Escrito por Annommbala / Ilustración por Onreivni

Luego de un día lleno de penas, llegó la noche. Yo estaba acostada junto a Javier, el hombre que me abrigaba el cuerpo, el alma y la vida.

Javier se acostó a mi lado. La cama era grande, pero en momentos así, la cama se sentía tres veces más amplia. Sobre mis mejillas caían lágrimas de dolor, Javier se acercó con su torso desnudo, me rodeó con sus brazos y me pidió tranquilidad y calma. Lo miré y sonreí, con los ojos hinchados de arrepentimiento.

Acariciaba con delicadeza el rostro del hombre que me derretía con sonrisas, sobre los párpados de mi amado caía el cansancio y de a poco comenzó a cerrar los ojos. Yo miraba cómo lentamente mi corazón se iba durmiendo a mi lado y besaba su frente, párpados, nariz, mejillas y así. No paraba de mirarlo, no había cosa más tierna que verlo descansar a mi lado y aunque el cansancio pesaba con fuerza en los párpados de Javier, su amor le hacía seguir mirándome, yo solo sonreía con tristeza en la mirada.

De pronto le dije: – Esto es lo mejor para los dos… ¿cierto? Javier me miró con el alma destrozada, reflejada en sus ojos marrones y comenzó a acariciar mi rostro lleno de lágrimas. Juntamos nuestras narices mientras ambos cerrábamos los ojos. Rocé tiernamente los labios del amor que se me iba, para luego presionar con fuerza mis labios contra los de él. No nos separamos y con el calor de nuestros cuerpos nos fundimos el uno con el otro para terminar siendo uno.

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