Escrito por Francisca

Durante nuestros casi 6 años, me pediste que te escribiera. Y yo te preguntaba siempre, entre risa y rabia, ¿qué quieres leer? “Escríbeme una carta de amor poh”.

¿Alguna vez pensaste que yo lo haría? Sí. Te lo creías tanto, tanto como a tus mejores mentiras. Creo que en nuestros seis años te conocí demasiado como para asegurarte que jamás pudiste entender por qué esas hojas con el amor rebalsándose por sus bordes, como querías, no llegaron a tus manos. Y es raro, porque yo sí quería hacerlo, pero cada vez que empezaba a escribir, chocaba con todo lo que te dije y no escuchaste, con todo lo que te pedí y no hiciste, con todo lo que te lloré y no sentiste, con tanta risa y con tanta rabia. Porque así me tenías: entre la felicidad y el abismo.

Ahora te escribo desde la otra vereda. Ahora ya no siento el amor desgarrador, tampoco esa pena asfixiante, ni mucho menos te odio. A pedazos me volví a armar, y sin tanta neblina y caos en mi cabeza, escribo para agradecerte.

Yo sé que me pediste tanto tiempo que lograra ver lo bueno entre tanta mierda. Y no, poh, no podía, porque yo era así: no me la podía con tus grises, para mí el negro y el blanco pesaban mil veces más. Y así viví toda nuestra relación, con el corazón elevado y por el piso. Intenso. Si, muy intenso porque así también soy yo, y así también te amé, hasta la locura.

Yo caía en ti, consciente de lo mal que me hacía, una y otra vez. Así yo enloquecía, y lloraba, y dinamitaba con todo lo que tenía a mi paso. Porque eso fuimos: dinamita hecha en casa. En nuestra propia casa. Y estábamos mal.

Pero te agradezco tantas cosas y te pido perdón porque sé que también te hice daño dentro de todo mi melodramatismo. Te lo vuelvo a repetir: era así, melodramática, casi de teleserie venezolana. Y por esto te doy las gracias, porque aprendí justamente que el amor no tiene por qué ser así. Todo es una ecuación fácil, casi tan simple, que su lógica debería actuar por cuenta propia: El amor no duele. No duelen las noches, ni los sueños. No duele hacerlo funcionar, porque justamente, no hay que desgastarse para echarlo a andar. El amor de por sí coordina su propia armonía. Y Por lo menos yo, pensé por mucho tiempo que el vaivén entre el vacío y la efervescencia, era todo lo que podía resumirnos. Y que eso era amor.

Lo vivimos así porque crecimos juntos y crecer es, por lo bajo, agobiante. Creíamos que podíamos echarnos el mundo al bolsillo, que lograríamos recorrer todo el continente en bicicleta, y que viviríamos siempre en un invierno eterno. Pero a su vez, nos achicábamos ante el más mínimo problema, nos tomábamos la plata para recorrer el continente en bici, y el invierno se nos hacía cada vez más corto. ¿Cuánto cuento nos compramos? Todos, y puta que nos costó caro.

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