Escrito por Chica de humo / Ilustración por Flo Meije

Voy caminando de la mano contigo y me gusta. Me das besitos en la mejilla y a veces me acaricias el pelo. Puedo sentir que estás algo nervioso, casi tanto como yo. Pero no sé si es de amor o de miedo a que nos vean, y es ahí cuando la postal de amor se destruye.

El otro día vi mi numero en tu celular pero guardado sin nombre. No quise decir nada, intenté fingir indiferencia cuando en realidad una pena inconmensurable me raspaba la garganta. Estaba sumergida de nuevo en el mismo vaso con agua.

Hace tres años que no te veía pero en todo ese tiempo admito que te pensé y mucho. Intenté esquivar todos los escenarios en donde coincidimos y borré de mi mp3 aquellas canciones que me recordaban a ti. Pero ninguna de esas tácticas evitaron que nos volviéramos a encontrar. Fallé.

Dijiste que te pasaba lo mismo, que te acordabas de mí. La verdad no te creí mucho porque sonaba como dicursito aprendido de ex. Revisé tu instagram y tus fotos de amor romántico con tu polola sólo potenciaban esa sensación amarga de desconfianza.

Mis amigas me lo advirtieron y sí, me sentí demasiado bruta, ciega, sorda y hasta sorda (torpe, traste y testaruda). Pero de mi corazón roto emergió una sensación cálida y adivinen, era amor. Ese amor que abandoné al decidir estar contigo; un romance personalizado, que comparto sólo conmigo.

Me levanté temprano, pinté mis labios con mi labial favorito y me saqué la mejor selfie frente al espejo. Hoy saldré conmigo misma, tendremos nuestra primera cita después de un largo tiempo. Descubrí que el único amor que me hace falta es el propio.

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