Escrito por Andi Díaz / Ilustración por Catalina Bodoque

La primera vez que me habló el mundo se paralizó
y la ansiedad vacilo en un vaivén de emoción.
Cuando eres impaciente nada es fácil.
Los segundos se hacen horas, los minutos se hacen años
y cuando no me dices ¡Hola! Ya te extraño.

Es el día siguiente y no veo un mensaje tuyo puede ser que estés dormido, te espero,
pero no puedo y entonces huyo.
Me mantengo ocupada, hago mis cosas y no quiero.
No estoy demente, sólo soy impaciente.

Ha pasado una semana y seguimos hablando
pero aun no me invita a salir, ¿qué está esperando?
Canto los buenos días y susurro las buenas noches,
porque a través de un teléfono no existen reproches.
Ser impaciente me está volviendo demente.

Ha pasado un mes desde la primera vez que salimos
y creo que estoy lista para avanzar contigo.
Pero veo tu cara y luces un poco confundido,
algo me dice que ya no quieres nada conmigo.
Otra vez la impaciencia es mi peor enemigo.

Nos dejamos de hablar, nos dejamos de ver.
Yo no puedo hacer nada, ya no existe tu interés.
Cada quien por su lado, sin dolor ni timidez
y aquí me quedo escondiendo mi avidez.
La patológica impaciencia lo ha arruinado otra vez.

Ha pasado un mes desde la última vez que te vi
y creo que por fin he vuelto a ser feliz.
Alguien nuevo apareció en mi camino,
fue inesperado, debe ser el destino.
No puedo esperar a que me invite a salir.
Esta cíclica impaciencia ya es parte de mí.

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