Escrito por Constanza Romero / Hola Nico González

Era una nublada tarde de septiembre del 2016. Mientras caían unos pequeños rayos de sol sobre la estación La Cisterna, caminé para tomar el metro en dirección a Vicente Valdés. Lentamente, el lugar se fue atochando de siluetas. Jóvenes, escolares, hombres y mujeres de oficina. Todos se desplazaban por el andén para regresar a sus casas, o simplemente pasear y perderse por ahí.

En el comienzo de la estación casi todos los asientos estaban vacíos. Salvo uno. En el segundo, estaba sentada una mujer de unos 30 años. Lucía un pantalón de tela carmesí, una blusa blanca ceñida a su delgada figura y una chaqueta de oficina.

Lo curioso es que a pesar del clima, llevaba puestos unos lentes de sol muy grandes y oscuros que ocultaban casi todo su rostro. Aparentemente, esperaba tomar el próximo tren o a alguien especial. Pero no, su vista estaba clavada en su celular.

Estaba perdida en su propio mundo. Se le notaba nerviosa, sus manos le temblaban y respiraba agitadamente. La mujer revisaba con ahínco su bandeja de correos de Gmail, una y otra vez. Sus dedos se movían mecánicamente. Inconscientemente, pasaban de un mensaje a otro con un movimiento programado casi de memoria. Buscaba respuestas, consuelo, algo que le indicara que todo iba a estar bien. De reojo, observé la pantalla de su teléfono. El texto se podía leer de lejos porque ella había aumentado el tamaño de las letras. “Hace tiempo que no hablamos. Es difícil escribir esto, pero espero que estés bien. Cuéntame cómo te ha ido, quiero que nos veamos. Si necesitas cualquier cosa, sabes que estoy aquí”, decía el primero.

“¿Por qué no me respondes los mensajes? Necesito saber de ti. Te extraño, por favor dime qué pasa”, señalaba el segundo. “Yo no quería que las cosas terminaran así. ¿Dónde estás? Por favor, no me hagas esto. Te amo con mi vida, entiéndelo de una vez”, leí en el tercero. Ella se limitó a no responder. Repentinamente, no pudo controlar más su angustia y se desbordó. Su respiración agitada se transformó en fuertes sollozos que la remecían por completo. Sus lentes negros dejaron al descubierto su inmensa tristeza y vulnerabilidad. Tenía los pómulos enrojecidos y los ojos completamente hinchados. Ya había llorado antes. Mientras sus lágrimas caían, la gente seguía caminando por el andén para tomar el tren sin percatarse de su presencia. Era invisible.

En ese momento, una pareja de adolescentes se sentó a su lado y se enrollaron en apasionados besos y caricias. El celular de la mujer sonó por última vez. Su ex pareja le había enviado un correo en el que había perdido la paciencia. “Esto es tu culpa. Tú quisiste que todo se fuera a la cresta. De verdad, necesito aclarar las cosas contigo. No me sigas ignorando y respóndeme”. Mientras pensaba qué responder, su frágil cuerpo se estremecía.

A pesar del miedo, se armó de valor. Llorando, escribió: “quiero que este sea mi último mensaje. No me molestes más, no quiero saber más de ti. Se acabó, adiós”. Sin pensarlo mucho, lo envió y guardó su teléfono. Todo parecía ser más gris y desolador a su alrededor. Los carros se movían dejando atrás el pasado, la nostalgia y el dolor. Ella ya no esperaba a nadie. “Quizás cuántos trenes más dejó ir” – pensé.

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