Escrito por Jac / Ilustración por Flo Meije

La primera vez que dijo que me amaba fue, sin darse cuenta, en un mensaje de texto.

Nos habíamos mirado por más de un año sin hablar, un día se consiguió mi número y desde ahí nuestra historia tuvo su punto de partida. La primera vez que nos hablamos frente a frente, la primera vez que salimos yo lo supe: la amaba.

Es complejo amar a una persona que no conoces, es más complejo amar a una persona desde el primer segundo en que la tienes en frente, después de un año especulando cómo sería.

Su mensaje llegó dos semanas después de estar saliendo, una semana después de nuestro primer beso. Dos semanas antes de hacer nuestra relación oficial. No se lo comenté hasta varios meses después, porque pensé que se sentiría incómoda. Desde ese día y por casi cuatro años le envié un mensaje de texto todas las noches antes de irme a dormir, incluso en las noches que estábamos juntas. Le conté historias, le conté cosas que solo ella sabía, le dije que la amaba, le canté canciones; todo en un mensaje de texto cada noche.

Supimos que algo no andaba bien cuando mis mensajes comenzaron a tener intermitencias. Los comencé a olvidar.

Todos los días le envié un mensaje para que supiera que la amaba. Todos los días escribí una obra de arte para ella. Fue nuestro ritual más sagrado. Jamás hablamos de los mensajes, jamás los comentamos. Yo los escribía y ella los leía y era perfecto.

Hasta hoy, dos años después de nuestra ruptura, cada noche escribo en un cuaderno una breve notita para ella, jamás se las enviaré y jamás las leerá. Ese es el nuevo ritual: yo la recuerdo y ella me olvida.

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