La guerra que él hizo en mi corazón

Escrito por Camila Denise / Ilustración por Flo Meije

Me sentí profundamente atraída por sus ojos grandes y saltones. Estaba yo reporteando las elecciones municipales, y estaba él uniformado, serio, en la entrada del colegio donde la gente se preparaba a sufragar. Inoportuna, casi torpe, repetía una y otra vez la salida del despacho, de forma nerviosa, ansiosa, ante la mirada del militar. Nunca me sentí tan observada, quería terminar y salir de ahí lo más pronto posible. Intercambiamos miradas, una complicidad absoluta, y mis manos temblaban cuando sostenía el micrófono, el camarógrafo hartado de mi inexperiencia, me repetía una y otra vez: Vamos Camila, hazlo de una vez. Acabé, y salí. No me despedí, solo me fui.

Al día siguiente recibí una solicitud de amistad en Facebook, no le tomé en cuenta, hasta que vi el mensaje. Era él. Me sorprendí un poco, me habló y me contaba que preguntó por mi nombre, y buscó el canal local donde estaba trabajando. Conversamos mucho. Jamás he salido con un uniformado, tenía mis prejuicios, y mis opiniones frente a ellos. Sin embargo accedí, accedí a salir con él. Fue rápido e intenso, caí en su red, en sus manos, en sus labios, en su mirada tan despiadada. Quería más de él. Conocerlo, saber que pasaba por su cabeza, parecía interesante, me llamaba siempre, para saludarme, o si me enojaba, era amable, pero me equivoqué.

Dejamos de hablar por meses, hasta que en una noche me llamó y estoy segura que fue borracho, otra vez caí ante su insistente llamada, su búsqueda, y volvimos a hablar. Otra noche, estaba cubriendo un festival, fue a verme y me esperó hasta que terminé, salimos, fuimos a una cabaña, pagó y encendió la televisión, la apagué y me acerqué a su boca a oscuras, esa noche fue increíble, pero no me sentí a gusto, había algo en él que no me dejaba tranquila, no dormí nada, se levantó a las 7 am para ir al regimiento, yo me fui a casa, por teléfono era distante cortante, las palabras precisas, yo quería más, algo más que un “ojalá te haya gustado estar conmigo” que es tan habitual en él. No me decía nada más. Era tan frío, siempre fue así, lo sabía, pero salía con él, porque me gustaba como me hacía sentir, era todo tan superficial. Nada profundo, ningún sentimiento -eso creía- ni siquiera melancolía. Me sentía tan estúpida, le buscaba pero me daba rabia hablarle, era algo tormentoso y cruel, cómo puedes no puedes valorarte un poquito Camila, pensaba por cada texto que le escribía, le escribía mi descontento ante su desaparición-aparición momentánea, me acusaba que me escribía con otros, que no debió buscarme, que la embarró. Y yo le decía que era un milico sin cabeza y sin corazón.

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La última noche fue un día lunes, viajé donde él, llevé cervezas, solo tomó dos. En la cabaña, estábamos juntos, pero nuevamente encendió el televisor, y jamás me había sentido tan sola e ignorada. Le reproché, y solo recibí acusaciones. Le abrazaba, y solo su brazo apenas me tomaba por la cintura, fue el abrazo más desconsolador que recibí en mi vida, buscaba su mirada, buscaba sus ojos como el primer día en que lo vi, cuando me miraban con atención cada palabra que salía de mi boca, pero aquellos ojos estaban atentos a la película que estaban dando. Sentí frustración, le apagué el televisor, se enojó. ¿Para qué vine? Encendió de nuevo la tele, y en ese momento le hablé a mi mejor amigo buscando consuelo “otra vez estoy con el milico, estoy mal”, mi cómplice uniformado lo vio y estalló, le toqué su orgullo masculino y entre tantas cosas horribles, lo que más me dolió fue que dijo con una mueca de desagrado “no sé para qué te hablé la primera vez, ni siquiera sé porque te volví a buscar en la segunda” quise desaparecer, irme de ahí, pero estaba a 20 km de casa, y ya era tarde para irme, me di vuelta en la cama, aguantándome las lágrimas, el seguía mirando la televisión, y yo ya no quería más guerra, la guerra que él hizo en mi corazón, porque en ese instante me di cuenta, que sentía algo más que solo una cosa carnal por él.

Aunque nunca se lo dije, pero me importaba, aunque fuera inaguantable y tan duro conmigo. Debí darme de su narcisismo, de su poca empatía, cuando vi como el mismo se tenía como fondo de pantalla en su Iphone. Entonces no di más, lloré, y lloré, fui al baño, el siguió detrás, “pero conversemos, eh, Camila, conversemos, ¿pa’ qué te pones así?” Mis ojos hinchados, cansados de tanto llanto, le grité “¡tú no sabes tratar a una mujer, tú no sabes tratar a nadie, solo sirves para <aquello> y recibir órdenes de tus superiores, eres un imbécil!” vi su mirada vacía, no vi nada en sus ojos, más que frialdad, le importaba un carajo que me estuviera hundiendo, solo vi desaprobación. Me sentí como una niña, casi indefensa, lejos de su hogar, lejos de alguien que la ame y la reciba en sus brazos y le diga “ya pasará Camilita, ven y acuéstate” y esa fue la última noche. Y él cambió a último minuto y me llenó de besos y abrazos, me pedía y repetía disculpas, pero no sentí nada, no sentí nada real, ni de su boca, ni de sus ojos, ni de sus brazos enormes que intentaban acobijarme, solo sentí pena y desgracia, me sentí tan miserable.

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Así pasamos la noche, intranquila, me abrazó por detrás, me acariciaba el cabello, dormí unas horas, hasta que llegó la mañana, subimos al taxi, me dejó en el terminal, y no miré atrás, no miré su rostro, y le mandé un sms “no me busques nunca más”, pero mi lado masoquista lo llamaba, una y otra vez, como él solía hacerlo cuando yo le ignoraba, esta vez las cosas se dieron vuelta, y era yo la insistente, era yo la tóxica. Él me cortaba, y me decía “sé feliz, que te vaya bien, me gustabas pero ya no, igual me gustó estar con tigo (nunca escribía contigo junto) pero mejor dejémoslo así” .

De pronto cerré los ojos, basta, pensé: “no quiero volver a caer en lo intenso de estar una noche a su lado”, razoné. “Él no es el único”, reí. “No seas ridícula”. Y en ese minuto dejé de llamarlo. Eliminé su número, borré los registros. Me levanté a prepararme un café y leí un poco a Galeano, luego me recosté en el sofá y me dije a mi misma “War is over”, sonreí, y recordé al majestuoso John Lennon, toqué uno de sus discos y por fin me sentí en paz. A veces llegan personas en nuestra vida, quizás de improviso, pero no todos para el bien, sino que para crear caos, pero nos hacemos más fuertes, más fuertes para amar.