Escrito por Arolas Uribe / Ilustración por Camilinda

Cuando tenía nueve años, con mi abuela vimos una micro que por ir echando carreras se dio vuelta como tortuga. Era el día de la madre. Con mi abuela íbamos a ver a mi mamá. Estábamos en Linares, a unas cuadras de Santa Rosa, en La Granja. No sé qué micro teníamos que tomar, pero vimos estas dos que venían corriendo una al lado de la otra, tan rápido, que cuando una fue a adelantar se ladeó y se desplazó de espalda varios metros. Me acuerdo de un manchón rojo en el parabrisas y del ruido de los vidrios trizándose. Mi abuela me dio la mano y dijo: mejor nos vamos en colectivo.

Lo curioso es que en esa misma calle y casi en la misma esquina, seis años antes, la rueda de una Recoleta Lira me arrastró por varios metros. Otra vez, por mi abuela y mi mamá. Yo estaba en la esquina con mi mami, de la mano, esperando a mi abuela que iba a llegar en micro. Entonces, no sé por qué, me solté de mi mamá y me atravesé en la micro en la que creía que venía mi abuela. Me acuerdo de eso, de ver la micro de frente. Después, de nada. Creo que me llevaron al hospital y que durante semanas los moretones y las hemorragias no se pasaban. Ahí se dieron cuenta de que yo tenía leucemia. Si ya me he muerto dos veces, soy muy Highlander.

La cosa es que varios años después de todo esto, cuando estaba en tercero medio y recién me había cambiado a ese colegio asqueroso de Gran Avenida, conocí a un compañero de curso que tenía una cicatriz muy grande en el brazo. Le cubría toda esa zona que va del codo a la muñeca, donde ahora está tan de moda tatuarse. Le pregunté qué le había pasado y me contó que cuando tenía nueve años, salió con su mamá a visitar a su abuela, porque era el día de la madre. Él vivía cerca de Santa Rosa y la micro que tomaron se fue echando carreras por varias cuadras, hasta que se dio vuelta en la calle Linares. En el accidente, un latón se soltó y le arrancó toda la piel y el músculo del brazo. Desde entonces nunca más pudo empuñar la mano y flexionar la muñeca al mismo tiempo, pero con la indemnización pudo pagarse parte de los estudios de gastronomía.

Nunca confirmamos que esa micro y la que yo vi hayan sido la misma, pero después nos pusimos a pololear y preferimos creer que sí. Al menos a mí me gustaba pensar que esa coincidencia era una señal de que estábamos destinados a estar juntos o algo así. Pero al final no. Ahora pienso que las coincidencias son accidentes no más. Dos micros que corren en paralelo y que a veces se chocan. O como decía García Márquez, son anécdotas que sólo sirven para hacer más sabrosas las historias.

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