Escrito por Camila Torres / Ilustración por CHAI

Nos conocimos en octavo básico, él era el compañerito nuevo y yo como siempre la extrovertida que no se callaba nunca. Se sentó atrás de mí y nos hicimos amigos, fui la primera en hablarle. Siempre me gustó mucho, ese gustar de niños, siempre mirando de lejitos y nunca hacer ningún movimiento.

Fuimos compañeros de curso tres años y por el mismo tiempo amigo hasta que me cambié de ciudad. No hablamos por tres años más hasta que me decidí finalmente por buscarlo y ahí comenzó nuestro pololeo rápido pero no como esos pololeos que había tenido antes, todo es rápido, especial y de alguna manera también mágico.

Nunca creí en la historia del hilo rojo o específicamente en el destino, creía que el universo no prepara las cosas para que resulten, sino que yo debo hacer algo para que resulten pero cuando me senté en la cama de su habitación y me mostró todas las cosas que le había escrito y dibujado (incluso un papel que use para quitarme un poco de labial) que había guardado por tanto tiempo esperando que volviera a su vida porque siempre me había amado, incluso cuando no lo merecía, sentí que todo lo que alguna vez había pasado en mi vida me trajo hasta este preciso momento y no tengo ni las palabras, ni las canciones, ni cualquier pieza de arte que pueda describir lo que siento.

Por ahora, podemos compartir audífonos en el metro y escuchar “Simetría” de los Ases Falsos y esperar que el destino me siga llevando hacia ti.

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