Por Flor del Desierto

Solía quedar prendida de la manera en que desmenuzaba cada hebra en sus relatos. Era escrupulosa con el parpadear agarrotado de una anciana que compraba el pan todas las mañanas mientras aullaba eufórica al vendedor sobre la situación andrajosa del país, como en las cejas de un padre que batallaba por no arquearlas frente al descubrimiento pecaminoso de su pequeña infanta quién ávidamente apreciaba un jugoso besuqueo fruto del amor prohibido entre dos estudiantes que no disimulaban su virulento calor. Era tan vívida y enérgica que lograba proyectar el fresco en mi mente. Era maravillosa, era apócrifa.

La conocí mientras naufragaba por el Estigia. Nadie me advirtió sobre las monedas así que erráticamente jugaba con el movimiento aletargado de mis brazos. Ni cuenta me di cuando sentí que desde la ribera me estaba observando de cuclillas una sombra. Nadé hacia ella para decepcionarme que la mirada fija e intensa no era particularmente a mi danza, sino a toda la comparsa del agua. Aún así, convencí a mi cuerpo sacudirnos de la humedad y sentarme junto a ella. No era la primera vez que la sombra visitaba el lugar, portaba sus monedas, pero la curiosidad por la naturaleza humana la impulsaba a no entregarlas. “La gente es muy extraña” me dijo. Así nació nuestra amistad.

Solíamos desafiarnos en lugares hostiles e inverosímiles para probar nuestra resistencia y capacidad de tolerancia al medio. De cierta forma odiábamos estar ahí, pero amábamos no estar solas en la vorágine. Sabíamos que las reglas del juego eran cruel para con nosotras, confinadas a un cautiverio natural y desdeñoso por el simple y sensible hecho de ser mujer, pero soñábamos con que el tiempo nos ajusticiaría. Trabajaríamos para ello, confiábamos en nosotras.

Albergamos la esperanza en nuestras mochilas y desde nuestras trincheras nos envalentonamos decididas a romper el paradigma, aunando saberes y fantaseando de tanto en vez descansar en nuestro ilusorio refugio cerca de las aguas marinas.

En ciertas ocasiones sucumbía y sentía la necesidad imperiosa de viajar a verla, eras mi abrigo. Siempre podía hallar algún vestigio de humanidad y belleza en tu habitación tan atrincherada de la hecatombe y el desosiego. Otras veces tú, hastiada de la podredumbre, viajabas a mi barcaza delirante y en el camino íbamos deshilvanando el manto grisáceo que osó atraparte. Bebíamos nuestras desdichas y entre risas seguíamos entramando nuestros anhelos.

Amiga, la palabra nunca te enalteció. Fuimos compañeras. Sin pensarlo, hace quince años buscábamos respirar feminismo sin siquiera lograr conceptualizarlo. Solo sentíamos las ganas de amar y cuidar a la otra frente a los infortunios y así las ganas muy porfiadas se nos adelantaron y afloraron más pies y brazos y de pronto estábamos inmersas en proyectos comunitarios. No creceríamos solas, no avanzaríamos solas, seríamos varias que aún deben estar buceando por el Estigia nos decíamos.

En alguna bifurcación nos separamos, más no te he perdido, pues en cada aleteo y cuestionamiento veo a una nueva compañera florecer. Te imagino con un chaleco amarillo de lana arrullada en la alfombra, tras tus gafas moradas hojeando vagamente algún libro intentando convencerte si tus gatos mezquinos merecen más la atención en ese momento que tu agitada impaciencia por seguir mezclando colores y pintando mejores porvenires.

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