en una perdedora como yo? Que lapidaria me he puesto, lapidaria pero realista, perdedoramente realista. La respuesta es simple: la credulidad idiota de mi ser sin sentido común y un sobrevalorado concepto de esperanza. Además, si se diera el hipotético caso de que estuvieras en completa libertad, sin duda, yo sería la última mujer de este mundo la cual tomarías en serio. Eso es una certeza matemática, en el supuesto de que los sentimientos sean conmensurables, y dudo que tú sientas algo por mí. Las certezas son una mierda que entorpecen nuestras vidas.

Sí lo sé, soy un desastre, ya parece cantinela majadera, pero no me canso de repetirlo, porque es el término que me define: chica desastre. Tengo una lista enorme de amigas y amigos que me conocen de años y toleran con paciencia de santos los embates de mi temperamento rabioso y cambiante. Compañeros de copas y carretes que han debido soportar mis peores escándalos y resacas (mejor ni te cuento el de la sinagoga) También amantes que pueden corroborar mis desafortunados dichos con deliciosos detalles (mi anecdotario secreto), algunos ilusos que se han enamorado perdidamente de mí y que han sufrido terribles amarguras porque mi amor dura menos que el humo de un pucho. Pero describir todo aquello sería caer en el morbo que tanto detesto. Sí soy un desastre de mujer que transcurre en este mundo sin intención alguna de dejar huella, ¿para qué dejar huella? como si alguien estuviera interesado en seguirla.

Además no quiero hacer de esta carta una especie de mea culpa para redimirme a último momento de la última cosa que me queda por hacer, no es mi estilo. Siempre he asumido las consecuencias de mis actos, ahora el cómo las asumo esa es otra historia. Tengo más que aceptada mi derrota existencial, nací con el signo de la derrota en mi frente, y me entrego a esa verdad como el cordero que mi familia siempre quiso hacer de mí. En una de esas si les hubiera echo caso ahora sería la niña linda y perfecta que todos quieren mostrar como un decorativo objeto que asegura movilidad social. Pero no es mi estilo. Me acomoda ser una chica desastre y no estar esclavizada a los quehaceres femeninos, tengo mucho que leer, escribir y enseñar como para perder mi tiempo y andar metida en peluquerías y cuantas leseras de esas. Definitivamente, no es mi estilo.

Sólo puedo decir en este momento un idiota e irresponsable te amo sin eco posible. Un te amo estéril como todos mis seudo proyectos de vida. Sé con certeza que te amo, porque en estos momentos lo que más deseo es sentir mi seno despejado de la agonía que implica tenerte metido hasta en mi genes. Mis genes que se fusionan con los tuyos en cada encuentro clandestino azotado por el sol de media tarde. Sé que te amo porque soy incapaz de derramar una lágrima porque no me siento libre ni feliz. ¡Qué extraño es el amor para algunas personas! Maldita peste inventada por los literatos ociosos, malditos poetas y novelistas que la han hecho un tópico literario. Malditos nosotros que nos dejamos obnubilar por sus encantos. Malditas las religiones que se aferran a él porque es el único caballo que les asegura victoria. Y maldita esta sociedad que lo tiene como un esclavizante pilar valórico. ¡Mierda! Sé que te amo porque no puedo respirar, no puedo llorar, no puedo hacer absolutamente nada sin pensar en ti, y que mi ropa interior no se moje. No puedo evitarlo, ¿y? tampoco quiero evitarlo: mojada y deseosa es lo que a todos les gusta, es lo que todos quieren, y estoy segura que a ti también. Sé que te amo porque cuento hasta los instantes para verte – soy ansiosa – y jugármela por demostrarte que lo que siento por ti es verdadero.

