Escrito por taxi chic1 / Ilustración por Hola Nico González

Hace 10 años estaba en primero medio, en un colegio neoliberal pretencioso y burbuja para familias aspiracionales y cristianas. Yo había pasado unos años de bullying, gordura y aislamiento, abstracción y tiempo libre que usé a favor de mi cerebro, llenándolo con musica y libros radicales. Me tomaba la micro amarilla una mañana de lluvia con The Clash y Nietzsche, y aunque no pudiera compartirlo con nadie, me sentía a la mitad de algo importantísimo.

En esos tiempos tuve acceso a un libro que recorría parcialmente la historia del arte de performance, momento que me marcó directa y trascendentalmente. Mi personaje en el colegio era antisocial y atractivo, feista y radical. Me acomodaba mucho la dura coraza que ocupaba y que finalmente me valió la expulsión de ese colegio, ese año.

Pero sentía una profunda soledad. A pesar de ser amigo del charanguista, el punk y la chica britpop de mi generación, me abrumaba una profunda soledad e incomprensión adolescentes que cómo adolescían. Además yo no era pokemón, ni metalero, ni jipi, a veces me hacía amigo de chicos mayores que me enseñaban cultura queer o cómics.

La soledad adolescente y mi baja autoestima me hicieron no solo asumir, si no abanderarme con la idea de mi repulsión socio-sexual. Mi individuo no existía sexualmente y no importaba, ya que el destino estaba trazado. Hasta ese momento en mi vida genuinamente nunca había dado un beso, ni genuinamente compartido una cita, ni pololear con mi prima o mi vecina. A mis 15 años de vida ya había (orgullosamente) tirado la toalla con respecto al amor. Sabotearlo, para mi mismo o para otros, era una manera de explicitar el cruel absurdo del amor humano, inalcanzable, puro opio.

Y un día conocí a la negrita. En los pasillos de mi colegio habia una niña de mi misma estatura que se juntaba con los metaleros. Negrita, con pelo negro y chascón de bruja, la boca pequeña y los ojos brillantes. Siempre con un cintillo rojo. Riendo por ahí. Siendo outsider pero acompañada, integrada a la sociedad. Yo la miraba con admiración y baboseo, pero siempre asumiendo que, de todas formas, era imposible. Este pesimismo radical sin embargo me daba una libertad fuerte, ya que no existe el miedo al rechazo; el rechazo es la única opción. Pero ella me habló a mi, antes de consolidar mi viaje de ida hacia el fracaso. Me metió conversa por el detalle más nimio, cigarros hindus que estaba fumando. Empezamos a hablar más porque los dos queríamos conocernos y por fin lo estábamos haciendo.

Empezamos a sacar nuestras croqueras, mostrarnos dibujos. Intercambiamos nuestro MSN. Era viernes. Ella iba un curso arriba mío. Al lunes siguiente ella apareció con una cajita con cosas para mí. Era un cofre con una figura de bronce de Cristóbal Colón, botones y las perlas de un collar. Yo empecé a dibujarla en clases, a pensar en ella. Hablando empezamos a construir nuestro mundo aparte, total abstracción compartida. Yo recuerdo pensar que eso era telepatía, hacer el amor con la mente. Nos escapábamos de clases y actividades para ir a los rincones a dibujar y compartir teorías locas sobre nuestras obsesiones, nuestros tópicos. La negrita estaba obsesionada con la anatomía humana, las rayas verticales, los maniquíes y una estética en general media neo-romántica que validaba también todo el Black Metal que ella escuchaba. Pero juntos escuchábamos Depeche Mode y todo estaba bien.

Yo no entendía lo que estaba pasando y el primer par de meses de relación me sentí arriba de una montaña rusa a velocidad luz enseñándome que Sí era un ser digno de amor, y de paso mostrándome que el amor es complicidad, confianza, tiritón de pera, aumento en la presión. Pómulos levantados. Darse prioridad. Pero en paralelo yo me estaba perdiendo la historia oficial. La que se imprimía en el chismógrafo de la escuela: La negrita estaba saliendo, románticamente, con un chico. Hace ya un tiempo. Y yo era el último en enterarme.

El sujeto era el metalero más guapo de 4º medio. Dura competencia. Al principio traté de ignorar la data. Pero, de paranoico, empecé a ver las señales, a reconocerlos en la distancia, en sus citas, como las mías con ella. En verdad era humillante y me sentía muy solo, pero la droga de su amor era potentísima. Los insomnios interminables en el Messenger eran la evidencia de nuestro amor. Necesitaba creer. El jueves en la noche me escribieron por el chat, que estos dos ahora pololeaban. A lo mejor no tenía banda ancha, pero el chismógrafo era inclemente.

