No somos la generación del desamor

Por PA.CC

Te estabas riendo de la forma descuidada en que cruzo la calle, “¿Y si te atropellan?” dijiste fingiendo preocupación. Hiciste una pausa breve, “¿y se desparrama tu cerebro por el suelo… nuevito y sin usar?”.

Se suponía que era una broma y no entendiste por qué me enojé. Y entonces, empecé a darme cuenta de que, como una enfermedad creciendo justo debajo de la superficie de la piel, tus comentarios dejaban entrever que “bonita” era todo lo que podía ser para ti. No sólo eso, te convenciste a ti mismo más y más de que “me amabas”, incluso cuando la pura idea me ofendía porque nos conocíamos apenas hacia dos meses.

Acostumbrados a consumir la cultura de lo estético, pocas veces sabemos reconocer los monstruos subterráneos que se alimentan de las ideas de belleza. Sin embargo, y como cada niño que ha visto los monstruos que el amor incompleto esconde detrás y debajo de la cama o a puertas cerradas, a mis 15 años yo ya sabía al menos una cosa con certeza: el amor no es como lo cuentan los cuentos de princesas.

Y ahí estabas tú, tirándome en la cara un “te amo” sin siquiera conocerme y como si fuera un salvavidas. Me quedé mirando la pantalla, porque me lo escribiste en un mensaje, con el estómago encogido y respirando un aire espeso. Incluso si no lo entendí completamente en ese momento, lo que estaba sintiendo era repulsión y rabia.

Tú tenías 19, habías terminado el colegio hace un año y no trabajabas. Yo tenía 15, la idea de la universidad me abrumaba por su cercanía y era, en apariencia, el fetiche de colegiala que aparece, para bien o para mal… o para mal, en todo el animé de la época. Incluso pelo rosado, a pesar de las advertencias en el colegio, para completar la fantasía estética. Tú amaste esa fantasía mucho antes de conocerme, me empujaste a ella, me idealizaste en ella y en el aún más peligroso cuento de que el deber del amor era rescatarte de las tristezas de tu vida.

Se suponía que era una broma y para tu mala suerte, entendí perfectamente lo que significaba. Para tu mala suerte, lo que disfrutaba de los cuentos de amor dibujados por Disney eran las colecciones de objetos y la curiosidad de Ariel, la fuerza de Mulán cortándose el pelo y recuperando la flecha del entrenamiento militar. Esas pequeñas características hacían infinitamente más humanas a estas adolescentes porque demostraban su multidimensionalidad.

Por el contrario, nunca me gustó la inmovilidad de Blancanieves, del sueño eterno de Aurora ni la espera de la zapatilla de cristal. Como no me gustó la caricatura que habías construido de mí en tu cabeza, de la que te habías enamorado y que no tenía nada que ver conmigo.

Mucho antes de que conociera el feminismo, como término y movimiento, como precedente cultural e histórico, vibraba en mí instintivamente un sentido profundo de individualidad como mujer. ¿Cómo podías “amarme” si ni siquiera me conocías, si ni siquiera yo me conocía por completo? ¿Qué era lo que “amabas”, la unidimensionalidad que me habías otorgado y que no tenía nada que ver conmigo?

Por entre los intersticios de las versiones Disney de los cuentos de amor, aparecen de forma inconsistente pero inevitable las realidades más macabras de los Grimm. Los monstruos subterráneos de la belleza construida e imaginada, un “para siempre” forzado que yo nunca prometí y al que te aferraste a pesar de las repetidas ocasiones en que te dije que no quería, ni me interesaba.

Pero seguiste apareciendo. En las semanas siguientes a la salida del colegio. Un año después, a pocos meses de que naciera tu hijo o hija. En un concierto, al año siguiente. Y luego, de forma aún más inaudita, cuatro años después cuando contactaste a mi mejor amiga del colegio que tú nunca conociste personalmente. Intentaste hacerme llegar una carta, que no acepté, en un último intento de “terminar” conmigo. Como si yo no tuviera 22 años en vez de 15 y como si siguiera siendo la misma persona que conociste brevemente y con la que no tuviste una relación seria, ni intimidad física o emocional.

“¿No puedes recibirla y ya?” me dijo alguien a quien consideraba una amiga y que te conoció en la misma época que yo. Como si tu salud mental fuese mi responsabilidad.

La miré incrédula, era primera vez que la veía en años desde que salimos del colegio y estábamos en el velorio de mi papá. Entre el sopor y el adormecimiento de esta pérdida, esto sí era una mala broma. La miré y lo supe con claridad: otro monstruo invisible.

Ella había sido quien, durante todos esos años te había dicho en qué horarios y dónde podías encontrarme, a quién podías contactar para que intercediera por ti. Y, aún muy a mi pesar, probablemente te contó del difícil momento familiar que atravesábamos y que yo había reservado para unos pocos de confianza.

Supongo que tenía buenas intenciones, pero alimentó una y otra vez la idea de que tenías derecho a seguir persiguiéndome y a que yo, la idea de mí en tu cabeza, aceptara pasivamente mi rol asignado como sanadora de tu paz mental. Como si trabajar en la propia no fuese suficiente para cualquiera. Después de ti conocí aún tres personas más que pretendían usar a la gente como salvavidas y el amor como camisa de fuerza. Los monstruos invisibles son cada vez más fáciles de distinguir, a pesar de que se presentan con distintas caras.

Hoy, lejos de toda esa gente, también fue más fácil reconocer finalmente qué era el amor fuera de los cuentos. Él llegó, aún con sus defectos y demonios, como alguien completo a mi vida y no como un proyecto que solucionar. Nunca esperó ser salvado, sino que se salvó a sí mismo mientras reconocía la forma de mis propios demonios y profundidades. Así, dentro del caos bullente de mis emociones pude crecer, resolver mis miedos y ser amada en todas mis dimensiones, mientras me rescataba a mí misma de los monstruos invisibles que había debajo de mi cama.

“Te amo” no como una correa, sino como una bocanada de aire cada día. No somos la generación del desamor, sino la del amor propio y mutuo en (de)construcción.

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