Escrito por Sofía Troncoso / Ilustración por Hola Nico González

No siempre llueve en la ciudad de Valdivia, pero ese día sí. Verás que la ciudad es realmente pequeña, realmente, y el otro polo de actividad esta en la Isla Teja, cruzando un puente perfectamente caminable pero mayormente transitado por vehículos. La gente, por supuesto, estaba acostumbrada a la lluvia, fueran de Valdivia o de la Isla. Los niños hacían competencias imaginarias por ver qué gota caía primero por el vidrio empapado, las mujeres corrían con sus paraguas, los hombres trabajaban sin descanso en las construcciones y uno que otro paraba a comer una medialuna acompañado de un café.

Entre la lluvia se divisaba un punto color narciso correr entre los árboles, empapada, y poco a poco el punto se acercaba y se armaba una bella imagen: lentes enmarcaban una cara ovalada, enrojecida por el trote o por el frío, o ambos, y una nariz respingada con una que otra peca. Su vestido color amarillo, lleno de hojas secas, empapado y maltratado por el viento y el agua.  Corrió en dirección a la biblioteca, sacó su tarjeta de empleada y entró con ella. Fue detrás del mesón, ese mismo, oculto al final del pasillo de filosofía, al lado de teología, y se sentó a capear un poco el frío. Valdivia, digo, Valdivia no era para ella, y sufría constantes males por las temperaturas, se resfriaba semana por medio y sus pies nunca estaban calientes. 

-¿Disculpa, señorita, sabe dónde está la República de Platón?

Hubo un silencio. Estaba al lado suyo, pero era esa obviedad tan clara que daba una sensación de que las cosas sucedían por algo. Y enfrentaron sus ojos los de ella con los de él, luego acaecieron los eventos que deben ocurrir: una sonrisa mostró sus hoyuelos, otra tez enrojeció, y de pronto el mundo estuvo completo nuevamente; la lluvia caía del lado de los que la querían y los niños ganaban todas las competencias con ellos mismos. 

-Mariana –se señaló a sí misma- yo te llevo…

-Andrés, me llamo Andrés. 

Caminaron poco hacia el estante, ella tomó el libro y le preguntó si se lo llevaría. Él lo pensó unos segundos: no, lo voy a leer acá.  

Se llevó el libro el joven Andrés, y ella lo observaba desde lejos recogerse las gafas cuando se le caían, esas de marco negro cuadrado. Leía atentamente, tomó un par de notas, pero no lo devolvió al estante, yéndose sin despedirse.

Era en Valdivia donde se encontraba el único y exacto ejemplar de La República de Platón que buscaba Andrés, y le había resultado una tarea titánica encontrarlo pues era de la Isla Teja donde vivía el joven, en el extremo más lejano opuesto al puente, en dirección completamente opuesta de Marina, quién vivía al sur de Valdivia, en una callecita alejada de la civilización, puesto que tomaba dos micros y caminar un buen trecho para llegar a la biblioteca, y la ciudad en sí era bastante pequeña. Eran hijos de los extremos en medio de un sector lluvioso y gélido como era el sur del continente.

Andrés llegó a su casa ansioso por dormir tras haber leído gran parte del día.  Le encantaba el sonido de la lluvia, así que no le importaba dormirse un poco más temprano con ese relajante sonido. Sonreía como si hubiese llovido por mil años recordando el encuentro de un poco más temprano, se acordaba de su nariz roja por el frío que le produjo tanta ternura mientras se sacaba la bufanda ahogado por el calor.  Eran las siete de la tarde y faltaba bastante para que anocheciera, pero la noche valdiviana no lo llamaba, estaba cansado. Abrió como solapa su cama, perfectamente hecha y sus músculos se acoplaron perfectamente a las mantas y almohadas. Pensó en la bibliotecaria con su vestido amarillo, pensó “¡Qué vergüenza!, llevaba usando la misma polera dos días y tenía los lentes sucios. Se sacó la polera muerto de calor y durmió como lirón.

Al otro lado de la región, llegaba a su casa Mariana, congelada hasta los huesos. Cansada, porque el frío le cansaba, vaya que no pertenecía aquí. Pertenecía a algún lugar de más calor, como Arica, o Atacama. Sin sacarse nada excepto las botas al entrar a su pieza se envolvió en las mantas de su desordenada cama y yació ahí. Vio como anochecía por la ventana de su cuarto, y sin embargo no podía conciliar el sueño. Algo la mantenía despierta. Se había hecho costumbre de ella levantarse a veces por agua o por comer algo, pero ahora era algo nuevo, desde el comienzo no podía quedarse dormida.  Pensó en los acontecimientos de hoy, como una cuncuna en su mente se deslizó la República de Platón, y por ende Andrés.  Ese libro no podía ser llevado a casa sin un permiso, y le hubiese encantado decirle eso, quizá, quizá para que se vieran nuevamente. Pensó que se verían y ella no sería tan tonta, y él olería nuevamente a ese perfume exquisito, y hablarían de La Poética y el Fedro aunque en verdad a ella no le importa nada de eso, pero parece que a él sí. Así pensó toda la noche, hasta que al quiebre del amanecer, cuando los rayos de luz se deslizaban entre las rendijas de su cortina de plástico, se quedó dormida, faltando a su trabajo.

