Cómplices

Escrito por Andi Díaz / Imagen por Antonia Argandoña

En la última fila del salón veo una sonrisa.
Intento memorizarla lentamente, no tengo prisa.
Veo que mis ojos hacen juego con tu camisa
y el silencio que nos separa me hace trizas.

Es la madrugada del sábado y el frío se siente ligero.
Apenas toca nuestras caras, se vuelve pasajero.
Pero, nada hacía presagiar que esa noche de locura
lo nuestro sería una indebida aventura.

Caminamos sin rumbo por aquella Avenida.
cada quién por su lado, melancólicos de la vida.
Un paso tras otro con la mirada perdida
en el finito de una calle sin salida.

Soltamos las riendas de cada fibra con afecto.
Encausaste tus sentimientos perfectos.
Me olvidé por completo de mis defectos
y los tuyos jamás fueron pretextos.

Desperté entre 1000 algodones, sin bullicios
mezclados con culpa y legítima pasión.
Pensé que habías dejado tus vicios,
y que yo no era tu misión.

Decepción de ti, tristeza por ella.
Dos mujeres, un hombre y una botella.
Las palabras sobran en aquella vacía habitación,
te observo con mesura, eres mi perdición.

Me equivoco frecuentemente y lo admito
soy torpe por esencia, no es un delito.
Lo nuestro se ha transformado en mito,
cada vez que me miras, por dentro grito.

Presiento que esto será infinito.
Contemplo su sonrisa, suspiro y me derrito.
Sempiterna expresión al fondo del salón,
tú y yo somos cómplices de esta infracción.