Domingo, 10 de febrero de 2019

Querido Archivo Amoroso,

Cuando leí la convocatoria a la que llamaban, decidí al instante que quería
participar. Y pensé: “Voy a crear un cuento precioso sobre el amor y el feminismo”.
Pero luego de consultar, la ficción no estaba permitida. Debían ser historias reales
sobre personas que sintieron amor (o sufrieron por él) y sobre el feminismo, todo a
libre interpretación.

¿Amor y feminismo? Primero vino a mi mente el amor intenso que siento por mi
hermana, por mi mamá, por mi familia. Luego el amor que siento por la música y la
escritura. Estuve días sin saber qué escribir. Y luego hoy lo supe. Ya sabía lo que
debía escribir. Esa verdad que es difícil de plasmar, esas confesiones íntimas que
uno guarda (o esconde) y espera que nadie nunca las sepa. Y decidí hacer esta
carta sobre mi historia con el amor propio. Cómo llegué a ser consciente de él y
como lo trabajo día a día. Al escribir me di cuenta que esta historia inicia con una
niña influenciada por todo, menos por el feminismo.

Cuando tenía 12 años aproximadamente. Me levantaba, y todos los días lo
primero que hacía era mirarme al espejo. Tomaba la pasta de dientes y se la
esparcía al cepillo de dientes. Mientras me cepillaba, me miraba (y sin saberlo) me
odiaba. Paseaba la mirada por mis ojos, muy pequeños. Llegaba a mi nariz, muy
grande. Y finalmente al llegar a mi boca, era lo peor. Se asomaban unos dientes
desalineados, chuecos. Por mucho tiempo deseé tener el dinero necesario para
una cirugía estética, soñaba tener mucho dinero y poder “volverme bonita”.
Observaba a mis ídolas de ese entonces y admiraba su belleza como el único
rasgo existente en ellas. “Que ganas de haber nacido así”, pensaba.

De alguna forma sé que muchas personas han sentido lo mismo, no estar
conformes con algo de su cuerpo. Por cómo la sociedad nos muestra un único tipo
de belleza perfecto e inmutable, es muy difícil conformarse con otra cosa. Por
suerte, tuve una mamá que me hacía colocar los pies en la tierra y a cada
comentario en donde me quejaba de mis horribles piernas torcidas, me decía: “Al
menos tienes piernas”, para luego agregar que eran hermosas y que tenía muchas
otras cualidades bellas. Y de a poco a medida que crecía comencé a
cuestionarme cosas. Empecé a ver distintos tipos de belleza que me gustaban, y
ya cuando me miraba me trataba con más cariño.

Cuando las dudas llegaron, comencé a leer. Y mientras más dudas afloraban, más
leía e iba a charlas. Iba a exposiciones, participaba de foros. A veces llegaba a un
debate, sin saber nada del tema y luego al llegar a la casa leía sobre eso. Y cada
vez, sentía que me hundía un poco más en ese profundo vacío de
desconocimiento. Mientras más aprendía, más consciente era de lo poco que
sabía. Conocí el feminismo, fui a clases magistrales sobre las olas del feminismo.
Me sentí acogida de inmediato, en cada época. Por fin podía colocarle una palabra
a ese sentimiento de injusticia contra lo femenino que hace tanto tiempo sentía.

Al estar en la universidad, terminé una relación que puedo describir con una sola
palabra: tó-xi-ca. Y ahí estuvo el feminismo, resplandeciente, para hacerme
entender con mayor fuerza, que no. Que los celos no están bien. Que esa otra
persona debe respetarte, que existe el consentimiento y es súper notorio y claro.
Que uno es fuerte y hermoso. Que la violencia económica es asquerosa y se
siente como una cadena. Que lo bello es diverso y mutable, y se encuentra en
todas las formas.

Cuando la ola feminista arrasó con nuestro país, inundando e impregnando todas
las esferas de nuestra sociedad. Vi caer muchos estigmas, en la tele aparecía
gente hablando sobre estereotipos, por primera vez en las manifestaciones
estudiantiles se exigía educación no sexista, habían petitorios en distintas
universidades reclamando protocolos dignos contra la violencia de género. Y para
la Marcha del día 16 de Mayo del 2018, decidí manifestarme de una forma que
desafiara a mi miedo y marché a torso desnudo. Unas compañeras en el baño de
la UC me pintaron unas figuras muy lindas en la piel y atrás en la espalda se leía,
en letras grandes y negras: “Hermana Yo Te Creo”. Tuve miedo de salir así a la
calle, la gente me miraba y más miedo sentía. Pero lo hice igual, esa era la idea
de ese desafío propio. Y como esperaba el lapsus entre el baño y la marcha se me
hizo eterno. Pero lo que jamás esperé fue sentirme plenamente cómoda y segura
mientras marchaba. Sentía certeza absoluta que nadie ahí me haría daño, nunca
había experimentado una libertad tan plena.

No voy a decir que desde ese momento mis problemas se solucionaron. Sigo
recorriendo un camino muy difícil, viviendo un amor complicado. El amor propio,
desde mi perspectiva es súper esforzado. Hay días buenos y días malos. Y uno no
es ni mejor, ni peor feminista por eso. Amarse todos los días un poquito más es un
acto de rebeldía. De a poco aprendí a disfrutar de las cosas, que en mí, hacen
crecer ese amor: me gusta salir a tomar un café y disfrutar de un buen libro,
exponer mi opinión cuando tengo miedo de darla, escuchar canciones que me
hacen sentir poderosa, regalonearme con días de estar en pijama y ver películas,
leer a mujeres que me inspiran, apreciar arte que me hace querer llorar, hablar de
política y equivocarme, hablar de música y aprender más.

Finalizo esta carta, explicitando que esta es una carta de amor que nace desde mi
interior y llega a ustedes. Para mí y para ustedes. Porque si existe el amor, sí o sí,
es feminista.

Un afectuoso y apretado abrazo.
C.

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