Escrito por Sofía Troncoso

Una hacha, un ramo de papel para una boda, una postal con una historia por detrás. Caminando entre las calles de Zagreb, Croacia, nos encontramos con el museo de las relaciones rotas (Museum of Broken Relationships). Había leído antes de él: objetos dispuestos en tarimas a lo largo de esta casa-museo relatarían fracasos amorosos. Sin embargo, mostraban más que eso: historias de alivio, de dolor, de fortaleza y resolución. Sin dudarlo mucho, entramos pagando 20 kunas (la moneda de Croacia) para estudiante, algo equivalente a 2 mil pesos chilenos, sin pensar nada sobre ello. No sabíamos que habría dentro, y definitivamente no esperábamos la carga emocional que deslumbra aquel museo único en el mundo.

El llanto fue inevitable, me acerqué a mi hermana y le dije “¿Por qué me hiciste venir aquí?” entre bromeando y en serio.

Estaba preparada para llorármelo todo. Alternaban historias tristes con historias cómicas en alrededor de las seis salas blancas que tenía el museo de un piso. “Cuándo me mudé de casa me llevé el tostador: esto te enseñará una lección, ¿cómo tostarás ahora?” salía escrito entre tonos negro y morados en un cartel pequeño. Unas salas más allá un reloj antiguo e inservible tenía otro cartel que decía lastimosamente “A ella le gustaban las cosas antiguas – mientras fueran viejas y no funcionaran. Creo que por lo mismo lo nuestro no funcionó”. A medida que pasaba por los pasillos y los objetos dispuestos, iba formando mi propio despojo de las emociones que había sentido en algún momento de mi vida. Pensaba: aquí iría una caja de tic tacs, un macetero, una inservible maleta de cartón, un CD de Belle & Sebastian. Había caído inevitablemente en la magia del Museo de las Relaciones Rotas. Cada objeto simbolizaba algo que perduraba o no en el tiempo, significativo en mayor o menor medida para alguien en lo profundo de su corazón. No eran fracasos, para nada, eran historias tan bien contadas en un par de líneas de cosas maravillosas como trágicas. Una galleta de jengibre, dibujos de anime, peluches sin pies, carteras, vestidos, envases de shampú, todos esos objetos de alguna u otra forma me llegaban a mi como si yo lo viviera. Y entendía la fortaleza que tuvieron para dejarlos ir. Soltar e intentar comenzar de nuevo.

Me di permiso para llorar. Y reír. Alternando así toda la gama de sentimientos que pasaban por mi cabeza y mi corazón, mi piel, mi sistema nervioso. Inevitable reír con una postal del primer lugar donde alguien vio un miembro masculino a la luz, o con el hacha con que una mujer destrozó todos los muebles de su exnovia, o llorar con una historia triste sobre un ramo de papel para un matrimonio que pareciera que dolió tanto como un rasguño con papel, de esos que no sabes como pero de pronto estás sangrando.

Casi al final de la exhibición, una cerámica que tiene escrito “Mejor Sola Que Mal Acompañada”. La mujer de los estados unidos escribió “Después de 18 años de matrimonio, mi esposo se fue con una compañera de trabajo de 26 años. Justo después fui a Tijuana para que hicieran este azulejo. Fue un recordatorio de que estaba mejor sin mala compañía. Desde ahí he criado a mis dos hijos por mi cuenta, obtenido un Masters en Liderazgo Sin Fines de Lucro. Ahora comparto este artefacto para inspirar a otros peleando contra la pérdida de una relación a que se enfoquen en empoderarse y expandir su propio poder personal”. Sin saber cómo, había llegado a las palabras justas que se pueden necesitar después de un quiebre: de parejas, de amigos, hasta con padres y madres se encontraban dentro de la exposición.

Todo aquello que contaba una historia nos recordaba la frase de R.W. Emerson escrita en una de las paredes: “No hay historia propiamente tal, sólo biografías”, y estas biografías no eran de fracasos, como había leído en algún sitio de internet, si no de poder propio como efectivamente decía aquella mujer, así como también de dolor y tristeza, alegría y buenos recuerdos. El pasado efectivamente dolía para muchos, pero para otros soltar lo que los amarraba les daba un nuevo inicio que efectivamente necesitaban. A la vez, creo que todos los presentes necesitábamos leer las historias, respirar, y sumergirnos en la risa y la pena, porque no siempre es malo sentir y decirle adiós a aquello que nos marcó. Definitivamente lo mejor de Zagreb.

No Hay Más Artículos