Escrito por Soré.

Cuando nos despedimos con ese frío beso de mejilla, y los dos mirando hacia otros lados; mientras caminaba hacia la sala donde yo estaba trabajando, y tú salías con tu maleta de regreso a tu país, fue ahí, en ese instante, que confirmé mis sospechas: a pesar de la promesa, nunca más nos volveríamos a ver.

La noche anterior me regalabas tu libro favorito. Ahí iba a conocer todo lo que tú anhelas ser como persona, dijiste, y yo lo tomé, mirando sus hojas amarillas y gastadas, preguntándome si tendría un significado recibir eso o no. Te abracé. Yo sé que nunca más nos vamos a volver a ver, pero gracias por enseñarme tanto, te dije. No, me dijiste, no digas eso. Podemos volver a vernos algún día, eres bienvenida cuando quieras, me decías, invitándome a tu país. Pero dentro de mí, sentí tu condescendencia.

Habías estado evitándome todo el fin de semana. Ya no me respondías tan rápido los mensajes como lo hiciste en algún momento, a veces esperaba horas sólo para recibir un monosílabo tuyo. Sabía que lo había arruinado. Aunque tú fuiste quien empezó con las miradas, con esos ojos tan puros que nunca más volví a encontrar en alguien, fui yo la que me enganché. Cuando te dije que me gustabas no lo hice para proponerte algo a distancia. Lo hice porque moriría con la incertidumbre de si era mutuo o no. Llegué a mi casa a llorar. Sí era mutuo, sentías lo mismo que yo, pero no te sentías capaz de intentarlo, aunque ya sabía que eso no tenía futuro.

Fueron semanas rápidas. Entre que nos conocimos y te fuiste no debe haber pasado más de un mes. Por eso tampoco estaba en mis planes mirarte más que con los ojos de amistad que había tenido antes. Pero fueron tus miradas pacientes y constantes, los roces de mano inquietantes y la tranquilidad que me daba tu sonrisa al escucharme hablar lo que me forzó a cambiar. Fue el verte mirándome y escuchándome sin importar el tiempo en la librería, ofreciéndote libros que nunca te iba a interesar leer, sólo por verme alegre porque me escuchabas.

Fue ver películas de Miyazaki y disfrutar las mismas escenas. Saber que ambos compartíamos tantos principios y nos diferenciábamos de tantas pasiones. Pero tal vez, también era saber que era imposible. Porque a la larga, fue una utopía.

Se me apretó el estómago cuando, dos meses después de que te fuiste, me dijiste en un audio que duró minutos que fuera a verte a tu país. ¿Y si lo hacía?, pensé. Pero fue también ver que no me hablaste más después. El arrepentimiento existe, supongo.

Leía libros en tu idioma, para practicar mientras tú perdías tu ya oxidado español. Me aferraba a la vana ilusión de esa invitación pasajera que surgió. Pero pasaron los meses, y decidí dejar de leer el libro en tu idioma que tú mismo me recomendaste (¿te acuerdas que me dijiste un día que podríamos ir juntos a conocer la casa del autor cuando fuera a visitarte?). Cambié tu nombre en mi celular, para que se me hiciera más difícil buscar tu perfil en WhatsApp para ver tu foto. Borrar la conversación no pude. Me dolía perder tus últimas palabras.

Un día desperté tranquila. Miré mi celular, y noté que no lo había revisado dormida, como llevaba haciéndolo durante meses esperando ilusamente tener un mensaje tuyo. Me pregunté qué había pasado. Y entendí que te había superado.
Ese día, con pena, me despedí de ti.

Creo que te amé. No sé si tú me amaste, pero sí sé que me quisiste, y mucho. A veces te recuerdo, más por nostalgia que por cariño. Le pido a Dios que te de la vida que necesitas, y la luz suficiente para reconocer lo que te hará feliz. Sé que algún día tendrás familia, y que serás un excelente esposo y padre, tal como quieres.

El día que entendí que yo no sería parte de ninguno de tus planes, porque esa era tu decisión para acercarte a lo que te haría más feliz, fue cuando te dejé ir.

Siempre sentiré que hubo un hilo rojo entre nosotros, uniéndonos como en la leyenda japonesa, pero ambos lo tuvimos que cortar.

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