Escrito por Rosa Luxemburgo / Ilustración por Hola Nico González

Siempre estuviste presente, mucho más de lo que noté en ese minuto. Para ti, yo sólo era un voto más dentro de tu lógica politiquera universitaria. Es que las elecciones siempre están a la vuelta de la esquina y tú bien lo sabías. Nunca me importó realmente, hasta ese día de septiembre en el que me salvaste de ser acosada por otro político sediento de besos y versos. Me fuiste a dejar hasta mi casa y luego desapareciste entre el humo de tus promesas de campaña.

Las cosas se dieron tan rápidamente como tu intempestivo salto desde la amistad en Facebook hasta convertirte en mi pololo. La relación, como era de esperar, fue igual de fugaz que nuestros encuentros en los karaokes de Santiago mientras discutíamos sobre las mejores formas de armar el discurso con el que esperabas conquistar los corazones de los votantes en la próxima elección. No supimos cuidar lo que teníamos y así se hizo patente la distancia entre ambos, tú, el político universitario y yo, el desencanto hecho persona. Lo siento, my fault.

Así pasó el tiempo, seguimos adelante y tu cielo se llenó de estrellas. El mío, en tanto, dio tantas vueltas que comenzó a verse al revés. Confieso que muchas veces quise hablarte, saber cómo estabas, pero no me atreví, nunca. Te veías tan feliz en las fotos que subías que no pude romper esa magia. Pero un día -cuatro años después, dos meses atrás-, nuestros caminos se volvieron a cruzar en la esquina de Portugal con Marcoleta. Ese día dijiste poco, pero de alguna forma era mucho más de lo que esperaba. Habíamos terminado con nuestras relaciones y ya no mirábamos al cielo. Teníamos los pies bien puestos sobre la tierra.

De algún modo, tu discurso político me volvió a conquistar. Mi discurso pseudo nihilista hizo lo mismo, también. Terminamos conversando hasta las seis de la mañana mientras puteábamos al mundo y a los pájaros del cordón Macul por empezar a cantar a las 3 am, tal como la canción. Quise volver a abrazarte infinitamente, tú quisiste lo mismo. En teoría, al menos.

Aquí estamos, cuatro años después, mirándonos a los ojos y buscando fórmulas para que esto no falle. Desearía pintarle un final, el que sea, a esta historia, pero no nos es posible por ahora. No me molesta, soy feliz con lo que estamos viviendo. No sé qué irá a pasar de aquí en más, solamente puedo decir que abrir los ojos y saber que estás a mi lado, soñando con el momento en el que llegues al Congreso –no universitario- es mi bastión de lucha, eso por lo que sonrío cada mañana en la que no estás conmigo. Lo que siento por ti es tan extraño e inesperado cómo es posible imaginar, tan raro como que yo, la reina de la rutina y del planear todo, simplemente quiera despertar un sábado en tus brazos sin pensar en el futuro. No suena tan mal, o al menos eso creo. O quiero creer.

Porque quiero creer. Creo.

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