Escrito por Anónimo / Ilustración por cata N0

Corrías de la mano junto a tu mejor amiga. Era parte de mi rutina verte pasar toda despeinada por las mañanas, caminando como si el tiempo siempre estuviese a tu favor. Me llamó la atención tu estilo, la manera en que veías todo como una solución; no te importaba nada, pero eso estaba bien. Te destacabas sin querer hacerlo, según yo había una energía que te abrazaba, un vibra positiva (o así le llamas tú hippiemente) que fluía entre quienes te rodeábamos.

Como era nueva en el colegio, me dio mucha vergüenza hablarte. Sé que nuestra primera conversación fue sobre música, en donde me hablabas fervorosa sobre tus bandas favoritas, mientras que yo internamente pensaba en lo malas que eran, pero daba igual, me contentaba el hecho que pudiésemos compartir un par de palabras por primera vez.

Desde chica vengo definiéndome como heterosexual. En el apogeo de mi juventud tuve hartos pinches, que no pasaron más allá de un coqueteo inocente. Sin embargo y, a pesar de mi seguridad sobre mi inclinación sexual, todo mi entorno dudaba, y mucho. Nadie nunca me había conocido algún pololo, tampoco se enteraron de algún romance. Los comentarios y rumores no se detenían, así que ni tonta, entregué lo que el público tanto pedía: me cuentié a un chiquillo de mi colegio, le prometí amor eterno y debo decir que a la semana me aburrió, no estaba ni ahí con él.

Después de eso, todos dieron por resuelto mi enigma amoroso. Mi mamá estaba en la gloria, nunca la vi tan feliz por mí. Igual me imagino que debe ser la pesadilla de toda madre tener una hija lesbiana. “Mamá si igual lo pateé porque no estaba ni ahí con él” comenté un día mientras veíamos películas recostadas en el sillón. “Ya pero al menos él existió” me respondió en seco, convenciéndose a ella misma que con eso bastaba para dar por sentada sus dudas. Y así pasé el resto de mis días, ni chicha ni limoná.

Mi vida amorosa era un desorden que pareciera no querer ser arreglado. Nunca me había sentido atraída por alguien de mi mismo género y mis intentos amorosos con el sexo opuesto tuvieron más fracasos que la carrera musical de Enzo Corsi. Pensé en la asexualidad como una opción, pero no podía negar todas las veces en que me pasé rollos con algún niño de mi colegio o las veces en que fantaseé un romance perfecto con alguna estrella de Hollywood. Supongo que los asexuales no le pasan esas cosas.

En medio de toda esta crisis de identidad, apareciste tú. Pa’ la cagá. No sé si fue por este alboroto mental que significa no entender nada o quizá por toda esta locura casi hormonal de entrar a un colegio de monjas. Pero en fin, me atraías. Sé que había una leve reciprocidad en este incipiente sentimiento que me tenía en las nubes. Me buscabas, pero jamás de frente. Me seguías en todas las redes sociales posibles y comentabas mis publicaciones bajo cualquier pretexto, pero nunca te acercaste a hablar conmigo mientras estábamos en clases.

Las ilusiones virtuales que me dabas sólo acrecentaban mi curiosidad por saber de ti. Me acercaba a hablarte bajo cualquier excusa inventada casi siempre en el momento. Siempre me seguías la conversación y escuchabas con atención a mis bandas favoritas cuando te prestaba mi MP3. Dentro de esas conversaciones musicalizadas, me contabas que querías dedicarte al arte, daba lo mismo de qué modo.

Decías que tus padres querían que siguieras alguna carrera tradicional, pero tu odiabas la idea de andar formal durante todo el día. También hablabas de tu amor por la naturaleza, la música de hippies y todo lo relacionado a la pachamama. Tu sueño era vivir lejos de la urbanización, ojalá en alguna reserva natural y llevando una vida casi primitiva. Me encantaba que tu modelo de vida ideal fuese tan libre, tan humano, tan tú. Eras como imposible, nada me de ti me hacía pensar que sí había una posibilidad -salvo por tus jueguitos virtuales-.

En más de una ocasión esperé que me dijeras qué onda contigo, pero a pesar de mis indirectas poco discretas, preferías evitarlo y sonreír. Pasan los días y es siempre lo mismo. Me evitas con la mirada durante todo el día, para luego llegar a tu casa y llenarme de corazones el instagram. No entiendo por qué y para qué lo haces. No te basta con dejar la cagá involuntariamente en mi vida adolescente, sino que también te das el tiempo para divertirte con ello.

A veces veo cómo me miras desde el otro lado del patio, posando tus ojos en mí mientras el resto de tus amigas ríen y conversan. Yo también te miro de reojo, pero cuando nuestras miradas coinciden prefieres esconderte. No sé hasta donde vamos a llegar.

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