Escrito por Martina Monti / Ilustración por Anahí V.

Era el amigo de mi ex. Así. Y así, un día nos dimos un beso y después nos bajó tal remordimiento que no nos buscamos más. Hasta que pasó casi un año y me lo volví a topar en una fiesta. Yo era por lógicas del tiempo entonces aún más ex de mi ex. Él mordía su vaso de plástico mientras bebía y me miraba a lo lejos. Yo le sonreía coqueta de vez en vez, hasta que me acerqué a saludarlo. Esa y otras varias noches siguientes nos las dedicamos a conversar. Un día me invitó a salir. Fuimos a una marcha y luego bebimos una cerveza que no alcanzó a tocarnos. Otro día fuimos a caminar por unas calles que nos condujeron a su casa. Allá tomamos y fumamos y escuchamos música y leímos algunos párrafos de los libros que animaban su living. Ese día volvimos a besarnos, esta vez sin remordimiento, completamente libres y contentos. Me gustaba mucho. Él gustaba mucho de mí. Ese gusto nos hizo frecuentarnos cada vez más, pese a que ambos teníamos planificado para octubre un viaje por varios meses. Yo me iría a Venezuela y él a Tailandia. “Da igual” le decía cuando nos interrumpía el miedo, “Importa el aquí, importa el ahora”. Después de un rato nos pusimos a pololear. Besé las mejillas de sus amigos y familiares, él beso por su parte las mejillas de mi mundo. No podría contar las veces en que, enredando nuestras pestañas, nos dijimos lo felices que nos sentíamos. Ya casi es noviembre. El aquí y el ahora es hoy el avión al que se subió la semana pasada, es el avión que tomaré en unas semanas.

Es, entonces, la vida, la vida misma.

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