Escrito por A.-

Me gustaría tanto estar a tu lado, acariciándote, posando mi mano entre tu pelo y mis labios contra los tuyos. Ay, corazón, quisiera hacerte la persona más feliz del mundo. Deseo algún momento en el que seamos felices, sin ataduras, sin miedo, sin inseguridades.

Cuando me declaraste tu amor dijiste que yo nunca podría hacerte daño. Lo creí algo imposible, que todos podemos lastimar a alguien sin querer hacerlo. Sin embargo, tu insististe, yo nunca podría hacerte daño. Y te equivocaste.

Todo pasó en tres semanas. Dos de las tres, yo no estuve. Nos vimos unas pocas veces, compartimos unos cuantos besos, unos cuantos abrazos. Entrelazamos nuestras manos y expresamos que tan felices queríamos hacernos sentir. Dijiste que era la mejor mujer del mundo. Yo no estaba tan segura.

Pensé que mi falta de confianza, seguridad y amor propio no sería un problema, que el amor era más fuerte, que yo por ti daría todo. No sabía que, para querer a alguien, primero yo debía quererme. Quise luchar por nuestro amor, pero no por mí misma. Te rompí el corazón, pero creo haber roto el mío primero. Lo destrocé.

Desde un principio sabía lo complejo que esto podría ser, pero también sabía que nuestra felicidad era más importante que todo lo demás. En esa ocasión, mil cosas pasaron por mi cabeza. Que por qué te dije que sí, por qué decidí arriesgarme si todo podía resultar tan mal. Pero yo te quería. Y te quiero. Me duele haberte hecho tanto daño.

Quise ser la mejor novia que podrías tener. Sin embargo, no funcionó. Sé que confiabas en mí y en lo nuestro, que duraríamos mucho, que este amor era tan libre y puro que nadie podría meterse en ello. Cada vez que lo mencionabas yo me moría de miedo, cada una de mis inseguridades se adueñaba de mí.

Fuiste lo mejor. Me trataste con la mayor comprensión que alguien podría haber tenido. Diste todo de ti para que funcione. Mencionaste que no había presión, que podíamos ir lento, que nunca harías algo sin mi consentimiento y que me esperarías todo lo que yo necesitara.

Que no te costaba nada salir de la U, buscar un bus y viajar a mi ciudad para ir a buscarme al colegio. Que por mí la diferencia de edad no significaba nada. Que yo haya nacido el 2001 no era un problema. Que siendo yo, habrías esperado tres, cuatro o cinco años.

Aún tengo la carta y el collar feminista que me diste. Están en una bolsa de plástico amarrada, al fondo del primer cajón de la cómoda que heredé de mis abuelitos. La bolsa dice “NO ABRIR” tal cual como lo escribí, en mayúsculas y con plumón rojo. Me entregaste tu collar con mucho cariño. Que tiene valor sentimental, lo uso desde hace años, pero creo que tú eres más feminista que yo. Prefiero que lo tengas tú. Eso fue lo que me dijiste.

Desde ese día no paré de usarlo, solo había algunas excepciones. Me moría de culpa al llevarlo en mi cuello. La homofobia interna puede ser muy dura. Respecto a tu carta, aún me duele pensar en ella. Siento cómo se forman heridas al recordar que tal vez en esa extraña armonía me podrías querer para siempre, que me querías más que ayer y menos que mañana.

Dulzura y extrañeza sentí cuando te regalé aquel peluche de pingüino. Venía directamente de Punta Arenas y tenía un ala más adelante que la otra. Mencionaste que olía como yo, como mi ropa. Pero yo nunca huelo nada. Consideraba el odio hacia mí misma cuando pensaba en nosotras. Pero tú no te quedabas atrás. Y me dolía mucho verte así. Aún me duele, y bastante.

Me costaba mucho lidiar con esas cosas, no me gustaba que te hicieras tanto daño siendo una persona tan hermosa. Sufrí pensando en que te haría daño, en que, si terminaba todo, tú te sentirías tan mal que dejarías de hacer aquellas cosas que tanto te gustan, que volverías a estar tan mal como lo estuviste hace unos años atrás. No quería que eso ocurriera. Sin embargo, tenía claro que no podía mentirte, no podía decirte y fingir que era feliz cuando realmente no lo era. Eso nunca fue tu culpa, te lo repetí hasta cansarme, ojalá me hayas entendido. Era demasiada la presión, me sentía como la peor persona del mundo. Era algo mío. Sé que tu última intención era que esto termine, ni siquiera era una opción para ti.

Sabías lo egoísta que era, pero es algo propio de los seres humanos. Cuando nos enamoramos, inevitablemente deseamos que aquellas personas sientan lo mismo. Poco antes me había gustado un niño, dentro de mi bisexualidad me había acostumbrado a sentirme casi hetero. Y declarar que no eres heterosexual estando soltera es muy diferente a cuando ya no lo estás.

Vivimos inmersas en un mundo heteronormado y cuando no obedeces a eso, casi instantáneamente el tema está en boca de todos. Mi lado inseguro que creí superar volvió cuando estuvimos juntas. No quería que nadie nos viera. Me aterrorizaba pensar en qué diría mi familia y mis conocidos. Afirmaste una y otra vez que, si alguien me hacía sentir mal, tú me defenderías, independiente de quien estuviera detrás de tal ofensa. Eras capaz de discutir hasta con mi familia para que yo me sienta tranquila.

Al terminar contigo, fuiste muy sincera y dijiste que me estaba acobardando, que todas las relaciones gay empiezan con miedo, que me estaba reprimiendo y eso no debería pasar. No me arrepiento de mi decisión, pero todos los días debo reafirmar que el amor por mí misma es importante. También dijiste que debería preocuparme por mí y que me importan demasiado algunas cosas que no puedo controlar. Creo que mi preocupación por ti también entra en esas cosas. Tus sentimientos no están en mis manos.

Espero que seas feliz, que no me esperes porque me demoraré y que entregues lo mejor de ti en todo, tal como lo hiciste conmigo. Eres fuerte, y si lograste superar todos esos momentos difíciles no es por casualidad, sé que también podrás superar este. Esa última frase también me llega un poco a mí.

Recuerdo como lloraste y me pediste que, si algún día quería, volviera, pero primero me gustaría quererme y aceptarme, es lamentable que no sea algo que pueda lograrse de un momento a otro. Fuiste mi primer amor, algo fugaz, algo extraño e intenso. No sé cómo pasamos por tanto en esas tres semanas. Pese a que dijiste que yo deseaba olvidarte y borrarte completamente de mi vida, sé que no es cierto.

Espero que, a pesar de todo, siempre recuerdes cuanto te quise y todo lo que entregué de mí en su momento, solo para hacerte saber que te quiero, corazón.

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