Escrito por Ernesto Ossos Sonfelices / Ilustración por Crema Catalana

La cosa es así. Hace ya como tres semanas que llegamos a París, después de que hace como cinco meses que tomáramos la decisión de venirnos a vivir juntos para acá y después de estar cerca de dos años con una relación a larga – en serio laaaaarga– distancia. Porque claro, ella estaba en Francia en ese tiempo y yo seguía tan en Chile como los porotos con riendas –que hay que ser sinceros y parece que sólo a nosotros nos gustan. Y aunque algunos podrán decir que nos veíamos cada cierto tiempo, porque por suerte cruzábamos el Atlántico cada cual en sus vacaciones de verano para coincidir con el otro en el invierno; nuestra relación en ese rato fue harto de eso, un largo invierno. Pero bueno, ya está! Que tampoco pienso hacer una elegía, ni una apología de lo que son las relaciones a distancia, porque –al menos por ahora– yo le doy un paso al costado al tema. Que el sudor y las lágrimas ya fueron en su momento como para querer volver atrás. La cuestión ahora es otra: La aventura y el amor.

Porque –tal como partí– la cosa es así, estamos aquí los dos, pero para ninguno son las vacaciones. Y aunque todo el mundo mira nuestras fotos y nos llena de ‘likes’ y comentarios del tipo ‘todo es maravillo’, ‘qué bello todo’, ‘qué hermoso todo’, la verdad verdad es que otra cosa es cuando uno no se está dando una vuelta mientras se olvida de la vida y luego vuelve como si nada, con un montón de fotos y lleno de recuerdos. Para nosotros, ahora no es así, porque lo que hacemos es comenzar de nuevo y tratar de hacer dentro de todo, una nueva cotidianidad. No es todo bonito, porque aunque tiene todo lo romántico de la idea que pueden llegar a formarse en su cabeza con el título “Una nueva vida en París”, la verdad es que comenzar una nueva cotidianidad también tiene cosas difíciles.

Como cualquier aventura, cuando esto partió tuvo harto de planes, de ideas, de sueños y motivaciones. Harta ansiedad por todo lo que se venía, incluso llegar que llegará cuanto antes. Finalmente, como siempre me pasa, creo que me preparo harto –y obvio que en parte lo hago–, pero finalmente siento NO-HICE-NADA. Así llegamos a París, con el cambio de hora, el sueño por no haber dormido bien en el avión y con la estupefacción que me duró como tres días. De ahí, seguía atontado, hablando poco, más callado y pegado a la cama, aunque la razón me la dije después: miedo. Miedo de lo nuevo: del idioma, del espacio, de encontrar trabajo, de las platas, del futuro, de no conocer a nadie y la soledad, de la distancia, extrañar la gente y la familia. Finalmente un poco de miedo de todo, que cuando me lo dije se fue disipando un poco y dando paso a la acción. Empecé a tratar de armar de nuevo vida y en eso estamos ahora. Entre el caos de la novedad, armando vida.

Y es ahí, que aparece el amor. Porque, entonces me doy cuenta que todo se trata de eso, que haber estado lejos, que la relación a distancia, que la espera, que los cuenta-días para los viajes, que los encuentros y los desencuentros, las despedidas y los llantos eternos en el aeropuerto, no son más que lo mismo que nos tiene ahora acá. Acá juntos. Porque nada ha sido sin miedo. Nada ha dejado de ser una aventura. Y entonces me pregunto si acaso estar en una relación no es siempre una aventura. Una aventura llena de novedades, de conocer, aprender y crear, llena de ansiedad, miedo, acción y esperanza.

Estar juntos es una aventura. Ahora mismo, estar juntos es una nueva aventura. Una nueva que aunque por ahora no termina, el amor tampoco.

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