Escrito por Petra / Ilustración por Somatizar

Una visión melodramática se empezaba a dejar ver dentro de mí mientras, escoba en mano, me disponía a limpiar tu departamento. Una especie de desastre vitalmente organizado. Estaba sola, te habías ido a trabajar y me había costado dejarte ir. Olías bien, y me habías pedido que durmieramos “cucharita”, y que te tomara la mano. No supe cómo interpretar eso, quizás necesitabas asegurarte de que estaba yo ahí, que sin conocerme tanto, estaba contigo.

Estaba contigo. Tanto, que comencé a recoger, barrer, lavar. Hice tu cama. Había dormido mal, la conciencia de estar durmiendo en altura (¿piso 15, quizás?) era un gatillo de mi ansiedad. Ansiedad que compartíamos. En nuestra primera cita me lo habías dicho. Me identifiqué con ello, con tu narración transparente y sincera de tus crisis ansiosas, y cómo la meditación te había ayudado con el diagnóstico contundente de “trastorno ansioso generalizado”. Eso me gustó de ti en primera instancia. Mi primera cita con alguien de Tinder. Me gustó cómo me mirabas con naturalidad, cómo pediste té en la tetería a la que me invitaste como si fueras cliente habitual.

Siempre me sentí tan infantil al lado tuyo. Pero creo que esa visión de un hombre perfectamente resuelto y profesional se derrumbó al ver tu departamento. Por supuesto que eso era consecuencia de tu vida ajetreada trabajando como informático en la ciudad empresarial. Trabajabas mucho e intensamente. Te veías comprometido con aprender siempre – recuerdo que leías siempre libros relacionados en tu Kindle – y principalmente, te veías contento. Realizado quizás. Y cansado. Por eso me invitaste esa tarde a tu departamento, día de semana. Yo, en medio de mis vacaciones de verano, buscando olvidar desesperadamente a alguien más, lo acepté como una aventura. Como quien busca el material necesario para “la historia que voy a contar mañana.”

Siempre he sido así. He caído en uno que otro lugar bueno para una historia.

Dejé mi deseo en esa pieza. Dejé mi silueta con ganas de más. Estaba en mi periodo, decidiste penetrarme de igual manera. Creo que nunca supe realmente si de esa manera hacías el amor siempre. Como informático, en un lenguaje que solo tú entendías, en un entramado que solo tú podías ver. Creo que disculpé en mi cabeza el hecho de que no me hicieras terminar porque estaba con la regla, y me sentía mortificada. Pero tú terminaste un par de veces, y saberte capaz de sentir deseo por mí me satisfizo en ese momento. Pensé en eso toda esa mañana

Él me desea, él me desea, Andrés me dejó sola en su departamento porque confía en mí de una manera sobrenatural. Tenemos una conexión, y quizás un futuro juntos.

Un futuro juntos. Yo limpiando tus cosas como una buena dueña de casa.

Me habías dejado desayuno. Un pan que no quise comer por timidez. Algo de jugo. Me habías avisado mientras yo te observaba enredada entre tus sábanas blancas. Observé tu transformación con ojos de niña: una camisa morada, una corbata, un pantalón, zapatos muy adultos. Te veías guapísimo. Si me hubieses dejado, te arrastraba a la cama de nuevo, te desvestía y te hacía mío por siempre. Pero en ese momento te sentí lejos, dispuesto a irte a un mundo tan lejano a mí. Tú en tus 35, yo en mis 27. Te sentaste en la cama, me abracé a ti, como una niña. Tú en tus 35, yo en mis 27. Quería rogarte que no me dejaras sola, que no fueras a trabajar, que te quedaras conmigo viendo los videos del VH1 que pasaban a esa hora en tu tele. Tú en tus 35, yo en mis 27. Retuviste mi abrazo, y luego te despediste con un beso.

El silencio de esa pieza se notó. Sentí como todo el ruido del centro entró de repente, los ruidos de la construcción de enfrente, la hora peak de la mañana. Todos entraban en esa pieza, menos tú. Estaban dando un especial de George Harrison. Y no estabas tú.

Comencé a limpiar quizás para no pensar. No me pude duchar, no tenías muchas cosas en tu baño. Tenías una pieza en la que tenías toda tu ropa limpia tirada. En un momento fui a tu balcón, donde habíamos estado un rato la noche anterior, al anochecer. Había sido un momento especial, pero pragmático.

Quizás eso me hizo huir. Eras un ser humano perfectamente funcional, pragmático, uno que sobrevivía en el caos de su departamento sin muchas más complicaciones. Mi adicción a lo complicado me hizo huir.

Una vez que salí del edificio me pregunté qué pensarías luego de llegar a tu depa y ver todo más limpio.

Pensé que lo había hecho bien.

Pensé que estaba bien seguir en lo improbable.

Te pido perdón por eso.

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