Recuerdo estar leyendo “El anticristo” de Nietzsche, esa mañana en la micro. Pensaba cómo yo soy responsable de mi destino, de cómo mis valores pueden trascender los acuerdos sociales. De cómo yo y mi estar en el mundo son mi creación. Y de eso trataba de sacar fuerzas, para llegar al colegio ese día 20 de noviembre del 2006. Al primer recreo no la pude abordar porque andaba con el novio, que desde su boca con piercings esbozaba sus primeras muecas de desprecio por mí. Yo estaba preparado: Yo soy mi propia creación, decía, mientras me temblaban las piernas y escuchaba Joy Division y le decía a mis amigos que estaba bien, que me dejaran solo.

Finalmente pude hablar con ella al segundo recreo. Le pregunté si estaba pololeando y dudó mucho. Finalmente me dijo que si. Pero se apresuró a aclarar que no era como lo nuestro. Que lo nuestro era de otra calidad y necesidad. Pero aún así necesito que dejemos de vernos, dijo. Yo descargué mi rabia contra los pupitres de mi sala y me volví una bola negra de emoción.

Recuerdo el recreo de almuerzo. Anduve solo casi todo el recreo, pero una intuición me llevó al patio secreto de los fumadores a escondidas. La vi con su novio, brillando los dos entre una nube de humo. Subí una escalera que ocultaba el sector para mirar el colegio (y dejar de mirarlos a ellos). Llegó súbitamente el inspector a suspender a todo el mundo, y me examinó cuidadosamente porque le hubiera encantado hacerme lo mismo. Yo estaba limpio, pero la injusticia, la soledad, me empujaron a una especie de locura. Recuerdo reír y llorar combinados, una especie de euforia destructiva. Con una biblia me paré en el patio del piso inferior de la media, y empecé a predicar. Los chicos más grandes me lanzaban monedas con la intención de impactar en mi cuerpo y yo solo interrumpió mi prédica para provocar a que me tiraran bombitas de agua, cosa que ocurrió. Recuerdo haberme sentido como jesús, limpiandome a través del dolor público o algo así.

La última clase del día fue una total mierda, pero habiendo tenido mi catarsis, estaba listo para volver a vivir. Y me la encontré a la salida. Me pidió que la acompañara a la farmacia a buscar cosas para su pelo de bruja. Hablamos como si no hubiésemos terminado, pero mi orgullo si me hizo volverme pesado con ella. La provocaba, le hacía preguntas incómodas y en general quería hacerla sentir mal por lo que había pasado. No se porqué, la tensión llegó a su punto justo debajo de un gran árbol, a eso de las 5, 5:15 de la tarde. Quiero hacer algo, pero no puedo, me dijo. Yo le pregunté qué quería hacer, aunque mi intuición me lo dijera. Es mejor ser claro. Ella me dijo “Si sabes”, y yo sabía que si sabía, pero seguí jugando. Le dije “Bueno, hazlo y ya”. Ella tomó aire y me miró a los ojos. “Lo voy a hacer, pero cuando lo haga tienes que dar media vuelta y caminar. No me mires.” No alcancé a decir que si, y recibí un breve y eléctrico beso en los labios que me hizo levitar hasta el paradero. La canción era “In between days” de The Cure. Llegó sola, nadie la fue a buscar. El sol brillaba fuerte esa tarde.

Nuestra historia siguió unos ocho meses más donde su novio me mandaba e-mails amenazandome físicamente, luego iba a la casa de ella y la amenazaba con suicidarse, a veces intentandolo ahí mismo. El dramón shakespereano simplemente nunca bajaba su ritmo, dejándonos a los tres encadenados a la merced de un drama caprichoso e irresponsable, juvenil por definición.

Con la negra hicimos muchas cimarras y nos dimos besos calientes en grises días de otoño, bajo la mirada de guardias de malls, perros de la calle, edificios y esculturas. Seguimos habitando nuestro mundo, a escondidas. Recuerdo una vez que nos encontramos en una fiesta, a la que yo fui solo para verla a ella. Ella se emborrachó y se estaba dando besos con una amiga, y con su novio. Yo le dije que debería darme besos a mi y con mucha elegancia compartimos un koyak. Pero me sentí usado. Me sentí parte del montón (¡un crimen para mi identidad de esa época!) Además que casi nos cacharon y el pololo me echó la choreá, y ella no me defendió. Recuerdo salir a la calle, heladisima, sacarme la ropa y poner mi espalda contra el frío pavimento del condominio, riendome, mirando la luna. Este es el cruel absurdo del amor humano, un teatro al que me metí solo, pensaba. Y así como todo es absurdo es sólo este frío en mi cuerpo el que me confirma el alcance de la sensibilidad.