-¡Hubiera sabido antes! – Despertó gritando Andrés. Se puso sus gafas, su bufanda, aún con el torso desnudo y empezó un monólogo con él mismo. – Ese sueño, ese sueño, la bibliotecaria con tanto frío y pidiéndome que devuelva el libro, yo no sabía, debo correr. De paso la veo, sí, de paso la veo, que bonito, ella quiere que la vea, yo lo sé, en ese sueño ella estaba despierta y hablándome. 

Se puso pantalones y abrió la puerta. Regresó a buscar algo con que cubrir su torso.

-¡Esa polera roja no otra vez!

Se vistió completamente, incluyó un impermeable y salió.  Se cubría aunque disfrutara la lluvia y aunque siempre estuviera cálido su cuerpo. Era algo extraño, pero nunca pasaba frío, y aún así siempre ansiaba una taza de café bien caliente y bien cargado.

Llegó a la biblioteca y buscó por todos lados, con el libro en mano, a Mariana. Preguntó en todos los mesones y le dijeron lo mismo en cada uno: es muy raro que haya faltado, nunca lo hace. Dejó el libro y se fue. Se tomó un café con unas medialunas en el café del lado muy adecuadamente ubicado, y volvió a casa. No sabía si era el café – que nunca le producía ese efecto- o la frase nunca lo hace que le revolvían el estómago, le subían la temperatura a niveles extravagantes, y sobre todo, no podía cerrar los ojos un segundo. El minuto que unía sus párpados, ahí comenzaba a incesantemente buscarla dentro de su imaginación. Se aburría de todo, la poética, el Fedro, aunque siempre le hayan aburrido al igual que a ella o eso creía, se aburría de la televisión, nada era suficiente. Mariana, creo que me escuchas, devolví el libro, pero necesito verte se repitió en voz alta como si hiciera algún efecto necesito dormir, y necesito verte, necesito dormir y necesito verte…

Mariana, en cambio, dormía como un lirón cuando despertó con una vaga sensación de que debía estar en algún lado, y luego ese lado fue sustituido por la biblioteca. 

-¡LA BIBLIOTECA!

Corrió a la puerta, pero se dio cuenta que ya había anochecido, y ya que en su región el anochecer implicaba una noche muy profunda y entrada en horas, no tuvo más remedio que sentarse encima de la cama a pensar un poco en que había pasado. Sintió el perfume que recordaba vagamente por sobre su nariz y alguien que lo llamaba, que la quería, que la necesitaba. recordó el libro, check; recordó a Andrés; algo faltaba. 

 Hizo de todos sus esfuerzos para dormirse, luchando por encontrar el mismo momento en que él durmiera para que pudieran hablar. Cerró las cortinas, no debía llegar luz. Apagó su despertador, nada podía interrumpir. Tomó un vaso de leche tibia, se abrigó, se relajó. Lentamente fue cediendo ante el sueño, un sueño que ya Andrés había retomado.

Hola. Hola. Tanto tiempo sin verte Andrés. Tanto tiempo sin verte Mariana, siento que te conozco de toda la vida. Siento que queda toda una vida. ¿Dónde? ¿Cuándo? El jardín botánico, después de la biblioteca, sí. Sí, sí. Despierta que toca trabajar.

Andrés despertó por primera vez sin somnolencia, Mariana despertó y llegó al trabajo. Los dos miraron la hora, cruzaron la Isla Teja, él muerto de calor y ella congelada, bajo la lluvia.

Se encontraron bajo un jacarandá que nadie sabe cómo sobrevivía con ese frío, la lluvia se colaba entre sus ramas. Se tomaron de las manos, ella sintió el calor y se sacó el impermeable, él sintió el frío y se acercó más a ella.  La lluvia caía en él, pero no en ella, y  rayos de luz se filtraban intercalados haciendo un círculo a su alrededor. Parecía magia, pero la verdadera magia fue cuando tomados de las manos, volvieron a la casa de Andrés, se sacaron los impermeables y durmieron finalmente sin miedos ni constricciones, profundamente al sonido de su calor templado, al sonido de sus mentes al unísono, al sonido de la lluvia Valdiviana.

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