Por Catalina Fernández

Desde el momento en que nacemos tenemos ese chip del amor romántico implantado en nuestras mentes. Es casi como un tipo de gen que se transmite de generación en generación dependiendo de qué tan intensas hayan sido las vivencias amorosas de nuestros antepasados. O al menos eso pareciera ser y es el ejemplo más acertado para referirnos a lo internalizado que tenemos esta idea de amor romántico como algo a lo que deberíamos aspirar.

No estamos completas hasta que otro nos dice “Te amo”. No estamos completas hasta que otro siente el deseo de llevarnos a la cama. No estamos completas hasta que otro nos hace llorar por amor. De acuerdo a este ideal colectivo de romance, nuestro amor verdadero es aquel que nos toma, nos destruye y al irse nos quedamos solas recogiendo lo poco que quedó de nuestro corazón. Trágico y digno de ser transformado en un dorama coreano.

Hay que alejarse de este amor romántico y enfocarnos en el amor como un sentimiento de creación; crear nuevas oportunidades, nuevas visiones, nuevas formas de generar lazos y nuevas formas de amarnos a nosotras mismas. El amor no debería tratarse de qué tan identificada nos sentimos con Ultraviolence de Lana del Rey (por mucho que sea de mis canciones favoritas) porque si cuando hablamos de amor en lo único que pensamos es en lo mucho que nos hizo llorar durante la relación ¿Qué hubo de sincero en eso? A veces confundimos intensidad con calidad y terminamos en un espiral que mientras más nos sacuda, más real debe ser aquel sentimiento y por ende, merece el título de “Amor verdadero”.

El amor se trabaja y es un constante aprendizaje. No nos dejamos de lado y tampoco obligamos a un otro a comportarse como camaleones según nuestra preferencia. Se trata de evolucionar en conjunto y si luego alguna de las dos partes desea seguir evolucionado por cuenta propia, que así sea y mejores días vendrán porque al menos nadie se perdió en el camino.

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