Escrito por Tania Morello / Ilustración por Paula Sosa Holt

Hace días atrás estaba ordenando mi pieza. Me dediqué a limpiar unos cajones llenos de pruebas antiguas de la U y un par de agendas Julieta del año del níspero. Entre medio de todo ese papelerío pillé unas fotos que andaban perdidas desde hace hartos años: Mi graduación de 8º básico. Y me encontré lo típico que puede encontrar cualquier persona sobre su pasado escolar: Fotos del curso completo, fotos personales con el diploma, fotos con la profe jefe, etc. Pero lo que más me llamó la atención fue una foto donde aparecía yo llevando el estandarte del colegio junto con otros dos compañeros. “¿Por qué chucha me tocó llevar el estandarte del colegio en la graduación?” me pregunté.

No sé si es una actividad que se suele hacer en todos los colegios pero al menos en el mío la cosa solía funcionar así: Tres niños que se graduaban de 8º debían tomar el estandarte, pasearse con el aparato en la mano en un caminito de alfombra ante la mirada expectante de los papás y los compañeros. El camino finalizaba cuando llegaban a tres niños de 7º, a los que había que obsequiarles el estandarte. Estos últimos se quedaban con el aparato en sus manos.

Analizaba la foto y que yo estuviera paseándome con ese enorme palo de metal mas un trozo de terciopelo azul bordado con letras doradas y junto a esas dos súper potencias futuras de la PSU hechos compañeros… era bastante raro. Yo no era una alumna ejemplar, pero tampoco solía estar en el grupo de las problemáticas. No tenía las mejores notas, pero tampoco las peores. No era la mas linda, pero tampoco la mas… No, espera. Sí era la mas feita. La cosa es que no me destacaba en nada: solo era una alumna más como la mayoría de mis compañeros. Con la foto en mi mano me pegué un flashback extremo.

El “por qué” llevé el estandarte del colegio en mi graduación de 8º básico remonta a un año antes de ese suceso. Cuando aún estaba en 7º básico. Y pasa que es una historia de amor. De hecho fue mi primera historia de amor fallida. La primera de tantas. Ahora imaginen el efecto difuminado con viñeta oscura que suelen colocar en “Lo que callamos las mujeres”.

Durante 7º básico empezó el boom amoroso (y el boom del perreo intenso). Ya habían hartos compañeros pololeando y el resto solía conversar sobre minos/as que se comieron en el carrete del fin de semana. Yo era súper polla y la verdad es que nunca había dado un beso hasta ese entonces. Varias veces me apuntaron con la pregunta de que si ya había besado y yo, para que no me dieran jugo, siempre respondía “No, si yo me comí (y con lengua) a un mino el verano pasado. En la fiesta de la Candelaria. En Cobquecura. Es el medio carrete, deberían ir alguna vez.”

Partamos con que la fiesta de La Candelaria es un evento en típico sureño de huaso chileno: Harto vino, harta ranchera y harto taca-taca. Lo cierto es que en una de las ramadas si bailé un buen rato con un niño de mi edad, pero el contacto sexual más cercano que tuvimos fue compartir la mitad de un chicle y nada más. Bueno, le exageraba un poco la historia a mis compañeros. Espero que hasta el día de hoy no sepan sobre la existencia de La Candelaria.

Retomando el tema, todo comienza cuando mi compañera y mejor amiga también se puso a pololear pero lo que a ella la diferenciaba del resto es que su pololo era un niño de 8º básico. Eso era como “¡Oh, wow, que cool! ¡Es mayor que tú!” (Léase como doblaje hecho en México).

A los pocos días de iniciado ese romance me hice amiga de su pololo y también del mejor amigo de su pololo. Este ultimo minoco era un chiste. Tiraba tallas rápidas y siempre andaba con una sonrisa de oreja a oreja en los recreos. Si lo mirabas de cerca, te dabas cuenta que igual era mino: Flacuchento con ojos medios verdecitos. Creo que también tenía unas pecas locas. Ah, y le gustaba Green Day. Eso sumaba puntos porque en ese tiempo yo me creía emo-gotica-kawaii. Lo voy a apodar Minoco. Y gustaba Minoco. No era algo que me volviera LOCAAAA. Pero si entraba en la lista de niños que consideraba guapos.

Cuando ya “agarramos confianza” siempre jugábamos a que éramos pololos y le decíamos a los profes que ya llevábamos 2 meses juntos. Pero este Minoco hacía esa broma con varias compañeras mías. Por eso no me lo tomaba muy en serio para que me gustase “de verdad”.

Un día cualquiera de Noviembre año dos mil seis, no se que diablos estaba haciendo sola en el patio a la hora de almuerzo. Venía saliendo del baño o algo por el estilo. Cuando me encuentro a Minoco con un niño chico, onda, de 5to básico. Nunca supe quien era ese niño pero fue el gatillante en toda esta historia.

Minoco le dice al niño “Mira, ella es mi polola”. Niño responde “A donde, vo no tení polola”. Minoco me mira y me dice “¿Si o no que somos pololos?”. Caigo en el juego y respondo “Sí, somos pololos”. Niño dice: “¡A ver, entonces dense un beso!”. La verdad es que no le tenía miedo a ese jueguito porque varias veces había pasado antes. Minoco me agarraba, me tiraba hacía atrás como esa foto típica de la pareja de la Segunda Guerra Mundial y simulaba un beso falso. Pero esta vez se acerca (y yo también) Y ¡Paff, nació chocapic! Bueno, terminamos dándonos un beso. Pero real. Y pucha, los primeros besos se sienten ya como todo el mundo sabe. Ojos cerrados y levitando. Pero cuando ya caché que pasaron unos buenos segundos, abrí mis pepas y miré hacia arriba. Estaba la mitad del curso de Minoco en el segundo piso mirándonos. Me alejo porque me sentí intimidada. Niño dice: “No, eso fue falso… ¡otra vez!”.

