Por Sofía Troncoso

Tengo una pequeña entrevista conmigo misma. Me siento en un sofá y me aseguro que sea cómodo, me miro a mis ojos y me empiezo a interrogar, luego de la breve conversación de cortesía.

–¿Dónde lo conociste?, me pregunto.

Y yo me contesto que era compañero de trabajo, que teníamos los mismos intereses, que nos gustaba el pop británico, los ovnis, cocinar y ver las mismas películas.

Yo escucho mi respuesta y sé que nunca me quiso como yo lo quería, pero no puedo romperme la burbuja tan fácilmente. Me vuelvo a preguntar otra cosa para cambiar de tema.

–¿Ayer en la noche qué hiciste?

–Le mandé unos mensajes y no me los contestó, así que me hice una sopa instantánea y vi la nocturna en la televisión.

–¿Crees que fue beneficioso ese panorama?

–La sopa no es mala, pero la nocturna bastante…

Me detengo y me interrumpo a mí misma.

–Me refería a hablarle a él.

–Pues, no sé, sé que no, pero le tengo que hablar, es como los algoritmos de las páginas web, la persona más activa es la que aparece más y yo no quiero desaparecer…

–Ay, ay, ay, ¡se me olvida que estamos en el siglo 21!

–¿Y que pasa con eso, es malo acaso?

Giro los ojos hastiada. ¡Obvio que es malo para mí! Vivo en una fantasía de amor de Austen en un mundo del porno de consumo y la comida congelada. No me digo nada sobre eso, es más, no me respondo y trato de volver al punto de mi entrevista: que yo misma me dé cuenta del estado soñador en el que vivo, porque no me quiero cómo para darme cuenta de lo más sencillo: él no me quiere.

–¿No te responde muy seguido?

–Sí.

–¿Y él te inicia la conversación para luego dejar leídos los mensajes?

–Sí…

–¿Cuándo te habla, que te dice?

–Nada mucho, que esta trabajando, aunque una vez me dijo algo: que nadie me quiere, y no ahondó mucho, fue entre varios mensajes, no sé…

–¿Y te agrada eso?

–Claro que no…

–Entonces ¿por qué sigues hablándole? ¿Crees que te responderá un día y confesará su amor por ti acaso, con tu carita empapada y él con mil rosas?

Me saco los anteojos que ya llevaba puestos, claramente, y me digo claro como el agua: no te quiere, te deja los mensajes vistos, no te llama, solamente le gusta la oportunidad que puede tener contigo, pero no te aprecia y cree que nadie lo hace.

Quedo impactada. Me cuesta entender que él ya no me quiera. Me cuesta entender que él tal vez nunca me quiso, pero es la forma que me trata que me hace darme cuenta de cosas que pensaba no eran ciertas. Me pregunto si alguna vez me quiso. Y  como entrevistadora debo decir la verdad, como periodista no, pero me respondo con la siguiente pregunta:

–¿Me vas a hacer caso?

–¿En qué?

–Hazme caso.

–Bueno.

–¿Ya? Bloquéalo. Ignóralo. Bórralo de Instagram y de Facebook y hasta de Linked In. Nunca te dará trabajo en su corazón. Y no se te ocurra, versión romántica de mí misma, soñar con él.

–No puedes mandarme.

–Claro que puedo.

–Bueno. Dame un abrazo. Vamos a salir de esta.

Y medias tiritonas en el sofá nos abrazamos, dándonos cuenta de mucho, esperando que nunca un amante nos diga que nadie nos quiere, porque nosotras nos tenemos a la una y nos queremos. Y basta, y sobra.

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