Escrito por Boba

Esta no es una historia de amor. Esta historia no tiene un final feliz tradicional. Esta historia no la compraría por ningún motivo Disney y si alguna vez pensé hacer un libro sobre ella, tengan por seguro de que tampoco tendría película.

Me enamoré de ella a los dieciséis años. Melena larga, color castaño con tonalidades naranjas, labios delgados y extremadamente pálida. Me enamoré de una chiquilla que no hablaba con absolutamente nadie y sacaba las mejores notas de mi generación. Me enamoré tanto de ella, un día y de la nada, que solamente esta vez podría confesar que fue amor a primera vista, sin ánimos de entrar en el cliché habitual de que la miré y supe que me enamoraría. Me enamoré tan perdidamente que revisaba la última conexión de su whatsapp de forma tan obsesiva que no había tiempo para nada más. No había tiempo para responder mensajes, no había tiempo para estudiar, no había tiempo ni siquiera para pasar despegada al estúpido teléfono intentando omitir ese en línea maldito para que se volviera eventualmente en un escribiendo.

Me enamoré tanto de ella que se me hace imposible entender cómo en la actualidad no queda rastro de ese sentimiento y los recuerdos de aquella relación se ven opacados por la neblina en la que se ahogan todas las vivencias del pasado.

Han pasado dos años desde que terminamos. Ha pasado un año que no sé completamente de ella. Recuerdo que los últimos mensajes que nos mandamos fue un mes de mayo. Estudiaba para una prueba de Constitucional y me vibró el celular por eso de las una de la mañana: He vuelto a soñar con tigres blancos. La última vez que había soñado con ellos fue cuando estábamos juntas. Recuerdo que mi respuesta a eso fue tan borde, tan desinteresada, tan fría que por un momento me vi a mi misma reflejada en el recuerdo tortuoso de ella.

El primer amor es el más doloroso. Es casi cultura general saberlo porque es un secreto en boca de todos. Es casi un tabú para los enamorados y hasta hace dos años para mí también lo era. Enamorarme de otra mujer fue una de las experiencias más fuertes de mi vida. Enamorarme de esa boba fue una de las cosas que más viva me hizo sentir. Nunca la pude odiar, nunca pude sentir repudio hacia ella. No se podía porque simplemente la amé, sin condiciones, torpemente y como solo yo sabía hacerlo a esa edad. La quise con una intensidad tan propia de lo nuevo que le di todo lo que tenía. Quería la vida con ella pero no todo lo que uno quiere a veces es posible. Todo pudo haber seguido siendo perfecto si no hubiese sido porque la homofobia, los errores, la familia y la distancia nos fue quebrando de a poco.

Si algún día, por casualidad, te encuentras con este escrito, solo quiero decirte que una vez te lo dije y sigo firme a ello. Seré feliz siempre y cuando tú lo seas. Sé que hoy estás con un chico de hace unos meses ya y que te acostumbraste al ambiente de Santiago. Hace poco me enteré y debo decir que, estoy profundamente feliz de que tengas a alguien que te entrega todo lo que yo no pude entregarte. Y que por sobretodo, vive contigo la vida sin miedo a lo que la sociedad pueda decir de ustedes, porque no debes ya arrancar más de los prejuicios ni de la violencia que alguna vez vivimos tú y yo.

Gracias por todo el tiempo que estuviste conmigo. Fui la chica más feliz del mundo y nunca me arrepentiré de todas las locuras que hice por ti. Solo te imploro que nunca cometas ese error que cometiste conmigo y que lamentablemente me vi a mí misma cometiendo hoy: no destruyas a quien te ama por pequeños errores, somos humanos, merecemos equivocarnos.

Y, aunque sea para un café, te estaré esperando el 28 de enero del 2020 a las 17:30 fuera del ascensor donde comenzamos nuestra historia ese ocho de septiembre.

Es una promesa.

No Hay Más Artículos