Escrito por Javiera Ortiz Pulgar 

Este no es un decálogo de amor, no es una historia de amor fallido, ni mucho menos un “siempre tendremos París” como en Casablanca. Es más bien parecida a un antes del amanecer. Es más bien uno de los tantos triángulos amorosos de Francois Truffaut.

Gracias Paula Bonet por 813

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A los 13 años comencé a incursionar en esto del amor, del amor de pareja obviamente. Fui una feliz adolescente precoz. Pero esa felicidad duraría seis años. Lo recuerdo con mucho cariño porque a esta altura de mi vida le agradezco su paciencia y cariño infinito. No era fácil pololear entre permisos de día sábado y llegar “antes que oscureciera” a casa. Pero llegó el temido paso a la universidad y como toda linda historia de amor, no podía ser tan larga para ser contada.

Quizás esta etapa de mi archivo amoroso se parece a una crónica de una muerte anunciada, o quizás el típico “me hubiese gustado conocerte en 10 años más”.

Después de cuatro años de una soltería que me ha traído desde angustias hasta alegrías, desde pololeos fallidos hasta sonrisas de día domingo. Después de todo este tiempo donde me di el tiempo de viajar sola para desprenderme y conocerme, donde aprendí a abrazar con entrega y donde supe que el maquillaje no me acomodaba. Después de todo este tiempo aprendí a estar sentada frente a un atardecer y disfrutarlo como si fuese la tarde más romántica, porque era para mí.

Después de todo este tiempo en el que aprendí a quererme, apareció él. Y me hizo dudar si la soltería que tanto defendía tendría fecha de término. Procuré no tener amores universitarios, para no involucrarme nuevamente en esta rueda de la fortuna. Luego de mis sucesivos ir y venir, de mis seis meses de ausencia, pensé que las miradas coquetas y los “te voy a dejar al paradero” o “¿Almorcemos juntos?” iban a terminar. Pero no, pareciese que los kilómetros aumentaron la negación de esto, que ya existía.

Fue entonces que después de todo este tiempo logré sacarme la coraza que defendía mi mundo re-construido, para compartirlo contigo. Sí, contigo. Porque tomarnos la mano fue una de las cosas más místicas que he vivido en estos tiempos de Whatsapp. Porque a diez años de mi primer pololeo sentía las mismas cosquillas cursi que el mundo dice que siente.

Fue entonces cuando me dijiste: te quiero- y yo te dije que me esperaras, pero lo que más quería era decirte ¡Tómame! Al final me dijiste vete. Y aquí estoy, viéndote bailar con tu polola mientras escondo el agua de mi cuerpo en pena en pistas de bailes con luces que me encandilan. Donde solo espero cubrirme con una manta porque no sé si me quiera exponer así de nuevo.

Y aunque lo nuestro siempre estuvo destinado a un fracaso hubiese sido mejor que me dijeras que ya no me querías, para así apretar los dientes e irme. De todas formas mil pedazos volaron por mi habitación, porque parece que 400 golpes contra la pared aún no han sido bastantes para aprender.

Si hoy me preguntas: doy gracias porque salí de la universidad, porque así no tengo que volver a ver tus hermosos ojos negros mirándome mientras bajo la escalera; así no se me aprieta la guata cuando vea tu bicicleta enganchada (porque sabía que habías llegado y que nos podíamos encontrar). Pero hoy te respondo y sé que no te interesa, ni hoy ni mañana.

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