Escrito por Betania Bunster

Los primeros días extrañarte era una idea. Era por saber que no te voy a ver en mucho tiempo, quizás nunca más. Era extrañar el futuro que no vamos a tener juntos y el pasado que sí tuvimos y que ya es historia.

Antes de que te fueras también te extrañaba en el tiempo. Esos días antes de que llegara el fin de nuestra relación con fecha de vencimiento, que para ti era un comienzo y para mi un “¿y ahora qué?”, te extrañaba en el presente y quería que se congelara el tiempo para que no te fueras.

Pero ahora te extraño también en el espacio, en lo físico, en lo cercano. Extraño tu cuerpo, el sonido que hace tu barba cuando la toco con los dedos, tus abrazos con cuidado para que no me aplastes las pechugas. Extraño peinarte las cejas con los dedos y arreglarte esa ceja rubia que se escapa entre las castañas y hasta extraño el olor de ese perfume que no me gustaba tanto. Tomo la polera que estaba usando el último día que nos vimos para ver si quedó con tu olor, pero huele igual que siempre.

Ahora el espacio está impregnado de tus recuerdos, todos los lugares y cosas que he hecho me hacen pensar en tí y hasta cuando soy feliz me dan ganas de estar contigo. Mientras que para ti todo es nuevo y sorprendente, para mi este lugar está viejo, vacío y gastado y me dan miedo las personas bacanes que estás conociendo porque me hacen sentir mediocre en comparación. No es fácil ser la que se queda atrás cuando todo está tan lleno de ti. Es pensarte todo el rato y sentir que en tu espacio tiempo yo estoy cada vez menos presente.

Extraño la idea de que estamos juntos, de que nos pertenecemos, aunque odie esa idea de propiedad tan ligada al amor romántico. Me gusta hablar contigo a kilómetros de distancia y que me cuentes lo que te pasa pero odio que ahora sea solo como amigos. Me duele la falta de “te quieros” y “guachitas” cuando me dices buenas noches y esa distancia más que física cuando hablamos. Duele el peso ideológico de que ya no seamos los dos, nosotros. Me quiero quedar pegada en el día en que te fuiste, porque todavía podía quererte, porque, por unas horas, tenía una excusa para no soltarte. No sé en qué categoría cabe esa forma de extrañarte, pero es la que más me cuesta.

Una noche me imagino abrazándote mientras intento dormir. Quizá si tú imaginas lo mismo y nos concentramos mucho, podamos crear una reacción en cadena, que rompa el tejido del espacio y el tiempo y haga que volvamos a estar juntos.

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