No me aguanté y fui corriendo hasta la sala a contarle a todas mis compañeras que me comí a Minoco. Tejuromemueroamiga nivel Dios. Obviamente omití la parte de que era mi primer beso. Algunas se alegraron y otras se picaron porque las bromas que hacía mi Minoco con ellas solo quedaron en eso. No pasaron a la segunda fase como yo. Si, MI Minoco porque ahora era mío. Asumía que porque nos besamos en el patio del colegio delante de todo el mundo ahora éramos pololos, que íbamos a andar de la mano en los recreos, que nos juntaríamos después de clases y que me iba a invitar a su graduación que sería dentro de pocas semanas. En fin, que esto apenas era el comienzo de mi bella relación con Minoco.

Pero nada de eso pasó.

Me encuentro a Minoco al otro día del gran suceso gran y me saluda con un frío beso en la mejilla. Y al otro día también, y al otro también, y el siguiente también, también, también. Quería enfrentarlo y decirle “Oye ¿que huea? nos dimos un beso y a los dos nos gusta Green Day. Deberíamos ser pololos”. Pero me daba julepe. De hecho hasta dejó de hablarme y hacerme las bromas típicas en los recreos. Se me rompió el corazoncito por primera vez.

¿Y qué tiene que ver el puto estandarte dentro de todo esto? Pasa que como eran las últimas semanas de clases, se venía la graduación de 8º básico. O sea, se graduaba Minoco y su curso.

En medio de una clase, entra la inspectora y dice que necesita a tres alumnos para recibir el estandarte en la graduación de 8º que sería el próximo sábado. Obviamente los más mateos (y chupapijas, perdón) se ofrecieron automáticamente alzando la mano. Faltaba uno más. Si me ofrecía a llevar el estandarte, vería a Minoco. Sería la ultima oportunidad para hablar con Minoco y probablemente debería enfrentarlo ese mismo día. Quizá en medio de la graduación debía quitarle el micrófono a la profesora y confesarle mi amor en publico. Probablemente cantar Whatsername de Green Day versión karaoke. Era una idea muy loca y me gustó. Levanté la mano y me ofrecí de voluntaria ante la mirada atónita de mis compañeros.

Ni piensen que eso de subirme al escenario y cantar pasó. No se ilusionen.

Pero, sí fui a la graduación y recibimos el estandarte con mis compañeros. Y luego de ese pequeño acto de dos minutos volvimos atrás, a mirar todo el show a lo lejos. Mis dos compañeros se aburrieron y se fueron a sus casas. Yo me quedé solo para mirar a Minoco a lo lejos en modo Túnosabesquiensoyyo. Se veía tan lindo con su camisa y su corbata. Cuando termina la ceremonia ya era de noche. Luego, el curso completo con sus padres entraron al casino ya que tenían preparado un cóctel.

No sabía que hacer: Minoco estaba completamente en otra festejando con sus compañeros y sacándose las típicas fotos familiares con el diploma incluido. ¿Cómo iba a interrumpir todo eso para decirle que debíamos huir de ahí porque él era el amor de mi vida? Ya no sabía que hacer. Las ideas se me estaban agotando. Se estaba haciendo harto tarde. Ya tenía una llamada perdida de mi Mamá y eso significaba un “Vente pa’ la casa luego”. Estaba ahí sola, muy camuflada, solo por Minoco y él ni se volteaba a verme.

Entonces recurro a mi plan Z: Me acerqué a Minoco mientras él estaba sacando un vaso de algo. No sé, líquido probablemente. Le digo “¡Felicidades!” y nos abrazamos. También le digo que ya me iba. Él me dice “Chao, que estés bien”.

Bueno, la idea (en mi cabeza) era que me detuviera y me dijera que me quedara con él esa noche y para siempre. Pero como verán, me dijo “Chao, que estés bien”.

Me doy la vuelta y quería salir corriendo con la carita empapada en lágrimas así como personaje de animé. Pero ni esa huea pude hacer realidad porque cuando apenas estaba dando un paso fuera del casino, choco con la profe mas gordita del colegio y me abrazaba sin soltarme, creyendo que yo era una de las graduadas de 8º. Me asfixio, caí al suelo y perdí el conocimiento.

Pero Minoco se acercó corriendo y me dio respiración boca a boca.

No, eso último tampoco pasó. Solo me tuve que desprender de la profe a la fuerza y explicarle que yo recién había pasado a 8º básico, que el año que venía si debía abrazarme.

Pasa un año. Noviembre de dos mil siete y esta vez mi turno de graduarme de 8º básico. Entra la inspectora en medio de la clase y pregunta por voluntarios para entregar el estandarte a los niños 7º básico en la graduación. Me hundo en mi puesto, como en posición de parto y empiezo a tener un flashback sobre lo que había pasado un año antes.

“Que sean los mismos que lo recibieron el año pasado, ¿O no?”. No se quien dijo eso. Creo que la misma inspectora. Y así fue. Otra vez yo atada al estandarte por culpa de mis líos sentimentales y expectativas mas altas que Tom de 500 Days of Summer.

Pero viéndole el lado positivo, todos los papás de mis compañeros creyeron que yo era una alumna ejemplar por haber sido elegida para llevar el estandarte. Mi familia también, de hecho. Y jamás supieron que mi acercamiento con ese estandarte solo fue para poder ver por última vez al niño al que le regalé mi primer beso, ya que después de eso… no lo volví a ver nunca más en la vida. Todo fue por amor. O era algo parecido a eso.

Pd: No se pongan tristes porque busqué a Minoco en Facebook y parece un wachiturro recapacitado. Gracias destino por alejármelo.

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