Escrito por Francisca Salinas

No te amo. Ni siquiera estoy cerca de sentirlo. No te amaré como nos dicen que a todxs alguien nos amará: para toda la vida, incondicionalmente y hasta que la muerte nos separe. No. Ni siquiera te quiero. No dibujo corazones, ni tallo nuestros nombres en pobres cortezas de árboles que de nada tienen la culpa.

Sólo me gustas, me gusta tu ceño fruncido, tus manos grandes, tu cara cuando el pito se suma al vino. Me gusta que muevas tanto las manos al hablar, que las ideas se te salgan por todos lados y que no te conformes así nada más. Me gusta tu olor, ese que hace que quiera pasar cerquita tuyo varias veces al día. Me gusta tu cara llena de expresiones tan obvias como indescifrables. Me gusta tu sonrisa, porque sonríes con los ojos. Y oh, esos ojos, penetrantes, de los que disparas flechas que me atraviesan el pecho, los que se cruzan con los míos en señal de complicidad. Ésos que a veces no sé cómo leer, pero que me encanta mirar.

Y sí, me gustas. Quizás no como para pasar una vida entera, pero sí para atacar la soledad que se viene con la noche, para sentirte tan tan cerca y explotar. Sí para ojalá sentirte encima, ver más de tu piel y que se pegue con la mía. Porque sí, me gustas, pero no para sufrir por ti, sino para que seamos miserables juntxs, sólo por un rato. Para que conversemos sobre tanto, sobre nada, sobre marxismo y feminismo, sobre nuestros prejuicios, para derribarlos, sobre nuestros derechos, putear por lo que nos han quitado y planear algo al respecto.

Me gustas para ser soñadora dentro de tanta miseria. Me gustas para ser un placer, no sé si culpable, aunque quizás así sepas mejor. Me gustas para extrañarte en esos días fríos y para invitarte a salir cuando hay sol. Me gustas, pero no te amo. Me gustas así tal cual: nada menos, nada más.

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