Estuve muy triste. Llevaba unos diarios en mi computador que se llamaban COSA. COSA 1, COSA 2, COSA 3, etcétera. Y era todo amor-odio hacia ella y hacia mi mismo. Pasé muchas rabias y mucha tristeza. Me emborraché, traté de encontrar otro amor, pero en verdad había tenido demasiada suerte porque en serio si era feo y además antisocial. Ella perdió su virginidad con el novio, y habíamos hablado de perderla juntos. Fue lo más cerca que estado de una desfloración que no fuese la mía.

Paulatinamente fuimos dejando de vernos pero siempre que nos veíamos nos gustabamos mucho. Ese mundo propio era y es de muy fácil acceso para los dos. Pero la relación, llena de tensión, a escondidas y con modulaciones dramáticas tan duras, no era sostenible. Me pasaron otras cosas. Me desfloró mi amiga punk, empecé a ir a las matinés de la blondie (donde me joteaban muchos niños, cosa que innegablemente levantaba mi autoestima), y en general me volvi mejor/peor de lo que era. Más intenso.

A la negra la dejé de ver porque puro me hacía mal. Pasaron varios años hasta que tuve una polola oficialmente. Y también desde el mismo lugar patético de partir perdiendo, o de partir para perder. Estábamos juntos en una micro cuando vi a la negrita. El payaso se me salió solo y empezamos a hacer lo que siempre hacíamos, para evidente celo de mi novia e incomodidad de la Negra, que claramente lo notaba e intentaba pilotear la situación.

Nos volvimos a ver por ahí en la calle, siempre accidente. Nunca en libertad. Hablabamos pedacitos de cosas. Yo sabía que estuvo un año estudiando ciencias como siempre quiso y después derivó a algo mucho más artístico. También que le gustaban las teorías de conspiración y el ocultismo (que a mi también me encantan). Ella sabía de mi las pocas cosas que alcanzaban a salir en el pasillo, en el tránsito. Pero a veces el tiempo tiene planes para las personas. Todas las relaciones que tenemos son como plantas, en algún estado de su desarrollo están, todo lo que uno siembra lo recoge y si descuidas una relación, se te seca cual planta. Esa es mi metáfora de hoy. Y a veces se cumplen ciclos y el cactus misteriosamente vuelve a florecer.

Fue este otoño en que estaba medio borracho con un amigo, en una parada de micro, cuando apareció un ser rarísimo (y muy 2006), un pokemón envejecido, borrachísimo, hablándonos de Brian Molko y tratando de poner Placebo en su celular ladrillo deslizante blanco con audífonos blancos. Yo le seguía la corriente porque, obvio, amo placebo, pero estaba riéndome de él también un poco. Llegó la negra con un abrigo rojo precioso diciendo mi nombre y derrepente ya no importó más nada. Nos dimos un abrazo poderosísimo y ahí nos quedamos, oliendonos los ojos con respeto. Su amigo, mi amigo y el chico que cantaba Placebo se quedaron ahí conversando un poco a la fuerza mientras yo trataba de robarle un beso antes de que se me fuera nuevamente.

Cuando se fue, le conté a mi amigo toda esta historia arriba de nuestra micro jiji. Me escribió por Facebook para que nos viéramos, pero no quise. Algo me pareció forzado y no lo perseguí. Dejé que pasaran los meses. A mi me gusta salir solo. Es mi estado natural de hecho, y es fundamental para mi psique ir solo a ferias, fiestas, parques, cine, etcétera.

Estaba en el patio de la gloriosa iglesia de San Isidro, paveando, caminando escuchando música cuando paré en seco en un lugar donde no había nadie. Y ¡plop! ella hizo lo mismo. Llevaba una polera amarilla con estampado de una dona rosada, el pelo largo y suelto. Y su sonrisita, obvio. Nos pusimos a hablar como locos y a hacernos cosquillas. Su amigo que le acompañaba se puso muy celoso. Yo no hice ningún esfuerzo por él.

Cuento corto nos amamos demasiado y quedamos en vernos pronto. Eso fue hace un mes y nos hemos visto cuatro veces. Hemos hecho un montón de cosas que nunca pudimos hacer. Me da risa porque me gusta mucho la persona que es hoy, mucho más que la persona que era. Y me da risa porque es igual de caprichosa, igual de colorienta. Y yo igual de baboso y abierto. Siento que se va a repetir la historia y que todas las historias se repiten aunque no nos demos cuenta, pero espero haber aprendido la lección y amarme más a mi mismo… Aquí estoy, esperando que me responda un whatsapp. Actualmente no espero a nadie, pero es mi primer amor y está de vuelta <3 .___.

Y me causa maripositas.

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