Escrito por Doria Doverguzi / Ilustración por Alejandra L. Ramírez

Es menester iniciar explicando que en el período de abril 2014-enero 2015; marzo 2015-enero 2016, pololié con un niño al que denominaré GATO. Sabiendo eso, era un lunes con aires de primavera, 22 de septiembre del 2014. Con mi mejor amiga nos habíamos inscrito a un taller de literatura de primavera del Cristian Warnken, a desarrollarse en la sala “El farol” de la UV.

Yo tenía 14, criada en una familia sobreprotectora y el taller era una de esas primeras cosas que hacía independiente. Me senté con mi mejor amiga, y debo admitir que el taller es de esas cosas fomes a las que uno se inscribe super emocionada pero en realidad resulta super fome. Me aburrí las dos horas que duró la cosa, pero una media hora antes de que terminara, empecé a hacerle ojitos a un chiquillo que estaba sentado bien lejos, pero lo alcanzaba a ver perfectamente. No lo encontré guapo, pero su esencia me atraía mucho. Recuerdo que usaba una chaqueta de cuero negra y yo vestía mi uniforme y un cintillo morado que sostenía mi pelo que no llegaba ni al hombro.

El taller era cada dos semanas, así que lo volví a ver el 6 de octubre. Yo había llegado y no había ni señas de mi mejor amiga. Me senté sola en la segunda fila de asientos. Transcurrieron no más de cinco minutos y el chiquillo de la chaqueta de cuero me pidió permiso para pasar y se sentó al lado mío y nos dijimos hola, nada más, empezó el taller. Mi amiga se sentó en otro lado y yo miraba impaciente todo lo que anotaba en su libreta. Uno de los guías del taller se le ocurrió hacer una dinámica, teníamos que hacer parejas con alguien a quien no conociéramos, definir un “A” y un “B”, el primero entrevistaba al segundo sobre sus gustos en literatura. Ni habían dado las instrucciones completas y ni habíamos pensado en quién sería quién, y ya nos habíamos mirado y puesto a conversar. Me contó sobre Sapo y Sepo, que había encontrado su libro favorito de infancia en la feria de las pulgas. Te pregunté en qué año de la U ibas, reíste y respondiste “Voy en 4° medio”. Pasó el tiempo de la actividad y me preguntaste cómo me llamaba.

– Doria

– Augusto

Ese día tenía que irme más temprano, así que me llamó mi mamá, te dije “Chau” y salí corriendo. Nunca creí que esa conversación tan insignificante (para mí, que amaba a mi pololo además), sería el inicio del amor gigante que te tengo hasta hoy y por siempre.

Nunca volví a ir al taller. Pasaron las semanas y mi mejor amiga sabía mi historia. Como amiga investigadora, logró encontrar tu correo, tu apellido, y tu Facebook. No te agregué, porque quizás lo encontrabas terrible de psycho. Pero eso no impediría que nos seguiríamos encontrando.

¿Continuará?

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