Escrito por Cabritalesa / Hola Nico González

Recuerdo haber estado sumida en la melancolía adolescente cuando conocí a Juan Gabriel. Tenía dieciséis años, una inexistente vida amorosa y una sensación de incomprensión que me mantenía cegada por completo. Tan bajo caí, que cambié mi repertorio habitual; Dejé de lado a Radiohead, The Cure, Bowie y todas esas bandas anglo-emo que me acompañaron en mi estado de juventud depresiva (o algo así) para dar paso involuntariamente hacia la música de aseo y señora promedio que tanto detesté en su momento. Dentro de todo, el haber hispanizado mi estrechez de corazón no fue un hecho tan terrible. Al contrario, estos artistas de la era del cassette lograban algo que ninguna de mis bandas favoritas podía generar, empatía. La cebolla es un género músical que nos cobija cada vez que estamos tristes, meciéndonos en letras de pasión, desamor y sufrimiento. La cebolla es más que música de mamá o abuela, es parte de nuestra cultura amorosa. Placer culpable de todo aquel que se ha sentido desdichado, sonido innegable de nuestra realidad.

Siempre me ha dado vergüenza decir que nunca he pololeado. Todos mis amigos de mi edad ya han experimentado al menos una vez ese afecto compartido y eso me hacía sentir un tanto peor. El miedo a no ser aceptado o simplemente discriminando era la tónica del asunto. ¿Acaso era yo la única? probablemente no, pero desconocía a alguien quien compartiera la misma dolencia; hasta que llegó Juan Gabriel al rescate.

Teníamos la misma edad, sufrimos la ausencia de la media naranja, dudamos de nuestra capacidad de amar y sentimos la tristeza de ser el amigo solitario. Yo no nací para amar, nadie nació para mí cantaba mi compañero de pesares, y es precisamente esta canción la que fundó oficialmente un nuevo playlist de corazones rotos, dedicado única y exclusivamente a Juan Gabriel. Porque sí, no sólo Taylor Swift puede ser mi pañuelo de lágrimas cada vez que sienta una pena amorosa. Encontré consuelo en un ídolo de otra generación y créanme, no me arrepiento de nada.

A medida que avanza la canción siento algo en el pecho, unas ganas intensas de abrazar a Juan Gabriel y decirle “Te entiendo, te entiendo tanto”. Es como si ambos compartiéramos cierta complicidad, una congoja como común denominador. No me importaba que fuese un viejo medio andrógino, ni que existiera una inmensa brecha etaria entre nosotros; por primera vez la prédica de un adulto tenía sentido para mí y es más, se trata de un discurso simétrico y transversal.

Quizás la escribió realmente a los dieciséis, tal vez aún se siente joven o puede que aún no supere esa experiencia. No sé, me da igual. “Yo no nací para amar” vendría siendo mi primer encuentro con Juan Gabriel, pero uno de verdad. No es lo mismo bailar el Noa-Noa en alguna fiesta familiar que detenerse a escuchar con rigurosidad palabra a palabra una canción de JuanGa. Porque la cumbia y la balada se gozan distinto, cada una con su propia finalidad.

A los dieciséis entonces conocí a Juan Gabriel, en un encuentro íntimo de corazón a corazón. No era un alcoholizado karaoke ni una improvisada pista de baile nuestros puntos de encuentro; fue más bien una sintonía a partir de la experiencia. Escuchar desde ahí a JuanGa fue distinto. Porque básicamente ya no era una caricatura rimbombante y baladas de cebolla, era un hombre con el corazón de poeta cuyos retratos de sus historias sintonizaban muchas veces con los míos.

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