Escrito por azorzal

Mi lema siempre ha sido que haga lo que haga, lo haré bien. Esto es parte de lo intensa que declaro ser, y siempre había sido algo que me había definido y llamado la atención de otras personas.

Cuando lo conocí, yo venía saliendo asustada de una relación. Aunque en un comienzo no estaba muy segura de querer una relación seria, su encanto, inteligencia y ñoñerías terminaron enamorándome. Estaban los 300 y algo kilómetros que nos separaban, y yo me acostumbré a viajar 3 horas para tener su amor los fines de semana. Conoció a mi familia, a mis amigos, mi lugar de trabajo y los lugares que frecuentaba. Conocí a su familia, a sus amigos, y los lugares a los que iba, pronto me fueron también comunes.

No me di cuenta cuando pasó de reírse con cada una de mis bromas torpes a estar serio junto a mí, revisando su teléfono. Me asusté y se lo hice saber, a lo que él me respondía que era mi imaginación. Varias veces peleamos por esta diferencia que terminó doliéndome más de lo que esperaba, ya que estaba enamorada hasta el extremo más lejano del dedito gordo del pie y, bueno, tener la atención de quien quiero siempre me es menester.

Busqué excusas para continuar, siendo que ya no estaba cómoda conmigo misma. Estaba sola junto a él. Entenderán que una, como mujer, demora en construir y ponerle armadura a su autoestima, y en ese momento, yo estaba medio pilucha a la intemperie, sintiendo que esos pequeños detalles que no me habían importado, ahora salían ampliados y luminosos al exterior, siendo ignorados igual por su parte.
Terminábamos, volvíamos, terminábamos, nos extrañábamos, nos juntábamos y tirábamos y volvimos, sólo le di como condición el que no me rompiera el corazón (otra vez).

Para esa última vez, yo ya no era la misma persona. El tiempo aparte me había hecho independiente. Me medí en darle amor y no dudé en darle todo el espacio y tiempo aparte que necesitara: no quería abrumarlo de nuevo con esa atención que él decía que necesitaba, quería ser alguien que admirara, que deseara y que quisiera de la misma forma que al inicio.

Ya no era yo. Era mi envase que contenía todas sus expectativas de cómo debía ser. Lo único que no cambiaba era ese amor poco sano que le profesaba, casi como una adoración fanática.

Al final, nos veíamos menos, incluso cuando yo viajaba. Aún así, quedamos de celebrar mi cumpleaños juntos. El día antes me pateó por la misma razón por la que peleábamos al principio: su indiferencia repentina hacia mí. Resultó que no le gustaba como era originalmente, pero tampoco le gustaba ahora que era como él quería que fuera. Lloramos, aunque no me dolía. Me dijo que nadie lo había querido como yo, y yo, frente a él pensaba ‘eso que me contuve para no quererte tanto’. No me dio pena, me dio rabia, porque me lancé y me negué en pos de ese amor capitalino caprichoso, porque mi corazón sureño sólo necesitaba más abrazos y palabras tibias, porque de la boca hacia afuera lo quería de forma promedio, como cuando no estás convencido, pero adentro yo era una fogata que se agarraba de cualquier apelativo cariñoso, tomada de mano y beso en la calle sólo para quererlo más.

Y me rompió el corazón, aunque prometió que no lo haría.

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