Escrito por Paquita del Barrio

Lo conocí por el tinder de mi generación: Instagram. Se reía de mis chistes fomes y me llenaba el perfil de corazones cada vez que subía una selfie a mi cuenta. Me hablaba bajo excusas torpes y yo, en mi estado más inocente, le respondía como otra usuaria más. Nunca mostré interés en él porque había un código de vida al que prometí nunca fallar: no vincularme con sujetos emparejados. Porque sí, él tenía polola y sus fotos aparentaban un amor inquebrantable que, obvio, debía respetar.

De todas formas hablábamos. Él me mostraba sus canciones favoritas de QOTSA mientras yo le hablaba de lo bacán que eran los Foo Fighters. La música era mi punto débil, el único tópico con el que podían ablandar mi corazón y lograr que mi número terminara en su whatsapp. Formamos una suerte de amor virtual, hablábamos todo el día y el interés recíproco aumentaba cada vez más.

Nos juntamos. Bailamos unas cumbias y coreamos juntos nuestras canciones favoritas de Alex Anwandter. Una especie de sentimiento inefable hizo que el ambiente se tensara y así fue como de un día a otro amanecí bloqueada de todas las redes posibles.

Sentí rabia. Fui como esa canción de Los Ángeles Negros sobre debut y despedida. Me joteaba sin pudor, rompió todos los códigos morales de la fidelidad y luego intenta enmendar el error sacándome de su vida. Yo también desaparecí de su vida.

No dejé rastro que pudiera seguir. No supo de mí y yo tampoco de él. Él en su vida y yo en la mía. Así por tres años.

Una notificación en mi celular. Personaequis te acaba de seguir. Entro al perfil con desconfianza. Era él. “Puta la hueá” pienso. Ignoro e ignoro otra vez. Así por seis meses o algo así.

Otra notificación: Nuevo mensaje de amigodepersonaequis. “Cómo estaí, tanto tiempo” me dice. Le respondo con otra pregunta: “¿Cómo llegaste a mi perfil?”. “Me apareció en las recomendaciones”, “y vo creí que soy hueona”, pienso. Me reservo comentarios, mantendo mi discreción para no generar disturbios.

Esperé con ansias ese concierto. Había comprado la entrada hace una semana y no me quedaba nada más que esperar. Llegó el día. Entro al Movistar Arena y me entrego al fanatismo de la primera fila. Mientras hago mis mejores intentos por respirar y no morir aplastada entre el cúmulo de gente, alguien me toca el hombro. Volteo de curiosa. Casi me da un paro, lo juro. Era él. No supe qué decir, así que sólo puse mi peor cara y dejé que él hablara. Me pidió disculpas, que no era su intención, que fue un estúpido. “Anda a laar” me dije a mi misma. Conversamos un rato afuera mientras él se fumaba un cigarro. Le dije que era tarde y la última micro a Talagante estaba por salir. Me fui, esperando enserio que nunca más me volviera a hablar.

No alcanzan a ser ni las doce y ya tenía un mensaje de él en mi Instagram. “¿Llegaste bien?” me pregunta. Le contesto y ¡Bam! fluye la conversación, así como solía ser hace tres años. En una de esas charlas de madrugada le pregunto con la mayor patudez posible si aún seguía pololeando. Me responde que sí, aunque tarda en reconocerlo. Su respuesta me cayó como patá en la guata. Pero el cabro no se dio por vencido y finalmente en esta guerra de amor yo terminé cediendo. Le di una oportunidad. Una chance de que porfin acabáramos esto, nos besáramos en un parque y luego cada uno para su casa. Nos quedó gustando el juego de la despedida y lo extendimos por semanas. Semanas que después terminaron en meses. Meses en donde yo era el refuerzo del partido. El comodín y las patas negras.

Ahí entendí que no me querías y que yo no te necesitaba. Quise revertir el final y fui yo quien cerró el telón. No lo pensé dos veces y tampoco me pienso arrepentir.

Mi primer amor fue un torbellino, una ola de viento que me dejó un poco de lágrimas secas en los ojos.

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