Por Francisca Azócar Berrios

Ya no quiero más tus rosas.

Tus rosas, las rojas que plantabas para mí y colocabas minuciosamente sobre mi cama, mis muebles; me recibías con ellas y así me despedías; con tus rosas. Al principio me gustaban, suponía que ese era el querer y amar a alguien ¿Tenía que amarte entonces?, ¿Cómo no lo haría si querías darme tanto?

De repente, no, desde siempre había oído advertencias, ojos ajenos que me hablaban de las rosas; ya eran muchas, y tanto sus pétalos como sus espinas, tan distintos entre sí, dañaban por igual. Me clavaban, me ahogaban. Traté de explicarte como me sentía, pero a ti no te gustó. Plantaste tus rosas en mis pulmones, brotando hasta que las flores asomaban entre mis labios, sin poder emitir más sonidos que aquellos para mi consciente. También las plantaste en mis oídos, las suficientes para no poder escuchar más que ese amor, materializado en las rosas.

No respiraba, no oía, no gritaba; no expresaba más allá de mis ojos sollozantes de desesperación, y que intentaste calmar con la misma flora, sembrándola frente a mi vista, cegándome con un carmesí intenso, oscuro, enamorado. Habrá sido suerte, o tal vez verdadera sabiduría, pero me di cuenta que era momento de detenerte.

No fue fácil, necesité ayuda, pero lo logré: me arranqué tus rosas de encima. No logré hacerte entender, me sentí culpable, pero más tarde sabría que era ello o esperar a tu escuchar, y eso no sucedería; no habría despertado si tales hermosas, suaves, perfumadas y vivas continuaban consumiéndome.

Ya no quiero tus rosas. No necesito tus rosas, ni las tuyas ni las de nadie. Ya no más flores, malezas que clavan, ahogan y ciegan en nombre de lo que mal llaman amor. ¿Qué necesitaré entonces? ¿Qué es el querer? Las respuestas no están en las flores, están en mí misma. Yo misma quise arrancarme las rosas, me di cuenta del daño que me hacía; me quería sana, libre, y creo que es eso a lo que llaman amor, y lo encontré en mí.   

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