El mejor discurso es el que no tiene palabras

Escrito por Muchacha de los ojos tristes / Collage por Pola Ossandón

El silencio es lindo después de todo. Ya me cansé de conversaciones densas, tipos ególatras que me repetían sus currículums, frases cliché y discursos manoseados. A veces es mejor tragarse las palabras y entregarse a los encantos de un sonido vacío.

Te sentaste justo atrás de donde yo estaba. Abriste tu libreta y te ensimismaste en tus dibujos. Jamás levantaste la mano para opinar e hiciste caso omiso a las ideas estúpidas de nuestros compañeros. En cambio tarareabas tus canciones favoritas y trazabas parte de los esquemas que estaban repartidos por la pizarra.

Una vez nos fuimos juntos para el metro. Me comentaste que eras de provincia, que estudiarías historia y que no estabas ni ahí con sumarte a la lucha de egos que se da en un curso de verano de ciencias sociales promedio. Ahí entendí que tu silencio no venía desde la timidez, sino de la necesidad de desentenderte de las batallas intelectuales que se desarrollaban en todas y cada una de las clases.

De ahí nos hicimos algo así como “amigos”. A veces nos sentábamos juntos y nos reíamos del mateo del curso. No hablamos mucho porque yo necesitaba tomar apuntes y tú no sé, seguir en tu onda.

Terminó el curso y chao. No nos vimos más. Nos topamos por Instagram de mera coincidencia. Volvimos a conversar y ahora con una fluidez que desconocía.

Y aquí estoy, cuestionando todos los códigos patriarcales sobre cómo establecer relaciones interpersonales. ¿Por qué esperar a que me invites a salir si puedo hacerlo yo? Tal vez fracase, eso no lo sé aún, pero filo. Responderé a tus joteos tomando la iniciativa yo misma. A ver si puedo encajar en tu discurso esas palabras que nos faltan.