Por Amanda Marton

“El pasado, pisado”. Me lo dijo mi madre cada vez que me angustié por algo que hice, pensé o sentí. Me lo dijeron mis amigos cuando les relaté mis errores y tropiezos. Me lo dijo mi pareja al saber cómo yo había actuado cuando era más chica. Lo dije yo misma al reflexionar sobre unos cuantos momentos vividos y sobre unos cuantos caminos equívocos fueron tomados.

Hasta que un día, ordenando mi pieza, me deparé con unas cuantas agendas antiguas que usaba como una suerte de diario, donde desplegaba mis pensamientos y sentimientos según lo que iba sucediendo. Es decir: me deparé conmigo misma.

Y mi yo del pasado contradijo a mi yo del presente, a mi pareja, a mis amigos y a mi madre. “¿El pasado, pisado? ¡No! El pasado, amado”, me comentó.

“Ama a aquella chica que eras.

Ámala, porque pensaste, al igual que muchos, que ella era débil, pero en realidad era fuerte. Una mujer fuerte.

Ámala porque en aquella época muchos no lo hicieron.

Ámala porque estaba perdida y se encontró.

Ámala porque ella luchó, y gracias a esa lucha eres como eres.

Ámala y ama su cuerpo.

Sus pechos no son feos por ser pequeños. Sus piernas no deben ser escondidas por ser gruesas. Su rostro no necesita de tanto maquillaje. ¡Las espinillas son normales! ¡La regla es solo sangre! Un tropiezo es solo un tropiezo.

Ámala porque solo tú sabes cuántas veces se escondió. Ámala porque también sabes cuántas veces su presencia fue humillada, desapercibida o al revés, aplaudida, sin que ella lo quisiera.

Ámala gritona, desordenada, envalentonada, peleadora.

Ámala porque ella no es un fantasma oscuro. Es la luz misma en tu pasado.

Ámala porque ella eres tú. Si no amas quién fuiste antes, con sus aciertos y errores, ¿cómo amarás quien eres ahora? ¿Mañana también dirás que tu yo de hoy debe ser pisado?”

Fue entonces cuando comprendí que de esto también se trata el amor propio, de perdonarse a uno mismo. En cualquier momento.

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