Historia por Marcequela

En ese tiempo vivía en el Centro y trabajaba en Vitacura, por la autopista y sin taco nos demorábamos veinte minutos hasta mi casa. Nos demorábamos, tú y yo, la rutina espantosa de los días iguales: trabajábamos, tomábamos el colectivo 01, nos acurrucábamos en el asiento de atrás y repasábamos el día.

Habíamos construido nuestra historia de amor así, de veinte en veinte minutos, de a poquitos, a punta de “casis” así nos quisimos. Ese día te pedí que me acompañaras a mirar un departamento que me gustaba, sabía que no podía pagarlo pero se había vuelto casi una obsesión en mí mirar los departamentos gigantes del Centro que se arrendaban, me gustaba inventarles una historia, tratar de adivinar quiénes habían vivido ahí y cuáles habían sido sus mentiras y pequeños engaños.

El edificio era sacado de un sueño, de esos lugares en lo que de inmediato te imaginas dónde irían la cama, el escritorio, los cuadritos de Magritte (que ahora tenía guardado en una caja de cartón media húmeda en la bodega) y la biblioteca.

El hombre que nos mostró el departamento era un señor eterno, lento y distraído que cuando terminó de enseñarnos el funcionamiento de la calefacción se puso hablar de San Agustín como quien cuenta los últimos sucesos de la farándula criolla. Algo de la “Vida breve”, la historia era más o menos así: Agustín se había pasado la vida siendo un tiro al aire hasta que descubrió la iluminación divina (cosas en las que yo no creo y tampoco entiendo) y escribió un libro (“La vida breve”) para convencer a casi todos de su santidad inmaculada y completa. El hombre, se detuvo y sonrió, dijo que “como siempre” en las historias de amor, es una mujer “la descreída”, la que desconfía y que se dedica a “boicotear el renacer de los hombres honorables”, la mujer en cuestión también había escrito un libro (también “La vida breve”), en sus primeras líneas describía la siguiente escena, decía: “te acercaste por detrás luego de salir de la cama y pusiste tu cara entre mi pelo, suspiraste y dijiste: la vida breve, la vida breve”. Yo lo escuché con atención y hasta me calenté, tú te alejaste y dijiste que tenías que irte, que se te había hecho tarde.

Me pregunté las siguientes cinco horas qué había disparado en ti el relato inocente del hombre del departamento. El timbre de mi casa sonó. Abrí la puerta y estabas ahí, dijiste que habías venido por un poco de vida breve entre medio de mi pelo. Dormimos juntos. Nos besamos, nos chupamos, nos reímos, comimos pan con palta y huevo revuelto, cerramos las cortinas, abrimos las cortinas, gritamos, susurramos, nos recorrimos.

Toda la mañana siguiente sonó en mi cabeza esa canción súper triste de Jeff Buckley, debería haber adivinado que lo que vendría tendría ese tono terrible de lo inevitable y que al final de la historia, esta mujer que busca departamentos, también habría de renunciar a su reino por un segundo en el hombro de aquel que ahora, ya no dormía en su cama.

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