Escrito por Anónimo / Ilustración por Catalina Bodoque

Ese día, el último, cuando otra vez perdiste la paciencia, cuando me empujaste un par de veces sobre la cama, cuando -otra vez- te pusiste innecesariamente agresivo, cuando me dijiste que no me soportabas. Cuando dejé de justificar tu violencia como algo que era culpa mía, como una reacción a algo que yo había generado. Cuando me di cuenta de que tenía que salir de ahí. Cuando empaqué todo lo que tenía en tu casa, y no me querías dejar salir porque te debía plata, porque no me podía ir, porque no sabías qué querías. Ahí, cuando por fin dejaste de bloquearme la entrada, y de meterme cuerpo para que no saliera, cuando por fin bajé en el ascensor toda cargada y hecha mierda, en el hall del edificio puse esta canción. Para que me diera fuerza para no devolverme. Y me fui. Y nunca supe -y supongo que nunca sabré- si miraste por la ventana, si te asomaste a ver cómo me iba.

Lo cierto es que yo no miré para atrás. Me subí al primer taxi que pasó, y la Lily Allen, una vez más, cantaba:

Podría decir que siempre estaré aquí para ti, pero sería mentira, y no tendría mucho sentido

Me di cuenta de la profunda bronca que aún te tengo cuando, el día de tu cumpleaños, el decoro indicaba que debía, al menos, mandarte un mensaje. “Feliz cumpleaños”. “Felicidades” ¿Felicidades? No. No te deseo lo mejor. Me heriste profundamente, y creo que es bueno que lo sepas.

Podría decir que siempre voy a sentir cosas por ti. Pero tengo toda una vida por delante

No es justo. Sencillamente no es justo que tenga que comerme, aún después del tiempo que ha pasado, la mierda que instalaste. El susto a desagradar, a que no me toleren. Y el pánico a que me pierdan la paciencia.

Lo que más me da miedo es que me hayas marcado a fuego con eso. Porque se suponía que eras la persona que me tenía que cuidar, que proteger. No al revés. Y probablemente te perdone con el tiempo, pero no me voy a perdonar a mí si es que dejo que ese miedo me paralice. Porque a ratos me doy cuenta de eso, al querer avanzar, estar con otras personas. Noto que me llenaste de miedos, de inseguridades. Y no es justo.

Desde que te fuiste, siento que he crecido  

Lo más difícil fue irme. Creo que si no es por ese mensaje (“Amiga, ¿dónde estai?…Sal de ahí.”) quizás seguiría en ese limbo de mierda, de creer que todo se podía arreglar si le inyectábamos el amor que hacía falta.  El punto es que no era amor lo que faltaba. El problema fue que fuimos perdiendo el respeto mutuo, porque dejamos que se trastocaran los límites de una forma perversa. Lo que me faltaba era el coraje para constatar que si ya no me amabas, eso no me hacía una peor persona. No me hacía una peor mujer.  Lo que me hizo defraudarme, a mí misma, como mujer, fue precisamente permitir que me faltaras así el respeto.

Todo siempre se trataba de ser cool. Pero ahora me vine a dar cuenta, de que no hay nada de cool respecto a ti en lo absoluto

No es algo que constaté de buenas a primeras. Eso es lo peor. Lo fui reconstruyendo con el tiempo, cuando se me venían, a pito de nada, los flashbacks de cuando me quisiste hacer daño, de cuando quisiste que te tuviera miedo. De cuando te tuve miedo.

Y no, nunca me pegaste, es cierto. Pero la violencia viene en tantas otras formas.  Esa agresividad que yo una y otra vez justifiqué. Es que tu biografía, es que mis reacciones, es que mis celos, es que mis inseguridades, es que las tuyas…

Ahora no estás, y es como si me hubieran sacado de mi jaula

Yo asumo mis culpas, sé lo mucho que la cagué. Pero la enseñanza más importante de todo esto, es que jamás, nunca, nada de lo que pueda haber hecho justificaba que me trataras así, que me violentaras así.

Y me va a costar, sé que queda un buen trecho. Pero al menos, el primero de los pasos es afirmar que nunca me voy a volver a permitir que algo así suceda. Que me pongan ni medio dedo encima. Que me hagan sentir que no basto, que mi amor no es suficiente.  Porque, al final, es lo mejor que tengo para dar. Y no es menos lindo ni menos bueno porque tú no supiste cuidarlo.

Cuánta razón tiene esta canción, que escuché una y otra vez, y cuyas cuñas repetí como mantra. Porque fue esa vez en el taxi, yendo a mi casa, que  me saqué ese peso de mierda de encima, y me sentí libre.

Ahora no estás y siento que todo el ancho mundo es mi escenario

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