Escrito por Mad

Esto fue hace dos noches cuando apenas podía mantener mis ojos abiertos. La noche anterior había salido a carretear a una fiesta universitaria y después, en mi volá de wn curao hasta las patas, me volví a mi casa sólo, caminando y con el celular descargado.

La versión corta es que me demoré tres horas para estar en mi cama listo para dormir, cuando el día ya se disponía a comenzar y mi celular enchufado a un cargador esperaba pacientemente a que fueran las nueve de la mañana para despertarme y obligarme ir a clases. Por lo tanto, la noche siguiente apenas me podía concentrar en las personas que estaban en aquella habitación, bebiendo de sus latas de cerveza y de bebida energética.

La única concentración que me quedaba la ocupé en ese muchacho, delgado y tonificado, delicado y seguro en sus movimientos, que me dijo “me llamo Paco”.
Era español. Su rostro con contornos definidos proyectaba indiferencia hacia todo, mientras trataba abrir con un cuchillo una botella de vino que había comprado para esa noche y que más tarde bebería con Coca-Cola, obligándome a aguantarme las ganas de decirle “eso es un crimen en Chile”.

Mientras aún estábamos en la previa, yo sólo me limitaba a mirarlo de vez en cuando. Observaba su rostro sudado en esa habitación con las puertas y ventanas cerradas para evitar que el ruido hiciera subir de nuevo al conserje del edificio a llamarnos la atención. Su camisa, abotonada hasta arriba, me parecía un toque elegante, pero casual, que de alguna manera ilógica combinaba con sus ojos rasgados. Estaba enganchadísimo de ese chico, pero luego de un rato, él empezó a perder interés en mí. Sus ojos me evitaban cada vez más y para el momento que ya nos dirigíamos a la fiesta, había dejado definitivamente de dirigirme la palabra.

En la micro me paré cerca de él. Esperaba que me fuera a hacer algún comentario, algo tipo “¿Y qué estudias?” o “¿De dónde eres?”, pero nada, sus labios no se movieron ni un segundo por mí. Y mucho menos cuando llegamos a la fiesta.

En la casa él estaba acompañado de otro muchacho. Un alto, rubio y pálido que no hablaba español y al que había que hablarle en su idioma para decirle cualquier cosa. Fue en su idioma que le ofrecí la mitad de mi shot de tequila cuando él desparramó la mitad del suyo sobre la barra. Fue en su idioma que me respondió “No, no importa, yo fui el tonto”. Al cabo de unos minutos en la disco, empecé a creer que tal vez el español y el altorubiopálido eran pololos. O andantes. O estaban juntos esa noche para comerse.

Pero mientras estábamos en una habitación con música techno, vi cómo los ojos de Paco comenzaban a buscarme entre la luz negra que iluminaba drásticamente mi polera blanca. Al principio pensé que me estaba pasando rollos, porque sus ojos no aguantaban más de un segundo sobre los míos. Sin embargo, pasados los minutos, sus ojos sus ojos comenzaron a mantenerse con más seguridad sobre los míos, un shot de adrenalina directo en mi corazón que comenzaba a palpitar con cada vez más frecuencia, así como no me quitaba la mirada.

Luego de un rato lo único que quería era llevármelo de ahí, tomarlo por la cintura y recorrerlo entero. Pero, puta, entre nosotros había mucha gente y no quería convertirme en el centro de atención. No obstante, de alguna manera logramos quedar juntos, uno al lado del otro, con nuestras manos rozándose, mientras mi amigo con el que había ido esa noche me miraba con cada vez más curiosidad.

Soy una persona bastante tímida. Cuando conozco gente esa timidez me hace actuar bastante heteromente. Pero cuando agarro confianza se me sale no lo gay, sino que lo bi. Y es que hay un secreto: lo gay hace que la gente diga “sí, eres gay”. Lo bi hace que la gente se esté cuestionando a cada segundo tu sexualidad. Y creo que eso le sucedía a Aldo, mi amigo de hace cinco meses.

En sus ojos había duda, curiosidad, ganas de ver el final de esa película y responder a sus interrogantes. Fue entonces, mientras Aldo observaba la escena, que Paco se dio vuelta para hablarme. “Te está cayendo mucha agua del techo, ¿no?”. Todos hablaban del agua. Dios. Cómo decirles a todos “Hey, no es agua, es sudor”, sin que todos sientan asco. A Paco tampoco se lo quise decir. Aunque tampoco se lo pude decir. Antes de que pudiera responder, Aldo apareció entre los dos para responder por mí “¡Sí! Esta repleto de agua”. Necesito unos puntos suspensivos aquí, porque se me ha ocurrido algo que no había pensado sino hasta ahora. ¿Y si esa era la técnica de Paco? ¿decirme “aquí hay mucha agua, vamos a otro lado” y entonces irnos a la escalera a comernos? Ay, Aldo. Tal vez en realidad eres gay y sólo estabas celoso.çLuego de ese episodio fallido un chico con un cámara, de esos chicos con cámara de las discos, llegó para hacernos una foto. Sin planearlo, Paco y yo quedamos juntos. Él me abrazó por los hombros. Yo lo abracé de la cintura. Cada uno procuró dejar sus intenciones claras mientras teníamos nuestras manos en el cuerpo del otro. Al terminar la foto nos miramos por casi un minuto entero, mientras nuestros labios describían una dulce sonrisa. Pero nuevamente nuestros amigos nos separaron dejándonos otra vez a tres amigos de distancia.

Pero ok. Vamos. Eran las 4.58. Sólo una hora más para salir de esa disco con una historia. Estaba listo, estaba decidido. Atravesaría nuestro grupo de gente para llegar hasta él, tomar su cara con mis manos y darle el mejor beso que le hayan dado en la vida. 4.59. Mis manos sudaban, estaba decidido. Contaría hasta tres y lo haría. Me lanzaría. Como cuando aprendí a tirarme piqueros. Como cuando me tiré en canopi por primera vez. Como cuando le hablé a una mina en la disco por primera vez. No había tiempo para pensar. Sólo para sentir. Ok, uno, dos, tres…

De golpe la música se detuvo. Las luces se encendieron y nuestros rostros quedaron enceguecidos por la potencia de esos focos. Guardias comenzaron a tocar nuestras espaldas y a indicarnos que debíamos irnos. Que la fiesta había terminado. Y en mi cabeza pensaba “Puta broma, ¡puta broma! ¡¿quién fue el culiao o culiá que dijo que esta weá terminaba a las seis?!”. Como le sucedió a la nieta de Piñera, me quería morir. Sin embargo, aún me quedaba una oportunidad.

Ya camino a casa, primero me aseguré de saber qué metro o micro tenía que tomar Paco. Cuando recién lo conocí esa noche, me comentó que vivía un poco más allá de mi casa, así que cuando me dijo que tenía que tomar la línea 6, yo, a pesar de saber que la micro era mucho más conveniente para mí, le dijo “también yo”.

No se ilusionen. No nos comimos en el metro ni nada parecido. Sólo le pedí su número y al bajarme lo besé en la mejilla sin darle tiempo de reaccionar. Al otro día le hablé por Whatsapp, me respondió un hola y un cómo estás, pero desde entonces no me ha vuelto a hablar. Y no sé si hablarle más, si insistir o si esperar a que él me hable. Tal vez es de esas personas que no miran mucho el teléfono. O quién sabe. Tal vez cree que estoy buscando un pololo cuando él no. Aunque tal vez sí le deba hablar. No sé. Sólo sé que nunca podré olvidar la sensación en mis labios cuando besé su rostro suave y perfumado.

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