Miro tu foto como una tontorrona de novelas rosa, he caído en el endiosamiento de tu imagen que no me dice nada y aún así busco en ella porque la tozudez me es inevitable. Sí, la miro embelesada, te disfruto y a la vez sufro con cada detalle de tu rostro. Luego la codicia de mis ojos y mi deseo contenido miran con ardor la carne de tus labios, la fuerza de tus manos, recuerdo nuestros dedos entrelazados o cuando aprietas mi cuello para que me contorsione como una serpiente. Tus brazos que me envuelven hasta jadear, y el cierre de tu pantalón, debo reconocerlo. Tontorrona de novelas rosa con la boca abierta en las noches mágicas de desamparo donde mis manos juegan a ser las tuyas.

Ya perdí la cuenta de las veces que ha sonado el tema, tampoco me interesa llevar la cuenta, solo lo menciono porque algo ajeno a esto habrá que mencionar. Bajé el volumen de la música, mis sesos están a punto de explotar por el ruido según mi madre, el café amargo, unos tragos disimulados por ahí porque ser chica desastre incluye caerse al frasco de vez en cuando. Las cajetillas de cigarro, y el ahogo de mi pulmón hecho estropajo. Voy a tu foto nuevamente, ¡qué deseos de romperla!, pero es una copia virtual, tan virtual como nuestro cuento. Ni siquiera tengo eso de ti, una maldita foto la cual acariciar en mis momentos de soledad. Tampoco tengo un nombre para nuestra historia, porque me parece que ni siquiera puedo decir que soy tu amante ¡Qué extraños son los convencionalismos! pareciera que necesitamos nombrar las cosas y los actos como para apropiarnos de ellos. Miro tu foto y no me atrevo a enviarla a la papelera, trato de evitar el sentimiento de vacío. Voy a tus mensajes de texto que tengo ahí guardados uno a uno, durante estos últimos meses, beso la pantalla del frío aparato con locura, ¡qué deseos de borrarlos!, pero es la misma cosa. Voy a nuestro historial de conversación, tampoco puedo. ¡Mierda!, ¿qué me haz hecho? Simple y pragmático: tomar mi cuerpo cuando tú quieres o tienes tiempo o porque no has estado con otra y saciar tu virilidad en mí. Amo tu virilidad, creo que no te lo he dicho por temor a que no me creas, pero has sido uno de los mejores, y tengo la extraña certeza que conmigo te sientes más libre que con las otras. Me encanta cuando me miras a los ojos y me dices que soy linda ¡vamos que también soy mina! y si me lo dices tú enloquezco de felicidad.

Las reglas de nuestro cuento siempre las impones tú y yo mansamente me dejo llevar por tus dictámenes porque soy una adicta a lo que me mezquinamente me ofreces, al sexo contigo, a la clandestinidad, al peligro de ser descubiertos en cada uno de nuestros encuentros. Nada, en realidad nada me has hecho. Nada que yo no quisiera. Nunca me diste esperanzas, el daño me lo he hecho a mí misma a pesar de las advertencias, y eso es cuento viejo en mi turbio y abultado historial de amantes.

Es tarde, ¿para qué decir la hora? como si al amor le importara la hora. Me voy a la cama con lo único que tengo de ti. El recuerdo de tu aroma que me enloquece. La textura de tu glande acariciado por mi lengua juguetona. El sabor de tu semen espeso dentro de mi boca. Ah, y un pequeño autoadhesivo de regalo navideño que dice De… Para… que recorté del papel escrito de tu puño y letra, es lindo ver mi nombre escrito por tu letra pequeña y redonda – sí, a veces soy como una tontorrona de novelas rosa -. Con cuidado lo tomo entre mis dedos y lo deposito en la palma de mi mano por un momento pequeño para no gastarlo. Lo beso y te doy las buenas noches deseando que tengas un buen día, que te acuerdes lo mucho que te quiero, lo mucho que te deseo, que confíes en mí porque siempre voy a estar y correré como una quinceañera si es preciso porque eres tú quien me lo pide. Eso sí, jamás pido algo para nuestra clandestina y miserable historia, esa que se escribe sola al pulso de nuestros gemidos, y que trato de convertir en letras o versos cada vez que la añoranza no me deja más opción que ésta.

Eternamente tuya…

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